Febrero 1981

 

Charlando con Juan Aranzadi me dice que la razón de que el rechazo a ETA de una mayoría de la sociedad vasca tardase mucho tiempo en convertirse en apoyo a su persecución por el estado se ilustra con lo sucedido en aquella semana de febrero de 1981, en la que hubo una huelga general y cien mil personas en Bilbao y 40.000 en San Sebastián se manifestaron contra el asesinato de José María Ryan y unos días días después Joxe Arregi moría como consecuencia de las torturas a las que fue sometido durante su detención en Madrid.

Me quedé perplejo porque, aunque creo recordar con alguna exactitud este tipo de episodios, no los tenía asociados en mi memoria a fechas tan contiguas. Les voy a contar mi experiencia de aquella semana, porque me ha parecido que, ahora que se habla de la necesidad de un relato, lo que viví aquellos días puede ilustrar lo que decía Juan y las dificultades- realmente la imposibilidad- de componer ese relato al que aspiran partidos y personas con experiencias tan diferentes.

Participé en la manifestación contra ETA en San Sebastián. No era mi primera marcha contra ETA pero estoy seguro de que todos los que estuvimos allí la recordamos. Cuando avanzamos por la calle San Martín, grupos de simpatizantes de ETA nos insultaban en las aceras. Cuando la marcha llegó al puente del Kursaal, fue atacada por gente que iba con palos y lanzaba piedras.

Hasta el final del recorrido hubo peleas y pedradas. Recuerdo los reproches del miembro de un grupo trostkista a quien conocía y que esperaba al final de la marcha para acosarnos y las fotos que nos sacó un majadero de mi barrio, que fue luego miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna.

Era domingo y aquella semana viajé a Madrid. Trabajaba en una consultora, realizando el trabajo de campo en un proyecto de reforma de estadísticas agrarias para el nuevo gobierno vasco. Mi jefe y yo nos alojamos en un hotel de apartamentos durante dos o tres días, en los que nos entrevistamos con expertos y gente de la administración.

Una noche, cuando estaba limpiándome los dientes, di un brinco alarmado. Alguien estaba en mi habitación. Había dejado la puerta abierta por descuido y mi jefe se reía del susto que me llevé. Se río con carcajadas cuando le dije que había tenido la sensación de que me estaban siguiendo. Un coche aparcado y con gente en su interior al salir del hotel y al regresar. Siluetas que parecen repetirse a lo largo del día.

Me fui a dormir inquieto sobre todo por mi injustificable paranoia. A las tres de la mañana aporrearon mi puerta. ¡Policía! La abrí. Entraron en la habitación cinco o seis hombres. El más viejo me empujó hasta sentarme en la cama. Y durante diez o quince minutos me interrogó sobre los detalles de mi estancia mientras los otros registraban la habitación. Durante el interrogatorio mantuvo el cañón de su pistola a un palmo de mi cara. Era una pistola pequeña, plateada. Le di los detalles de lo que hacía.

- Buenas noches, dijo el viejo cuando terminaron su tarea.

Un policía más joven se volvió cuando se retiraban y me preguntó por qué estaba la ventana entreabierta. Le expliqué que no había logrado reducir la temperatura de la calefacción y que abrí un poco la ventana para templar la habitación. Esa noche murió Arregi.

Unos días antes me había manifestado junto al ministro de UCD, Rafael Calvo Ortega. Pero estaba acostumbrado a que me ocurrieran ese tipo de cosas. Me prohibían atravesar la frontera con Francia, por ejemplo. La primera vez, bajándome de un autobús en el puesto de Behobia. La segunda vez en Dantxarinea, cuando iba en excursión con amigos de Burgos y de Santander. No me dieron ningún motivo más allá de que tenía un expediente.

No he tenido ninguna vinculación con ETA en mi vida ni cometido delito político alguno -tampoco de otro tipo- contra las leyes democráticas. Fui amnistiado en 1977 de un delito de asociación ilegal tal como era definido por la ley de Franco. El mantenimiento por las autoridades de un expediente sobre mi caso sería ilegal. Intenté presentar una denuncia pero había un ambiente general de resignación al abuso arbitrario. Así que seguías hacia adelante con tu vida. Esas cosas tampoco me intimidaban. El pasado había sido peor.

Tenía un entendimiento de la transición que me llevó a votar sí a la Constitución y al Estatuto de Autonomía. Si me hubiesen consultado de nuevo sobre la Constitución tras aquella semana de febrero de 1981, hubiese votado de nuevo sí. No era miembro de ningún grupo político desde 1978.

De todo aquello, mi recuerdo más recurrente, hasta que Juan me sorprendió con su argumento, ha sido el orgullo de marchar contra aquel asesinato, en mi ciudad, tras el lehendakari zaharra, José María Leizaola (tras el hombre que se jugó la vida en las últimas horas de la caída de Bilbao, para asegurarse de que los presos bajo la autoridad del primer gobierno vasco que existió en la historia fuesen entregados sanos y salvos a las fuerzas rebeldes de carlistas, franquistas y fascistas italianos, apoyados por la Luftwaffe de Hitler). Los bestias del fascio vasco le partieron la clavícula a Leizaola y le hirieron el rostro con sus pedradas.

No he conocido nunca la existencia de una conspiración para herir o matar a nadie pero, de conocerla en aquellos días, creo que no hubiese sido capaz de denunciarlo a una policía que también cometía graves delitos y convertirme en cómplice.

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