Nos habían regalado entradas para el Royal Festival Hall. Tres sonatas de Schubert por la pianista Mitsuko Uchida. El auditorio estaba casi lleno, pero en la fila anterior a la nuestra había seis asientos vacíos. Un chico con aire de ser muy pedante incitó a su novia a moverse desde un lateral de la fila a la posición central, donde estaban los sitios vacantes.
Pero, cuando el concierto estaba ya comenzando llegó a esa fila un hombre joven que guiaba a una familia, ahora forzosamente separada en sus asientos por la presencia del pedante y de su novia.
Sonaban las primeras notas cuando el viejo con la cabeza pelada se sentó delante de mí, pero no parecía preocupado por molestar a los demás. Dijo algo a su mujer, que le siseó para acallarlo. Pero se quitó la chaqueta y el jersey tan tranquilo. Volvió a hablar. Cuando habló por tercera vez, una mujer que estaba delante de él, a su derecha, se volvió y le miró fijamente durante un buen rato como muestra de reproche. Él sostuvo su mirada y, ya en camisa y tirantes, siguió mirando a la nunca y al peinado de ella como esperando que se diese de nuevo la vuelta para encararse en un desafío grave e irresoluble.
Al final, M. me dijo que en la última sonata de la trilogía del adiós, que Schubert escribió en vísperas de su muerte, el cruce de miradas- porque uno tosía, el otro hablaba, a la otra se le caía el programa- la distrajo.
Había tal tensión en aquel gallinero de butacas que me reí para mis adentros pensando, durante algún pasaje de la noche, que nos íbamos a poner en pie súbitamente y atizarnos puñetazos entre varias filas ante el asombro de Uchida y de otros espectadores.
De ocurrir eso, el viejo italiano de la cabeza rapada, con camisa y tirantes, hubiese sido para mí.
Sviatoslav Richter. Sonata en si bemol mayor. D. 960

