Tropecé hace unos día en la selva de Google con este interesante artículo de Álvaro Jaspe sobre la respuesta de la diplomacia de los gobiernos de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera a la emergencia del Estado Libre Irlandés, que luego se convertiría en la República de Eire.
Desconocía casi todo lo que se cuenta en él. Jaspe titula su ensayo con una instrucción del embajador Juan Riaño sobre la respuesta que debía dar Madrid a las peticiones de los nacionalistas irlandeses para el reconocimiento de su estado embrionario tras las elecciones al Parlamento provisional en 1918, ganadas por el Sinn Fein en el sur y por los unionistas en el norte, cuando Irlanda era parte del Reino Unido.
“Cautela. Seguir mudo”, fue su recomendación. Los conservadores epañoles habían apoyado a las poderes centrales en la Primera Guerra Mundial, pero no tenían simpatía por el separatismo irlandés y la Europa posterior a la gran guerra obligaba a llevarse bien con Londres.
Pero también había que cuidar el frente atlántico. El presidente Woodrow Wilson tenía ascendencia irlandesa y el lobby irlandés era poderoso en Washington.
Entre los liberales y los de izquierda, con alguna excepción, tampoco despertaban simpatías los rebeldes católicos y nacionalistas de De Valera.
El ensayo concluye con el voto del Libre Estado Irlandés ya reconocido- se había producido la partición de la isla- en favor de que España ocupase uno de los sillones no permanentes del Consejo de la Liga de las Naciones. Para ambos países era interesante su emergente alianza, católica, en Europa.
Pero entonces España también se convirtió en una República y la alianza de ambos países volvió a ser compleja.
Algunos ecos del pasado llegan hasta hoy. Es una pena que la revista de la Asociación de Estudios Irlandeses no se publique también en castellano, al menos en su versión online.

