El periódico publicó el pasado domingo esta entrevista con sir John Wilsey, que sirvió en Irlanda del Norte en todos los rangos, desde joven oficial a general al mando de todas las tropas desplegadas. Su visión pragmática y realista sobre el proceso de paz en aquella región y sobre cuestiones de justicia, memoria o verdad me pareció muy interesante.
Dice Wilsey que no le importa lo que alguien diga en un periódico sobre el triunfo del IRA-Sinn Fein porque él cree que la mayoría de la gente ya conoce la verdad, que él estuvo allí y también la conoce: el IRA estaba profundamente infiltrado y no podía moverse sin que lo conocieran sus enemigos. ¿Reverbera esta afirmación en sus intuiciones sobre ETA?
Es una opinión muy compartida entre nosotros, con la que comulgan personas preocupadas por los derechos humanos, gente a la que sobre todo le importa quedar bien ante sus espejos y miembros o simpatizantes del PP que quieren así atizar al PSOE por los GAL, que al terrorismo hay que enfrentarlo con la ley. No ha ocurrido en España ni en ningún otro país.
Tras hablar con Wilsey sobre esas cosas, se me ocurre este sumario:
- El primer paso en la infiltración- meter a un miembro de las fuerzas de seguridad en las estructuras de un grupo terrorista o lograr que un miembro del grupo informe a las fuerzas de seguridad de lo que ocurre dentro- es ya ilegal. Un jefe de Scotland Yard me dijo una vez que existe una guía para el trabajo con agentes infiltrados. Se la pedí y no me la dio, he intentado sin éxito lograrla después. Si existe, que lo dudo, debe ser literatura de ficción.
- El principal dilema de quien controla a un agente infiltrado es simple en su enunciado: o se conforma con que el agente ocupe una posición de bajo nivel en el grupo y obtenga por tanto informaciones de importancia menor o intenta empujarlo hasta la cumbre, donde su información será más dañina. El objetivo ideal de esta segunda opción es alcanzar las posiciones que permitan neutralizar al grupo, porque cuando planee algo las fuerzas de seguridad ya lo conocen. Ocurrió con el IRA como creo que ha ocurrido con ETA.
- Para llevar a un agente a la cumbre de un grupo terrorista quienes lo controlan han de convertirlo inevitablemente en un representante de la ‘línea dura’. Ha de serlo porque no hay mejor aval para ascender en un grupo como ETA que el de ser el más bruto (y el de comportarse como políticamente idiota). Para encumbrarse el agente infiltrado ha de conocer crímenes que no se evitan para evitar la sospecha o ha de cometerlos para ganar el prestigio que tiene el crimen entre los criminales. El Estado se convierte así en silente cómplice o en asesino por cuenta ajena.
- La resolución de ese dilema, que creo se ha decantado en los dos países por la segunda opción (llevar al infiltrado hasta la cumbre del grupo), es un cálculo moral. Quien controla a un agente infiltrado que mata para llegar a la cumbre está intentando causar un daño a la organización de tal hondura que será incapaz de provocar más víctimas en el futuro. La moral es con frecuencia un mero cálculo de números. El ministro de sanidad no asesina pero también toma decisiones sobre distribución de dinero y posibles muertos.
- Las cuestiones sobre legitimidad se las dejo a ustedes, tan mayorcitos. Las cuestiones sobre legalidad han de incluir estos factores: el estado democrático se enfrenta a un grupo que le hace una guerra de tipo terrorista con su ley doméstica, que está diseñada para el mantenimiento de un orden constitucional pacífico y garantista de los derechos individuales, y las leyes de la guerra estipulan conductas delictivas de estados sólo para el caso de conflictos externos. El fenómeno del terrorismo no ha producido leyes o convenciones internacionales sobre lo que se puede o no se puede hacer para combatirlo.
- Estas cuestiones de las que he escrito antes en este blog no se plantean exclusivamente para el caso de grupos terroristas; también ocurre en la persecución de lo que llaman ‘crimen organizado’ en el argot de la policía.
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Chet Baker. Everytime we say goodbye.

