Le sonríe en la pantalla un ladrón

 

Veo muy poco la televisión y las españolas casi nunca. No tengo idea de si RTVE fue mejor o peor o igual en tiempos de Zapatero que antes. Pero me parece imposible alcanzar las cotas de adoctrinamiento que tuvo en tiempos del referéndum sobre la OTAN o en el delirio tragicómico del segundo mandato aznarín. He leído y oído a colegas hablar de un tiempo reciente de menor interferencia.

Lo que he visto de la gente ahora purgada por los designados por el PP me parece- basándome en minutos de atención que no llegan sumados ni a una hora- lo más fácil del periodismo, una idea amorfa de pluralidad. Consiste en mi juicio en que uno pregunta con el mismo espíritu crítico- no de oposición, sino de análisis crítico- a un miembro de un partido o de otro.

Los de la prensa escrita jugamos en esto con ventaja. Porque hacemos las preguntas necesarias en la conversación o en la conferencia de prensa y posteriormente escribimos un relato de lo que nosotros consideramos más relevante, que a menudo no tiene nada que ver con nuestras preguntas. Quien trabaja en directo ha de medir su tono y su búsqueda de lo relevante en ese instante.

Mi crítica, sumaria por basarse en contemplación tan breve, es que esa pluralidad es una fácil pose. Se reproduce el debate politicastro ante la audiencia. No hay agenda propia, no hay indagación de lo que es importante, de lo que uno considera que el lector o el espectador tendría que saber. Ese pluralismo es espumoso, un chisporroteo de naderías. Y la independencia del periodista, mero narcisismo.

Lo interesante del anterior párrafo es la idea de que un periodista pueda adoptar una posición tan elevada, tan risible, que asume que él o ella encarna un yo que lo trasciende, que invoca un interés ajeno, el de un lector.

El escritor conservador británico Roger Scruton, en su ‘Inglaterra, una elegía’, abomina de lo que él percibe como una deriva populista de la BBC en la búsqueda de audiencia, que habría sacrificado su ética fundacional, la creencia en que debía ofrecer a la sociedad lo que sus gestores creían que debía conocer.

¿Esa idea de la radiotelevisión pública como instrumento de educación es hoy sostenible tras el descrédito de las élites? En este país, donde gobiernan muchas instituciones y desde luego los medios de comunicación los alumnos de colegios privados o los universitarios de Oxford y Cambridge, hay una cadena de radio, BBC4, de una calidad desconocida en cualquier medio de España. ¿Debe ser subvencionada con la contribución anual de todos los ciudadanos?

La pregunta obligada es obviamente más amplia: ¿por qué una radiotelevisión pública en el principio del siglo XXI? Los nuevos liberales ultras- que tampoco pierden oportunidad de componer fáciles poses- desprecian el papel del Estado, aunque sea el origen de tantas innovaciones que luego son desarrolladas por la iniciativa privada. Pero la radiotelevisión pública ya no cumple ese papel de precursor tecnológico. Hay múltiples empresas privadas en ese mismo mercado.

Me parece que hay motivos para justificar la existencia de radiotelevisiones públicas. Se me ocurren dos con ambición de evidentes: cuando forman parte de una política de protección lingüística- los casos vasco, catalán o gallego- y la emisión de programas informativos que no están sometidos a la dependencia de la publicidad, con todo lo que ello comporta.

A partir de ahí se abre un gran laberinto de preguntas. ¿Es la música clásica un bien público y por tanto ha de tener una cadena y orquestas para su divulgación, como la BBC3? ¿Y entonces por qué no debe pujar por los derechos del fútbol, que tiene más seguidores que pagan los mismos impuestos? ¿Existe una justificación para mantener una cadena como BBC4 dedicada a fomentar un entendimiento erudito del mundo, que no sería rentable para el empresario privado que busca el máximo beneficio? ¿Y si el ente público provee información para las élites por qué no el mero entretenimiento para el público general? ¿Quién juzga todo esto?

Los caminos de ese laberinto nos llevan a interrogantes que no me parecen fáciles de resolver. Pero nada de eso se plantea entre nosotros. Porque haya o no haya crisis de la economía y del sistema político que nos gobierna, se impone la chulería del último que llega, votado por  una minoría mayoritaria del país. Roba un bien pagado por todos para utilizarlo en su propio beneficio con el descaro de siempre.

Llamarlos ladrones es tan objetivo como necesario. Pero no en nombre de un pasado que fue mejor. Si alguien hubiese tenido intención de hacer política de verdad, de crear un consenso muy amplio sobre si tiene sentido una radiotelevisión pública o sobre cómo debe ser, hubiese eliminado la presencia de miembros de partidos políticos en los consejos de las radiotelevisiones públicas o establecido los plazos de servicio de directores de este tipo de entes de tal modo que no coincidan con el calendario electoral.

Pero ni quisieron ni quieren hacerlo. Porque el robo a cara descubierta y saliendo en la tele es entre nosotros una forma aceptable del vivir.

 

 

 

 

 

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