Yo fui guardaespaldas de Carrillo (1)

 

El día en que murió Santiago Carrillo yo paseaba por Salamanca. Por la noche, en la mesa de al lado, en una terraza, brindaron en alta voz por su llegada al infierno. De no contenerme mi proverbial cobardía les habría susurrado el titular de estos párrafos.

Mi recuerdo afectuoso y dolido es que compartí la tarea con un mocetón jovial y vitalista del Goierri guipuzcoano, Juan Mari Jauregi, que ETA nos arrebató. Recuerdo también que escoltamos a Carrillo a un almuerzo en la Parte Vieja de San Sebastián, donde en nuestra esquina de matones se discutió si en el impulso del carlismo medió antes el levantamiento popular o el acicate de las elites agrarias.

No me he pegado nunca con nadie pero, tras el mitín en el frontón Uranzu de Irún, una turba de manifestantes nos atacó cuando salíamos. Carrillo se fue en su coche y allí quedamos, defendiendo la libertad de aquel momento y la promesa de la transición en una melé rabiosa.

Estábamos en vísperas de las elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras democráticas. La gente acudía a los mitines electorales como grandes espectáculos de libertad. Me pidieron que permaneciese en el centro de la cancha y alertase a los más vigorosos si ocurría algo.

Estaba allí cuando se me acercaron dos chicas muy guapas. Una de ellas era J., de la que había estado perdidamente enamorado cuando nos conocimos en las vacaciones adolescentes y veraniegas en Navarra.

- ¡Iñigo!- me saludó ella, creo que con el afecto e interés que yo también sentía por ella-. ¿Qué haces aquí?

- Soy guardaespaldas de Carrillo.

En junio de 1977 decir aquello tenía un recóndito sex appeal, que hoy ya no tiene.

Pero la seguridad de Carrillo dependía quizá de mi sentido del deber y no podía moverme. J. se sentó cerca para escuchar los discursos.

A mí no me gustó nunca Carrillo, ni como orador ni como escritor. No recuerdo nada de lo que dijo. De alguno de sus avatares políticos escribiré otro día.

J. se acercó tras la traca final de los oradores. Quiso que regresásemos juntos a San Sebastián pero no pude ir con ella. En el exterior del frontón ya había una bronca terrible, en la que aún me veo parando a uno de los que nos atacaba con un argumento contundente: “¿Estamos locos o qué?”

 

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