Días deliciosos en Dublín, donde he estado por primera vez como turista. El domingo fue espléndido y emprendimos un largo paseo en Phoenix Park. Caminamos felices por el gran parque entre la variedad de dublineses domingueros. Esta ciudad cosmopolita y provinciana tiene muchos encantos.
Este quiosco está en St. Stephen’s Green.
La gente es simpática, propensa a un humor hondo sobre los trances de la vida.
Buscamos sin éxito en la catedral de San Patricio alguna huella de uno de mis escritores irlandeses preferidos, Jonathan Swift, que fue allí deán.
Al autor de Una modesta proposición le hubiese quizá gustado el arrebato moral de M., que se negó a pagar el precio para entrar en la iglesia. “Me parece un sacrilegio”, me dijo.
Trasladamos las ruinas de nuestra fe puritana hacia la vecina parroquia de St. Audoen, donde han construido un acceso moderno para visitantes que nos hizo temer lo peor.
“Entrad, entrad, es gratis”, nos dijo el cura cuando nos vio tantear con precaución los anuncios en la puerta.
La iglesia fue levantada por los invasores anglo-normandos en el siglo XII y en las contiendas entre Roma y la Reforma quedó consagrada a la fe anglicana.
“¡Tenemos una oferta!”, nos alentó el cura, ya entregado al cachondeo. “Estamos pensando en introducir una entrada a dos iglesias por el precio de una”.
Sólo en Irlanda esta santidad anárquica.
Sólo quizá en Irlanda exista junto a una iglesia anglicana otra, católica, levantada en el siglo XX a la misma santa. Los muros están separados por menos de cincuenta centímetros. Una religión para los que no se tocan.


