Yo fui guardaespaldas de Carrillo(y 2)

 

I. fue en 1978 el organizador de las primeras manifestaciones en el País Vasco contra ETA (melenas, pantalones acampanados y una pancarta: ‘No más asesinatos’), pero un día, cuando paseábamos por el río charlando de nuestra provincia y del mundo, me dijo: “Yo de lo que me siento orgulloso es  del PCE de 1977-78, acabando con las huelgas”.

Hay gente que condena ahora la transición, demostrando que no se enteró etonces de nada y que tampoco se entera ahora. I., que había cumplido su tiempo en la cárcel, estuvo en la dirección del PCE en el País Vasco y en Madrid en aquel tiempo.

Era italianizante, quería gobernar, le importaban un comino las estampas de rebeldes henchidos ante el espejo de su casa. Es decir, un tipo que entendía la situación española en 1977 y que apoyó los Pactos de la Moncloa, aquella austeridad.

En nuestro último paseo charlamos sobre la muerte de Carrillo. Le dije que, aunque los periódicos se habían hartado de elogiar su papel en la transición, me parece más meritorio que fuese capaz de crear una política sumaria desde el exilio- reconciliación nacional y pacto para la libertad- que convirtió al PCE en el franquismo en una amplia alianza de obreros industriales y gente de clase media, dispuesta a retar la intimidación fisica de los matones del régimen, y que metió el miedo a los poderosos españoles y a los países de la OTAN, que tuvieron que montar una democracia rápidamente y ocuparse a destajo para que no derivase en una situación a la italiana, con el PCI entonces cerca del gobierno de compromiso histórico.

En la transición, Carrillo simplemente desmanteló el PCE o fue incapaz de mantener aquella alianza, porque su propia biografía le empujaba a integrarse, a ser aceptado como uno más. Esa era la medida de su debilidad y la de quienes le seguían.

Hablamos del anacronismo del PCE en la España de 1977. Le recordé mi estupefacción cuando vi en la calle, cerca de mi casa, en vísperas de las elecciones de junio, un cartel que era un rectángulo rojo con una hoz y un martillo amarillos pidiendo ‘Vota PCE’. En nuestra provincia le votó el 3.6% del electorado. Llegaba el momento de abandonar aquello.

I. me contó entonces una anécdota que me impresionó. Colaboró estrechamente con Carrillo y un día, en Bilbao, le dijo que un partido con tal historia y aún apegado a las liturgias de los puños cerrados no se correspondía con el país. Y Carrillo le respondió: “Pues mira que tener que arrastrar el nombre de comunista”. Nunca me cayó bien Carrillo pero no lo tenía por tan listo.

Hablamos de nuestro pasado e I. me dijo: “Quizás Gramsci, el compromiso histórico y todo aquello fue algo pasajero y los partidos comunistas siempre fueron lo que eran antes de aquel tiempo,  lo que son ahora”.

 

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