Conversaciones con J. (16)

En el verano jugamos en el club de J. pero nuestro refugio invernal ya dio entonces muestra de que la crisis también afecta a los tenistas. Desinflaron la lona de las pistas cubiertas para ahorrarse el aire acondicionado.

Nosotros jugamos a las ocho de la mañana y ahora se nota que encienden la calefacción más tarde. Tenemos que comenzar bien abrigados.

La experiencia de esta crisis nos ha alertado sobre la fragilidad que ocultan las grandes palabras y en ese tono hablábamos de la próxima venida de Mark Carney, el canadiense al que Osborne y Cameron han fichado como futuro gobernador del Banco de Inglaterra con el alborozo de haber ligado con Miss Mundo.

- Es obvio que va a terminar mal- dijo J. mientras peloteábamos  suavemente en una cancha fría-. Cambiará la forma de dirigir el banco, pero el banquero central más importante de los británicos es Mario Draghi.

Me reí.

J. siempre ha creido que el euro sobrevivirá. Si yo tuviese dinero, habría seguido su vaticinio de que era bueno comprar bonos irlandeses al 15% hace un año y ahora no estaría lamentando el deterioro inexorable de mi cuenta.

- Los españoles ya no vienen- le dije a J.

Antes del verano, jugaban a la misma hora dos gorditos, en ocasiones en la pista contigua. Parecían primos y jugaban al tenis con estilo aprendido de niños en algún club. Nos dábamos los buenos días. Diría que eran de Madrid. Uno de ellos pedía siempre perdón si la tiraba mal. No les hemos visto desde el otoño.

J. había comprado pelotas nuevas y el partido fue abrupto. Dábamos raquetazos que nos hacían sentirnos unos fenómenos y fallábamos voleas elementales o golpes desde el fondo de la pista porque nos podía la velocidad o el bote de la bola.

Cuando nos marchábamos, hablamos de los gobiernos. Parecen tan mediocres, tan malos: el británico, el español,… Quizá la dimensión de los problemas ha desvelado…

J. interrumpió la conversación- “Todos estamos continuamente quejándonos”- y seguimos un rato nuestro camino en silencio.

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