Julio Camba en Londres

 

La crisis constitucional más grave de Reino Unido en el siglo XX sumó eslabones a lo largo de 1910. Hubo dos elecciones por un pleito entre los lores y el gobierno liberal, que quería introducir un impuesto a las grandes fortunas para financiar el embrión de una protección social pública, hubo también una larga huelga minera prolegómeno de otra general y las frustraciones de las mujeres sufragistas que pedían el voto desembocaron, tras un choque en el exterior del Parlamento con las fuerzas del orden testicular, en su delicado terrorismo, la campaña de ruptura de ventanas en las casas de gobernantes opuestos a su causa.

Tanta mala noticia es maná del periodista. El Londres de 1910 era un paraíso para alguien dedicado a una rama del oficio, la de corresponsal en países extranjeros, en la que la curiosidad por lo que no se ha pisado antes aconseja, como escribió Julio Camba para otros efectos, “a decir las cosas sin adjetivos”.

El escritor de Villanueva de Arosa vivió en la ciudad de la niebla ese año y en 1916, cuando estaba en Nueva York, un editor de Madrid envió a uno de sus empleados a la Biblioteca Nacional para que copiase sus crónicas británicas en El Mundo y en La Tribuna, que se publicaron con el título de ‘Londres. Impresiones de un español’.

Camba no sabía inglés y se sintió hondamente extranjero cuando llegó tras un tiempo en París: “Aquí todo le es hostil al español: el idioma, las comidas, las costumbres,…”. Y se marchó más o menos igual, ofreciendo en sus crónicas impresiones genéricas estilizadas por el humor, sin que en el libro haya un solo retrato realista de lo que ocurría en la ciudad o de alguno de sus habitantes.

No escribe sobre el movimiento sufragista, aunque pueden adivinar sus lectores que algo ocurre porque el soltero vitalicio Camba nos deleita con estas observaciones sobre los ingleses de ambos sexos: “Los hombres solos son groseros, violentos e irritables. Las mujeres solas no son siquiera mujeres, hablan de ciencia, de política o de literatura… El país mejor del mundo para las mujeres es España, porque ahí las mujeres no tienen derechos ningunos”.

Camba es un viajero tacaño, imperturbable, el hombre que nunca se arriesga, que ha de salir siempre entero y sin que la audiencia atisbe ninguna desnudez, que se va tal cual entró por la misma frontera y que, para dar constancia de su supervivencia con todos los ropajes que ya traía para protegerse del frío foráneo, recurre al truco más viejo en el oficio de escribir, la profusión de adjetivos y de máximas.

Esta brevísima selección de sus sentencias puede dar idea del calibre de sus teorías, que no merecen el esfuerzo de la comprobación: “Inglaterra no consiente que haya en ella un hombre diferente de los otros”; “Inglaterra es grande, es fuerte, es rica, es temible, sabe leer y escribir de corrido y está muy vestida, pero le falta el alma. La España pobre, sucia y analfabeta, puede llamarle bárbara”; “La verdad, los ingleses son castos e inocentes, pero como propagandistas me parecen muy malos”.

El siglo XX acaba de comenzar, el patrón oro se resquebraja, se sienten las turbulencias en la metrópoli del mayor imperio del mundo, pero el periodismo o el ensayismo español no han producido trabajos que esclarezcan las vicisitudes de otros países y a Camba tampoco parece interesarle el lugar en el que está. Cuando vuelva a su casino podrá decir que los ingleses “carecen de paladar y de corazón” y que España es un “país de hombres chiquitines e irritables”; y alguien reirá tales ocurrencias.

Leyendo con curiosidad hasta su última página este libro, ahora reeditado por Reino de Cordelia, he pensado que ilumina mejor la historia de España que la de Londres. Me he preguntado también si hay una forma de humor cruel hacia otros y benigno con uno mismo que exhiben quienes temen al sexo. ¿Por qué es aún popular en España este tipo de crónica o columna, en la que prejuicios y maneras del escritor se imponen de tal modo sobre la esquiva materia que se ofrece a nuestra curiosidad ahí afuera? Sus autores suelen combinar, como Camba, la poca autoestima de quien propone remedios imposibles- “Para regenerar a España, lo de menos es tener un buen Gobierno, sino tener buenos ciudadanos, los nuestros no sirven”- y el desmedido orgullo de quien se escabuye de esa tropa por los callejones que frecuentan los sujetos del verbo.

Leyendo a Camba he sentido alguna certeza en la idea de que su falta de interés por lo que estaba ocurriendo en 1910 en Inglaterra muy bien podría explicarse con esta proposición en su libro: “Las leyes no son malas ni buenas. El caso es que la gente las observe. Una ley estúpida, observada con unanimidad, da un resultado admirable”. El hombre libre dimite ahí, nada le importa que no sean su negocio y su sintaxis. Que en el caso de Camba es diáfana y amena.

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