Thatcher entre nosotros

 

Uno de los mejores párrafos que he leído tras la muerte de Margaret Thatcher es el primero en este artículo de Janan Ganesh en el FT.  Desdeña el autor que su ismo, el thatcherismo, derrotase a otro, el socialismo, porque éste no existía. El partido laborista era socialdemócrata en los setenta y había contribuido, junto a los conservadores de la vieja escuela, a crear una economía y sociedad gobernadas por otro ismo, el corporativismo. Ese sistema estaba ahogando al país.

El sindicalismo británico había desarrollado aspectos realmente perversos, la City financiera era un reducto gobernado por instituciones clásicas comandadas por patricios de las grandes familias, en buena parte de la industria y los servicios había monopolios engordados bajo el amparo del estado.

Thatcher, procedente culturalmente de las bajas iglesias protestantes, es una outsider en el paisaje conservador; su credo era el esfuerzo, la responsabilidad individual, la meritocracia. Creía genuinamente en el beneficio social del mercado.

Y para ilustrar lo genuino de su empeño y la comparación con sus epígonos españoles que prometí en el comentario anterior, elijo el ejemplo de las telecomunicaciones.

Cuando el gobierno de Thatcher privatizó British Telecom, se parceló la telefonía fija, aunque BT mantuvo el grueso del negocio. Pero al viejo monopolio se le impidió entrar en el concurso de las franquicias para extender la red de cable y también que incorporase contenidos a su cartera de negocios durante un largo período de transición.

El resultado fue la emergencia de compañías diversas en los segmentos del sector de las telecomunicaciones. En España, la privatización se realizó mediante la venta de acciones del estado en Telefónica, sin una reforma estructural significativa del sector. El gigante se expandió por el aprovechamiento de un cuasi monopolio en el mercado doméstico.

¿Produjo esa filosofía de Thatcher sobre el beneficio de la competencia un beneficio social? Es muy difícil evaluarlo. El fútbol, gobernado por el corporativismo, se ha convertido en un gran negocio, en el mayor espectáculo del mundo. La privatización de empresas públicas cuando existen monopolios naturales (transporte por ferrocarril o energía) es cuestionable incluso para quienes creen en la matemática idealista. ¿Facilitó la desregulación que se extendieran los nuevos imperios corporativos multinacionales, que limitan hoy sobremanera qué puede hacer un gobierno?

Pero quería señalar que al menos en Thatcher había coherencia entre el discurso y los actos. Y que eso es algo que la hace más interesante que a los seguidores declarados de su legado que no libraron en sus países la batalla contra un corporativismo que en el caso español fue asentado además en la economía que el régimen de Franco legó a la democracia.

 

 

 

 

 

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