Iñigo Gurruchaga
La vida en Londres
Hace treinta años, un equipo de rugby del condado irlandés de Munster batió 12-0 a los All Blacks de Nueva Zelanda, que tenían la reputación de ser invencibles. Si siguen este enlace, encontrarán algunos artículos de The Times sobre aquel partido del martes 31 de octubre de 1978.
Similar a la larga escapada del gregario que gana una etapa en el Tour de Francia, al KO del boxeador sólo conocido en su país y que destrona al famoso campeón bajo los focos de la gran ciudad, aquel partido de rugby en Limerick ha sido una fuente constante de inspiración para el periodismo y el arte.
No sé si algo provoca alegrías colectivas como este tipo de triunfos deportivos. El ensayo de Christy Cantillon que se muestra en esta película, el único de aquel partido, es afortunado y bonito, pero no seré el único que se queda tan fascinado por las imágenes de la espectación y del júbilo del público.
El club de fútbol Tottenham Hotspur ha despedido al español Juande Ramos como su entrenador. En estos asuntos de la pelotita, hay que conseguir en primer lugar que la pelotita entre en la portería, pero un entrenador es además líder de un grupo humano. Y yo creo que ahí Ramos ha tenido un problema.
Los jugadores suelen hablar de jugar bien para él, refiréndose a su entrenador, como una ofrenda al líder. Cuando llegó, hace exactamente un año, Ramos dijo que sería capaz de comunicarse con los futbolistas sin problemas, aunque no quería hablar a la prensa en inglés.
Estas fueron sus primeras palabras, en febrero de este año, cuatro meses después de llegar, tras ganar la Copa de la Liga. Ramos, hombre de estampa hierática, desvelaba la oculta fragilidad de la pose.
Así hablaba un año después, hace unos días. ¿Quiién confia en semejante líder para salir de una situación crítica?
Así hablaba Rafa Benítez en 2006, un año y medio después de llegar.
Y así de mal habla Luiz Felipe Scolari, nada más llegar al Chelsea, este verano.
En el caso de Benítez y Scolari, hay energía, hechura, asentamiento. Exudan convicción de que van a encarar y resolver los problemas que se presenten.
Es curioso que en la Liga estemos acostumbrados a entrenadores que no dicen una palabra de español al llegar. Ahora menos que en el pasado, quizás, cuando a los extranjeros se les recibía y pagaba como si estuviesen haciéndonos un favor.
En Inglaterra, donde lo ajeno a lo inglés o angloparlante vende menos, el tiempo de adaptación es más limitado. Un eslovaco, Venglos, fue pionero en el Aston Villa. Y fue tan dubitativo con el idioma y tan efímero como Ramos. Luego llegó el políglota Wenger. Y abrió de par en par la puerta a los entrenadores extranjeros.
Pero estos inmigrantes privilegiados tienen el mismo reto que el inmigrante normal; para abrise paso deben transmitir su personalidad hablando el idioma. Y para tener éxito esa personalidad tiene que ser seductora.
Mark Twain acuñó una definición del golf como una forma de estropear un buen paseo. Al terminar este julio deportivo de la corresponsalía de Londres, donde al torneo de tenis, en Wimbledon, le sigue el Abierto Británico de golf, es difícil no estar de acuerdo con él.
Cuatro días recorriendo dieciocho hoyos, por las dunas que enmarcan las calles del campo de Royal Birkdale, son cuatro buenos paseos, en los que el golf es lo de menos.
Pero imagínense lo que sería seguir la competición, como hacen algunos colegas realmente interesados por el golf, desde la sala de prensa, donde en el tablero que muestra mi mala foto- ¡no hay manera!- se van anotando hoyo a hoyo los golpes de cada golfista. Vienen a la mente refranes ingleses para ilustrar el aburrimiento: Watching the paint dry, Watching grass grow.
Además de los paseos, el golf también da oportunidades de ver cosas bellas del deporte. En mi panteón de estampas hay una escena de la Ryder Cup, entre Europa y Estados Unidos, en el K Club, en Irlanda. Era el últimos día y el partido entre José Maria Olazabal y Phil Mickelson, que ya ganaba el vasco, podía decidirse en el hoyo 15, creo. No recuerdo bien el número, aunque era muy bonito de esa manera que son bonitos los campos de golf con naturalezas retocadas; tenía un estanque artificial en torno al 'green', un puente, arbolado en la parte trasera.
Si no se resolvía en el duelo Olazabal-Mickelson, la copa se decidiría en los que venían por detrás, así que la gran comunidad de jugadores, familias y espectadores abarrotó aquel hoyo.
Olazabal y Mickelson empataron el hoyo y tenían que seguir. Llovía de manera intensa. Y avanzaron al siguiente, solos, sin público, sabiendo que las escenas de gloria y decepción quedaban para otros, que todo estaba ya decidido, pero que algo parecido al instinto les exigía a ellos, dos profesionales millonarios, cumplir su misión, ganar un hoyo.
Del Abierto Británico de este año, me quedo con la escena tras el 'green' del 18, en el segundo día de Miguel Angel Jiménez. El malagueño aspiraba a ganar, jugó muy bien el primer dia, y en el segundo- 'tenía la cabeza demasiado abierta', explicó después- hizo un recorrido desastroso, que le envió a casa.
Quizás era su última oportunidad de ganar un grande. Quizás. Y, nada más salir del 'green', sin llegar aún a la caseta donde tenía que entregar su tarjeta con los golpes, se le vino su hijo pequeño, que tendrá unos 12 años, se estiró hasta el hombro de su padre y le dijo: "Venga, que no pasa nada". La magnífica inversión de hombre y niño.
“En el nivel internacional, el deporte es francamente una imitación de la guerra. Pero lo significativo no es la conducta de los jugadores sino la actitud de los espectadores: y, tras los espectadores, de las naciones que acaban sintiendo furia sobre estas competiciones absurdas y creen seriamente, al menos por cortos períodos de tiempo, que correr, saltar y patear un balón son pruebas de la virtud nacional”.
George Orwell escribió, en 1945, tras una gira del Dinamo de Moscú por Inglaterra, ‘El espíritu deportivo, un breve ensayo en el que el pupilo de la escuela de Eton, policía en Birmania, vagabundo en París y en Londres, brigadista en Cataluña y autor de ‘1984’ mostraba su menosprecio por las pasiones colectivas asociadas al fútbol.
El artículo de Orwell en 'Tribune' me ha venido a la cabeza en estos días de euforias nacionales asociadas con el deporte. Y es que el otro día un presunto patriota me dijo: "Todo buen español se alegra por el triunfo de la selección". Y me miró chequeando, no fuera yo a dudar. De natural cobarde, me quedé calladito.
¿Convivirán estos mostrencos- como a mí, tan afortunado, me ocurre- con gente que ni siquiera sabía que la selección española jugaba un partido de fútbol o que Nadal estaba en Wimbledon? ¿Qué lugar reservan en el pabellón de la bondad ciudadana a esas almas a las que no les interesa el deporte o que aborrecen el griterío de la masa?
De la discreta enormidad de Senna, de la precisa ferocidad de Nadal, a la prominencia habladora de necios a quienes el juego y la alegría nunca bastan.
Calamidad idéntica en cada paisito, con su banderita y su tatachín. No he conocido a un británico que no diga que está 'proud to be British'. Orgullosos de haberles nacido en algún lugar. Me asombra.
Orwell expresó sorprendentes razonamientos sobre lo británico en 'El león y el unicornio'.
He llegado a Birkdale, donde se disputa esta semana el Abierto Británico de golf. Julio es un mes deportivo en la correponsalía de Londres, con el Open llegando diez días después de Wimbledon. A ver si Sergio García, Miguel Angel Jiménez o Pablo Larrazabal lo ganan. Y que siga la juerga.
PS. Cubrir un torneo de golf requiere en mi caso alojarse en una granja que no tiene acceso a internet. Mis posts llegarán estos días más tarde.
!--[if>![endif]-->"Tras la eliminación de Anabel Medina y Virginia Ruano por las hermanas Williams(6-1,6-4), quedan en octavos Nuria Llagostera y María José Martínez. Juegan hoy en la Pista Central contra las americanas hemanas Bryan, cabezas de serie número uno".
Así decía la crónica que escribí desde Wimbledon el pasado lunes y que se publicó el martes en el periódico. En realidad, los Bryan son dos maromos americanos y sus rivales eran otros dos hombres españoles, Marcel Granollers y Santiago Ventura.
Para celebrar tan colosal gazapo, música, por favor. Evocando otro gazapo, común, y también relacionado con el tenis: confundir a Patty Smyth, mujer de John McEnroe, con Patti Smith.
Si hay que elegir entre las legendarias rabias de McEnroe hacia los árbitros- You must be joking!, era su queja habitual que le dio el título de su autobiografía- y la ira santa de Smith- Jesus died for somebody's sins but not mine, el primer verso de Gloria- es juego, set y partido para la poética, of course.
Enjoy the weekend.
El segundo personaje de la serie es un visitante habitual de Londres. Acude anualmente al torneo de tenis de Wimbledon. Hace unos días colgué aquí un post en el que le retrataba como espectador inconfundible en el palco de la prensa de la Pista Central.
José María Guimaraens es el corresponsal de la agencia Colpisa en el circuito internacional del tenis.
Nació hace 74 años en La Coruña. Su padre era capitán de artillería del Ejército y secretario de la Jefatura Superior de Policía y, como su madre, aficionado al tenis. Jugaban en la pista de tierra batida del Casino Sporting, la única que había entonces en la ciudad. La preparó un jardinero de Vilaboa, al que 'Guima' describe como gran experto en tierras, que endureció la base pidiendo a los niños que jugasen al fútbol sobre ella.
Recuerda que se aficionó al tenis viendo a Jaume Bartrolí, posteriormente uno de los rostros pioneros del tenis español en televisión, como capitán de los equipos de la Copa Davis, que formaban Santana, Arilla, Gisbert, Couder, Orantes,...
Empezó a jugar en infantiles, ganaba a todos y le integraron con los adultos. Quedó subcampeón del club. "Me faltó un poco de..."
Empezó a llevar a los periódicos notas con los resultados de los partidos del club, se enteró el presidente de la Federación Gallega de Tenis y entró en la federación. Había sacado unas oposiciones para entrar en el Banco de Coruña: "Era un chico de 17 años y tenía pasta; ya no quise más y ése fue mi error", dice ahora.
Entró en Radio Juventud como locutor y comentarista deportivo. Viajó por toda España siguiendo al Deportivo. El largo recorrido en coche por aquellas carreteras tenía una parada ineludible en el Mesón Juan Manuel, de Tordesillas, donde la expedición pedía invariablemente perdiz. Recuerda con humor mil anécdotas, como aquel día en el que el colega Caparrós pinchó la perdiz recién servida, se escurrió en el plato y le arruinó el traje.
También organizó los primeros torneos internacionales de tenis de La Coruña. Un año le informaron que Franco quería ver a Manolo Santana, que jugaba la final contra el sudafricano Bob Hewitt. Cuando llegó El Caudillo, sonó la Marcha Real y Hewitt, enojado de que perturbasen su calentamiento, comenzó a tirar pelotazos al aire. Un ayudante de Franco le dijo a Guimaraens: "O para de dar pelotazos o lo llevamos detenido". Santana convenció a Hewitt, que luego jugó fatal.
Empezó a compaginar el trabajo en la radio con el del periódico La Voz de Galicia, al que se dedicó en exclusiva desde 1969. Se jubiló anticipadamente en el banco y la agencia Colpisa le propuso convertirse en su corresponsal para el tenis.
Tras cerca de veinte años recorriendo el globo- acudió a un Abierto de Estados Unidos, le pareció brutal la humedad y el bullicio y no ha vuelto- recuerda como mejores tenistas a los australianos Laver, Roach, Rosewall, Newcombe; a Federer, por supuesto; como extraordinarias las victorias en París de Arantza Sánchez Vicario y de Michael Chang.
- ¿Por qué no hubo grandes tenistas gallegos?
- Muy fácil. Porque la gente que se dedica allí no se atreve a salir y no tiene apoyo.
- ¿Por qué los jóvenes tenistas españoles juegan bien ahora en Wimbledon?
- Porque hay un colectivo de muy buenos entrenadores detrás.
- ¿Quien ganará Wimbledon este año?
- Rafael Nadal.
Su pronóstico fue anterior a la victoria de ayer contra Andy Murray.
It is a nasty job but someone has to do it.
El primer paso hacia el tormento es conseguir la acreditación.
Cuando recoges la acreditación, los organizadores te entregan una bolsa- su diseño cambia cada año- en la que incluyen un Media Handbook sobre formas de acceso a las pistas o servicios disponibles para a la prensa, y un libro que compendia la historia del torneo e informaciones sobre el tenis profesional.
Al llegar al centro de prensa,
los periodistas acreditados tienen asignado un cubículo.
Hay una conexión de banda ancha, teléfono (más conocido como el timo de la estampita por sus absurdos precios, cuando la conexión ofrece la posibilidad de usar Skype), una televisión que ofrece en sus canales las imágenes de los partidos que se juegan en las 19 pistas, cuadros de marcadores simultáneos y las conferencias de prensa que dan los jugadores al terminar sus partidos. Y una estantería para guardar la apabullante documentación que ofrece la organización sobre cada jugador y cada partido. La documentación se recoge en estas casillas.
Absolutely terrible, innit? Bueno, que los optimistas tengan en cuenta que les puede tocar entre un colega que se duchó por última vez en el Open de Australia y una pareja de pipiolos goffamente inamoratissimi que les hagan sentir el súbito deseo de convertirse en corresponsal de guerra. Pero el más básico derecho humano es el derecho a marcharse (Baudelaire dixit).
Al restaurante de la prensa, por ejemplo. Éstas serán las vistas mientras almuerzan.
¿Que no debo quejarme? ¡Pero, bueno! La comida que allí se sirve es a menudo un típico potingue inglés. Aunque la ensalada es razonable. Y las servilletas, con sus ribetes verde y morado, ¡oh, Wimbledon!, le hacen a uno sentirse ya en batín y en casa.
¿Cómo escapar de tal sufrimiento? El último refugio es la Pista Central, donde el partido también está que arde. Así se ve la pista desde el palco de la prensa.
Los más osados entre ustedes ya se preguntarán: ¿pero este hombre es incapaz de sacar una buena foto? ¿cómo puede sacar una, nada más y nada menos que de la catedral del tenis, donde lo más llamativo es un sombrero?
Se equivocarían esta vez los malhablados. Porque este gorro es una de las grandes tradiciones de la Pista Central. Y su portador me ha prometido que esta semana se dará la vuelta y contará su historia a los bienvenidos visitantes de esta cosa que llaman blog.
"The English Game", que he visto en el Rose Theatre de Kingston-upon-Thames, es una obra que retrata las fracturas y armonías de Inglaterra mediante los diálogos de once miembros de un equipo aficionado de su juego nacional, el crícket.
Ha recibido buenas críticas, aunque me pareció una pieza menor, que debe mucho además a quien es, en mi opinión, el genio de la comedia inglesa del final de siglo, Alan Ayckbourn.
La ví en una matinée, rodeado de viejecitos. Cuando uno de los protagonistas, el anciano padre del capitán del equipo, es ayudado con gran esfuerzo por su hijo y otros jugadores a sentarse en una silla para ver el partido, las jubiladas se rieron con ganas, pero no oí ni una sola risa de elllos, cuyo avance hacia las butacas fue un cacofonía de bastones y suspiros.
Es una excusa como otra cualquiera para hablar del colosal dilema planteado por el giro de Kevin Pietersen. El internacional inglés logró 110 carreras sin ser eliminado, en el primer partido de un día en la serie de verano contra la selección de Nueva Zelanda. Inglaterra ganó con facilidad, 307 por 5, mientras que los 'kiwis' lograron 193 carreras antes de ser eliminados todos.
Para entender el problema planteado por el giro de Pietersen basta con introducirse en los arcanos del 'lbw', Leg Before Wicket, o pierna delante de los palos.
Bueno, ésa es una de las maneras de ser eliminado por lbw. El juego del crícket no es complicado. Un americano aficionado al béisbol lo entendió a la primera.
Ahora, Pietersen ha girado mientras bateaba contra Nueva Zelanda y ha golpeado a la bola como si fuese zurdo, aunque la esperó como un diestro. Él lo había hecho antes, como muestra este video, pero esta vez el bateo creó conmoción y debate.
Se reunió el Marylebone Cricket Club, que, desde su sede en Lord's, gobierna las reglas del juego. Quien haya llegado hasta aquí sentirá algo parecido a la felicidad al saber que el MCC no encontró nada en el giro de Pietersen que incumpla las reglas. En definitiva, que no afecta al lbw.
¿Un juego demasiado complicado? Usted se lo pierde. Es condimento esencial del verano inglés.
La lluvia dejó sin resultado el segundo partido y los turistas ganaron el tercero. Hoy se juega el cuarto, en The Oval.
Pero lo realmente bueno no es el crícket de un día sino el de Test, que suele durar cuatro. Otro día explicamos las diferencias. Suráfrica visita Inglaterra este verano para jugar una serie de Test-crícket.
Sobre este blog
Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, dos colegas admirables- Ainhoa Paredes y Mónica Bergós- cubren también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".
Otros corresponsales
Mis tags
Categorías
Enlaces
Secciones
Archivos por meses
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
PUBLICIDAD

