Thatcher entre nosotros

 

Uno de los mejores párrafos que he leído tras la muerte de Margaret Thatcher es el primero en este artículo de Janan Ganesh en el FT.  Desdeña el autor que su ismo, el thatcherismo, derrotase a otro, el socialismo, porque éste no existía. El partido laborista era socialdemócrata en los setenta y había contribuido, junto a los conservadores de la vieja escuela, a crear una economía y sociedad gobernadas por otro ismo, el corporativismo. Ese sistema estaba ahogando al país.

El sindicalismo británico había desarrollado aspectos realmente perversos, la City financiera era un reducto gobernado por instituciones clásicas comandadas por patricios de las grandes familias, en buena parte de la industria y los servicios había monopolios engordados bajo el amparo del estado.

Thatcher, procedente culturalmente de las bajas iglesias protestantes, es una outsider en el paisaje conservador; su credo era el esfuerzo, la responsabilidad individual, la meritocracia. Creía genuinamente en el beneficio social del mercado.

Y para ilustrar lo genuino de su empeño y la comparación con sus epígonos españoles que prometí en el comentario anterior, elijo el ejemplo de las telecomunicaciones.

Cuando el gobierno de Thatcher privatizó British Telecom, se parceló la telefonía fija, aunque BT mantuvo el grueso del negocio. Pero al viejo monopolio se le impidió entrar en el concurso de las franquicias para extender la red de cable y también que incorporase contenidos a su cartera de negocios durante un largo período de transición.

El resultado fue la emergencia de compañías diversas en los segmentos del sector de las telecomunicaciones. En España, la privatización se realizó mediante la venta de acciones del estado en Telefónica, sin una reforma estructural significativa del sector. El gigante se expandió por el aprovechamiento de un cuasi monopolio en el mercado doméstico.

¿Produjo esa filosofía de Thatcher sobre el beneficio de la competencia un beneficio social? Es muy difícil evaluarlo. El fútbol, gobernado por el corporativismo, se ha convertido en un gran negocio, en el mayor espectáculo del mundo. La privatización de empresas públicas cuando existen monopolios naturales (transporte por ferrocarril o energía) es cuestionable incluso para quienes creen en la matemática idealista. ¿Facilitó la desregulación que se extendieran los nuevos imperios corporativos multinacionales, que limitan hoy sobremanera qué puede hacer un gobierno?

Pero quería señalar que al menos en Thatcher había coherencia entre el discurso y los actos. Y que eso es algo que la hace más interesante que a los seguidores declarados de su legado que no libraron en sus países la batalla contra un corporativismo que en el caso español fue asentado además en la economía que el régimen de Franco legó a la democracia.

 

 

 

 

 

Unos hijos de puta

 

Había reservado mi entrada hace unas semanas, cuando vi que los críticos de la prensa de Londres daban estrellas a The Low Road, que se muestra en el Royal Court Theatre hasta el 11 de mayo. Por una feliz coincidencia era para una matinée el pasado jueves, un día después de que el funeral de Margaret Thatcher pusiera fin al duelo público y también a un tiempo de mucho trabajo.

Fui al teatro tarareando el deseo de renovación contenido en los versos de una vieja canción de Nanci Griffith- “quisiera que lloviese y que la lluvia lave mi rostro”- y esperando que la obra, de casi tres horas de duración, me llevase por el camino de abajo, por un paisaje de las bajas iglesias protestantes en América, un asunto que me interesa.

Pero no lavé mi alma de sus tribulaciones porque el primer personaje en ocupar el escenario en esta pieza de Bruce Norris era nada menos que Adam Smith, santo patrón de la economía del laissez faire.

Jim Trumpett, el supuesto hijo bastardo de George Washington abandonado en un burdel, es el antihéroe de la historia, el niño que lee un fragmento de Smith en un libro que le piden que tire al fuego y encuentra la justificación moral para la portentosa idea de que puede comportarse de acuerdo con sus instintos, literalmente, en su caso, los de un hijo de puta, porque una mano invisible, según cuenta el libro, distribuirá a través de los mercados el bien colectivo crecido de su maldad.

A esta obra la salvan los actores y el humor, que rasga el velo maniqueo de su anticapitalismo grueso. Situada en la segunda mitad del siglo XVIII, en Massachussets, se ríe también del habitual sinsentido de grandes empeños humanos, incluyendo entre ellos los de las obras anticapitalistas que se muestran en teatros caros y además subvencionados.

En fin, que regresé a Margaret Thatcher. Creo que su importancia es lógicamente mayor en lo que afecta a los británicos que al resto del mundo; también que los grandes sucesos que sellaron su triunfo universal- especialmente la victoria de los países ricos y democráticos en la Guerra Fría- fueron consecuencia de procesos más largos que su paso, o el de Ronald Reagan, por la cima del poder; y que otros que se achacan a ella tienen que ver con innovaciones tecnológicas más que con el diseño ideológico.

Su idea más imitada en el mundo es la privatización de empresas públicas, según mi juicio. Y la crisis actual ha arrojado sombras sobre los beneficios de la desregulación abanderada en aquel tiempo.

Pero creo que tengo en mi maleta de lucubraciones una que tiene vigencia y que versa sobre la genuina puesta en práctica en Reino Unido de su creencia en el beneficio de la competencia y sobre el contraste con lo que hicieron- por ejemplo, en nuestros país- los que se presentan como sus seguidores.

Con esa Margaret Thatcher- que, como primera mujer en llegar a la jefatura de gobierno de un país desarrollado, desprestigia aún más el titular de esta entrada- y con las ficciones de sus acólitos, quedamos citados otro día.

 

Cancionero variado

 

Velada fantástica en la residencia del embajador de Israel en torno a David Broza. No le conocía.  Tampoco conocía a P. y salimos de allí admirados ambos de la fuerza de este hombre y de su capacidad de absorción de diferentes culturas.

Canta en español como si fuera un cantautor, o melodías que suenan más influidas por el levante oriental , se transforma luego en un cantante de country & western.

El embajador Trillo llevado por el ensimismamiento pronunció un discurso muy español, rematadamente español, con Sefarad en el centro de todo y Broza encarnando inevitablemente el espíritu de Sefarad.

El cantante, viajero perenne por España, amigo de Serrat y de Pablo Guerrero, dejó pasar un buen rato pero entre dos canciones puntualizó que sí, que muy bien y muchas gracias, pero que él es asquenazí.

Ha llevado canciones españolas al público de Israel, ha compuesto canciones en hebreo, pero me llamó la atención que, en su último disco, en el que refleja su trabajo en campos palestinos y con músicos palestinos y su afán de unir a la gente con voces e instrumentos musicales, usa el inglés.

Hablé con uno de sus músicos sobre el asunto y nos lo pasamos bien especulando sobre si el uso del inglés es un buen comienzo para dar credibilidad o fuerza hoy a un mensaje de paz en Israel o Palestina. Broza atendía a la cola de fans… Pregunta pendiente.

Mitachat Lashamayin

Y la letrilla.

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Aquí solemnemente declaro que otra P. y yo permanecimos el otro día sentados en nuestros asientos, únicos entre un público de jubilados alemanes y nórdicos que, puestos en pie, movían sus brazos artríticos y meneaban sus caderas postizas al ritmo de Let it Be, en el musical del mismo nombre. Si les hubiesen dejado meter mecheros, hubiese ardido el teatro Savoy y nosotros, risueños, en él y con ellos.

Adorno, Benjamin o Juan Cueto habrán escrito algo sobre experiencias artísticas tan indirectas. Cuatro actores con apariencias físicas que evocan a The Beatles y maneras musicales falsas aunque convincentes parodian un concierto de grandes éxitos.

Es estupendo. Intenté sin éxito al día siguiente convencer a una amiga para que se convierta en impresaria y monte una gira de este musical por todos los pueblos de España. E Italia.

Pero una cosa es que esto sea bueno para la salud de los jubilados alemanes y que disfruten mucho las gentes humildes que visiten Londres con ganas de sentir ahora los sesenta y otra cosa es sumarse a ello.

Twist and Shout.

 

 

 

 

La casa de William Morris

 

William Morris era menos rico que el conde de Saint Simon y quizá por eso su utopía socialista era más aburrida y tuvo resultados más prácticos.

El francés ofreció un horizonte en el que los animales salvajes se hartarían también de su vida. Tendremos, según él, amistosos camaradas tigres, pero aquí seguimos esperando tan gozoso día. De la mano de Morris estaremos todos ocupados en trabajos agradables.

Trazar una subterránea diagonal del gran Londres a muy primera hora de la mañana no es desagradable si no hay que hacerlo todos los días. Así llegué a Walthamstow, donde no había estado nunca.

Fui allí con la curiosidad que me había provocado la apertura de una exposición de fotos de gente del este de Londres por David Bailey. No me interesa mucho el trabajo que le hizo famoso como retratista de gente glamurosa, pero quizás habría algo en el recorrido por la comarca donde se crió.

Es una exposición que, sin yo enterarme, se había mostrado completa en el tiempo del ágape olímpico y que se presenta aquí reducida en una sala.

Me fui de allí preguntándome si los responsables del museo no estarían mejor encaminados ofreciendo exposiciones temporales que correspondan más con las inquietudes de Morris que este tipo de cosas, contradictorias en todo con los ideales del patrón del museo y que se justifican por el reclamo del propio Bailey (allí estaba yo) y porque ambos son del mismo barrio.

Morris quería incorporar objetos de arte y buen diseño a la vida cotidiana de la población y ni siquiera pudo imaginar la popularidad que llegaría a tener la fotografía. Pero Bailey la usa para ofrecer la imagen de lugares y personas dañadas por el consumismo banal o el alcoholismo, y lo remata con el nada envidiable gusto por los  gánsteres.

La exposición me defraudó pero el museo es maravilloso, ofrece un panorama bastante completo de las ideas y creaciones de un hombre que nació en una familia afortunada y que se dedicó a una variedad extraordinaria de artesanías y de pasiones.

Según la utopía de Morris, daríamos la espalda a la industrialización que había descuartizado el East End y regresaríamos a una sociedad medieval de artesanos ahora felizmente dedicados a embellecer nuestras casas o nuestras iglesias, nuestras bibliotecas y nuestras mentes. No estamos retrocediendo hacía allí, según decían en el último telediario que vi, pero él tuvo un gran éxito como diseñador e inspirador de otros artistas.

Esta fue su casa familiar y es la sede del museo, con un espléndido parque, al que la primavera irá alegrando en los próximos días. Un descubrimiento para mí y se lo recomiendo vivamente.

 

Cruce de lienzos, líos de faldas

 

Hace unos días visité el museo de Derby y me encantó la galería dedicada a Joseph Wright, un pintor local que se especializó en escenas vinculadas a la Ilustración del pensamiento y a la industrialización de la economía. Su mayor arte era la técnica del claroscuro.

Pero me detuve ante sus retratos, especialmente los de la joven familia Arkwright y del patriarca, sir Richard.

Me impresionó la estampa del industrial que revolucionó la producción textil en el siglo XVIII. Un tipo con semejante barriga contribuyó decisivamente a crear el mundo en el que vivimos.

¿Notan sus ojeras, una expresión insatisfecha? Sir Richard posó esta vez para Wright poco después de haber perdido su pleito para registrar como patentes algunos inventos decisivos de ese tiempo. Empezó su vida laboral como barbero pero incorporó a la industria textil varias máquinas, incluida una para cardar algodón: una diabla. Un pequeño modelo queda en el retrato como reivindicación.

Me dije que este Arkwright era el inventor de la falda escocesa y eso iba a contarles hasta que en mi búsqueda he topado con que era miembro de la Iglesia de Inglaterra.

No podía ser. Recordaba con seguridad que en el ensayo de Hugh Trevor-Ropers, incluido en The Invention of Tradition, el diseño de la kilt para mejorar la plaid que llevaban los empleados de su factoría se atribuía a un cuáquero.

De la falsificación histórica que significa la falda escocesa he encontrado este entretenido relato. En el que se identifica también a mi perseguido. Fue Thomas Rawlinson, industrial pionero del hierro.

¿Les parece que falta algo en esta historia? Al observar los retratos quizás les haya llamado la atención algo que a mí también me sorprendió. En la estampa de la joven familia Arkwright- el hijo de sir Richard, su mujer y su hija- Wright ofrece este detalle del afecto paterno-filial.

Creo que no habría padre ni retratista que osaran ofrecer a la observación del mundo ese gesto de ternura en la Inglaterra de 2013 por temor a ser acusados de pedofilia.

Comedia y apocalipsis subterráneos

 

El principio también fue entretenido. Salía del Museo Nacional del Retrato,  a donde acudí para asistir a la presentación de la muestra de fotografías de Man Ray, cuando vi que unos chicos jóvenes anunciaban algo. Ofrecían transporte gratuito en taxi a algún sitio. Seguí mi camino, pero imagino que todos llevamos dentro a alguien dispuesto a entregarse una mañana cualquiera a la voluntad de otros para que le lleven a cualquier lugar. Regresé.

Querían llevarme a la exposición de otro artista, un tal David Breuer-Weil- “de Israel, judío”, me dijo el publicista-, que había colgado algo en unos túneles bajo la estación de Waterloo. Les dije que iría andando, era un leve desvío en mi camino.

Hablé un rato con él al final de mi paseo por seis o siete criptas en las que ha colgado unos setenta lienzos y algunas esculturas, casi todo en gran tamaño. Es una experiencia curiosa por el lugar y por la obra.

Le dije que me había creado una situación incómoda la combinación de una inspiración dura, de mecanización, centrifugación,  pérdida o aplastamiento humanos, con composiciones  geométricas que parecían las que da un caleidoscopio infantil, con colores también que no están en el canon de la gravedad.

- La tragedia y la comedia siempre van juntas en la experiencia humana y en el arte- me respondió.

Breuer-Weil, que llama a esta muestra Proyecto 4, dice en una película que se proyecta allí que le sorprende cómo en el mundo del arte posterior al Holocausto tuvieron éxito los retratos de Marilyn Monroe, el pop,  y cómo los artistas plásticos, salvo algunas excepciones (mencionó a Kieffer entre los recientes), han preferido otros temas, a pesar de que el arte apocalíptico ha sido frecuente en otros tiempos (mencionó a Giotto).

Figuras de Breuer-Weil emergen en parques del centro de Londres o de las aguas en estanques de la ciudad.

Si tiene un rato, le recomiendo darse una vuelta por esta interesante exposición en este peculiar museo temporal.

Que se ha extendido hasta el 24 de marzo, “due to popular demand“, como dicen aquí al anunciar estas cosas.

Schwitters in Britain

Schwitters in Britain es una exposición que produce más satisfacción por su ayuda para comprender la evolución del arte contemporáneo que por el placer que depara la obra que uno contempla.

Buena parte de las 180 obras expuestas son collages o ensamblajes de Kurt Schwitters, nacido en Hanóver. Abrazó la pintura modernista en Alemania, incorporando a ella la idea de utilización de materiales comunes en lugar de pintura. Inspirado por el nombre de uno de los mayores bancos alemanes, Commerzbank, Schwitters calificó desde entonces su arte como Merz, un concepto que definió como “la combinación para propósitos artísticos de todos los materiales concebibles”. Fue incluido en la célebre exposición de Arte Degenerado de Múnich, en 1937. Huyó con su familia a Noruega, donde el paisaje le inspiró una nueva deriva. Y partió hacia Escocia en el último barco antes de la invasión nazi.

Al llegar a Reino Unido fue internado con otros como un ‘extranjero enemigo’ en el campo de Hutchinson, en la isla de Man, donde compartió reclusión con otros artistas alemanes y austríacos. En la exposición de Tate Britain hay un primer contraste entre la obra del Shcwitters vanguardista y los retratos de sus compañeros de campo, en un estilo ‘convencional’ posimpresionista.

Su pintura, escultura o poesía de vanguardia no tuvieron éxito comercial cuando fue puesto en libertad. La exposición de la Tate ofrece una lista exhaustiva de cambios en su forma de hacer las cosas: la inclusión en sus collages de materiales encontrados en su vida inglesa, los retratos y paisajes del Distrito de los Lagos que le permitieron ganarse la vida y sus nuevas amistades.

Su obra quizás más ambiciosa, por la continuidad que tuvo a lo largo de su vida, es su Merz en el Granero, con una historia interesante en su creación y conservación.

Dos artistas del Lake District responden al estímulo de esta exposición ocupando dos salones de la Tate con sendos trabajos que combinan cine, arquitectura, cerámica,… el collage se despliega y ocupa más volumen.

Queda como poso de la visita la constatación de la gran influencia de Schwitters, que vivió hasta el final de sus días en Inglaterra, sobre artistas como Richard Hamilton (uno y otro) y Paolozzi (aquí y allá).

Al final de esta exposición uno se pregunta, tras interesarse por la vida extraordinaria de Kurt Schwitters e identificar la influencia que tuvo sobre otros que cosecharon más premios, si su trabajo, en particular con el collage, no merece el elogio de lo efímero, quizás en la ilustración, en vez de que le caiga encima y lo aplaste la solemnidad de un museo.

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Quartetto Vocale Cetra. Mazurka paesana. 1939:

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Julio Camba en Londres

 

La crisis constitucional más grave de Reino Unido en el siglo XX sumó eslabones a lo largo de 1910. Hubo dos elecciones por un pleito entre los lores y el gobierno liberal, que quería introducir un impuesto a las grandes fortunas para financiar el embrión de una protección social pública, hubo también una larga huelga minera prolegómeno de otra general y las frustraciones de las mujeres sufragistas que pedían el voto desembocaron, tras un choque en el exterior del Parlamento con las fuerzas del orden testicular, en su delicado terrorismo, la campaña de ruptura de ventanas en las casas de gobernantes opuestos a su causa.

Tanta mala noticia es maná del periodista. El Londres de 1910 era un paraíso para alguien dedicado a una rama del oficio, la de corresponsal en países extranjeros, en la que la curiosidad por lo que no se ha pisado antes aconseja, como escribió Julio Camba para otros efectos, “a decir las cosas sin adjetivos”.

El escritor de Villanueva de Arosa vivió en la ciudad de la niebla ese año y en 1916, cuando estaba en Nueva York, un editor de Madrid envió a uno de sus empleados a la Biblioteca Nacional para que copiase sus crónicas británicas en El Mundo y en La Tribuna, que se publicaron con el título de ‘Londres. Impresiones de un español’.

Camba no sabía inglés y se sintió hondamente extranjero cuando llegó tras un tiempo en París: “Aquí todo le es hostil al español: el idioma, las comidas, las costumbres,…”. Y se marchó más o menos igual, ofreciendo en sus crónicas impresiones genéricas estilizadas por el humor, sin que en el libro haya un solo retrato realista de lo que ocurría en la ciudad o de alguno de sus habitantes.

No escribe sobre el movimiento sufragista, aunque pueden adivinar sus lectores que algo ocurre porque el soltero vitalicio Camba nos deleita con estas observaciones sobre los ingleses de ambos sexos: “Los hombres solos son groseros, violentos e irritables. Las mujeres solas no son siquiera mujeres, hablan de ciencia, de política o de literatura… El país mejor del mundo para las mujeres es España, porque ahí las mujeres no tienen derechos ningunos”.

Camba es un viajero tacaño, imperturbable, el hombre que nunca se arriesga, que ha de salir siempre entero y sin que la audiencia atisbe ninguna desnudez, que se va tal cual entró por la misma frontera y que, para dar constancia de su supervivencia con todos los ropajes que ya traía para protegerse del frío foráneo, recurre al truco más viejo en el oficio de escribir, la profusión de adjetivos y de máximas.

Esta brevísima selección de sus sentencias puede dar idea del calibre de sus teorías, que no merecen el esfuerzo de la comprobación: “Inglaterra no consiente que haya en ella un hombre diferente de los otros”; “Inglaterra es grande, es fuerte, es rica, es temible, sabe leer y escribir de corrido y está muy vestida, pero le falta el alma. La España pobre, sucia y analfabeta, puede llamarle bárbara”; “La verdad, los ingleses son castos e inocentes, pero como propagandistas me parecen muy malos”.

El siglo XX acaba de comenzar, el patrón oro se resquebraja, se sienten las turbulencias en la metrópoli del mayor imperio del mundo, pero el periodismo o el ensayismo español no han producido trabajos que esclarezcan las vicisitudes de otros países y a Camba tampoco parece interesarle el lugar en el que está. Cuando vuelva a su casino podrá decir que los ingleses “carecen de paladar y de corazón” y que España es un “país de hombres chiquitines e irritables”; y alguien reirá tales ocurrencias.

Leyendo con curiosidad hasta su última página este libro, ahora reeditado por Reino de Cordelia, he pensado que ilumina mejor la historia de España que la de Londres. Me he preguntado también si hay una forma de humor cruel hacia otros y benigno con uno mismo que exhiben quienes temen al sexo. ¿Por qué es aún popular en España este tipo de crónica o columna, en la que prejuicios y maneras del escritor se imponen de tal modo sobre la esquiva materia que se ofrece a nuestra curiosidad ahí afuera? Sus autores suelen combinar, como Camba, la poca autoestima de quien propone remedios imposibles- “Para regenerar a España, lo de menos es tener un buen Gobierno, sino tener buenos ciudadanos, los nuestros no sirven”- y el desmedido orgullo de quien se escabuye de esa tropa por los callejones que frecuentan los sujetos del verbo.

Leyendo a Camba he sentido alguna certeza en la idea de que su falta de interés por lo que estaba ocurriendo en 1910 en Inglaterra muy bien podría explicarse con esta proposición en su libro: “Las leyes no son malas ni buenas. El caso es que la gente las observe. Una ley estúpida, observada con unanimidad, da un resultado admirable”. El hombre libre dimite ahí, nada le importa que no sean su negocio y su sintaxis. Que en el caso de Camba es diáfana y amena.

Conversaciones con J. (16)

En el verano jugamos en el club de J. pero nuestro refugio invernal ya dio entonces muestra de que la crisis también afecta a los tenistas. Desinflaron la lona de las pistas cubiertas para ahorrarse el aire acondicionado.

Nosotros jugamos a las ocho de la mañana y ahora se nota que encienden la calefacción más tarde. Tenemos que comenzar bien abrigados.

La experiencia de esta crisis nos ha alertado sobre la fragilidad que ocultan las grandes palabras y en ese tono hablábamos de la próxima venida de Mark Carney, el canadiense al que Osborne y Cameron han fichado como futuro gobernador del Banco de Inglaterra con el alborozo de haber ligado con Miss Mundo.

- Es obvio que va a terminar mal- dijo J. mientras peloteábamos  suavemente en una cancha fría-. Cambiará la forma de dirigir el banco, pero el banquero central más importante de los británicos es Mario Draghi.

Me reí.

J. siempre ha creido que el euro sobrevivirá. Si yo tuviese dinero, habría seguido su vaticinio de que era bueno comprar bonos irlandeses al 15% hace un año y ahora no estaría lamentando el deterioro inexorable de mi cuenta.

- Los españoles ya no vienen- le dije a J.

Antes del verano, jugaban a la misma hora dos gorditos, en ocasiones en la pista contigua. Parecían primos y jugaban al tenis con estilo aprendido de niños en algún club. Nos dábamos los buenos días. Diría que eran de Madrid. Uno de ellos pedía siempre perdón si la tiraba mal. No les hemos visto desde el otoño.

J. había comprado pelotas nuevas y el partido fue abrupto. Dábamos raquetazos que nos hacían sentirnos unos fenómenos y fallábamos voleas elementales o golpes desde el fondo de la pista porque nos podía la velocidad o el bote de la bola.

Cuando nos marchábamos, hablamos de los gobiernos. Parecen tan mediocres, tan malos: el británico, el español,… Quizá la dimensión de los problemas ha desvelado…

J. interrumpió la conversación- “Todos estamos continuamente quejándonos”- y seguimos un rato nuestro camino en silencio.

El fin del mundo que conocíamos

 

El fin del subsidio universal a los niños (Child Benefit) me parece un símbolo poderoso del cambio que estamos viviendo. Lo cobran esta semana por última vez todas las madres británicas de hijos menores de 16 años, exactamente las mismas cantidades (24.95 euros semanales por el primer hijo y 16.50 por cada uno de los siguientes).

Aunque hubo antes sistemas de protección social en otros países, la influencia británica en la mitad del siglo XX era tal que el welfare state diseñado en el informe Beveridge se convirtió en expresión de uso común en los libros en español; o también su traducción literal, estado de bienestar, que puede conducir al error sobre su significado real.

Las tres propuestas fundamentales de Beveridge fueron crear un sistema público de salud, un seguro de desempleo y el subsidio a la familia. Durante años se dio este último combinando sus ascensos y descensos con los de las exenciones fiscales por tener familia. El Child Benefit que eliminó esa dualidad fue diseñado por el último gobierno laborista antes de Margaret Thatcher e introducido por ella.

A partir de la próxima semana se irá retirando gradualmente a aquellas familias en las que al menos uno de los padres gana más de 61.450 euros anuales. Y se retira inmediatamente a familias en las que alguien gana más de 73.740.

Parece justo y lógico que no se den subsidios, en las circunstancias actuales, a gente que realmente no los necesita. Pero la segregación de madres más ricas y más pobres quiebra la idea de que toda la sociedad se hace cargo de alguna manera de todos los niños del país. No había diferencias en este subisidio. Que se da además directamente a las mujeres.

elcorreo.com

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