Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

Nos visitaban unos amigos esta semana y tuvimos una charla que creo interesante sobre sistemas electorales. Qué mal empieza esto, ¿eh? Les animo a llegar hasta el final.

Íbamos de excursión y en la estación de tren estaba con su mujer el diputado de nuestra circunscripción electoral, viven cerca de nuestra casa. Coincidimos en la puerta al bajar en la misma parada y, como hemos charlado alguna vez y nos saludamos, le pregunté si estaba ya plenamente recuperado, porque había leído en el periódico local que tuvo que ser operado de apendicitis. Me explicó que ahora la cirujía es sofisticada y no requiere una larga convalecencia.

Es un diputado y un político excelente. En el escándalo de los gastos fraudulentos, lo más grave que encontraron contra él es que se enteró tarde de que podía haber cobrado un plus por residencia en Londres y preguntó a la Oficina de Gastos si podía cargarlo restrospectivamente en los dos últimos años. Le dijeron que no y allí acabó la cosa. Un tipo honesto, que ha alcanzado notoriedad de sabio en la política nacional pero que, éste fue el tema de nuestra conversación, es activo en asuntos locales.

El sistema mayoritario.

Se divide el país en 646 circunscripciones que tienen un promedio de unos setenta mil electores, aunque hay oscilaciones. Se elige a una sola vuelta. Mi circunscripción- yo aquí no puedo votar en las generales, sólo en las municipales y en las europeas- envía a Westminster un solo diputado.

Ese sistema tiene un inconveniente y una ventaja. El inconveniente es que, como sale elegido el que más votos obtiene, el voto de quienes no le han elegido no cuenta para nada. La ventaja es que el elegido tiene que ganarse el favor de los setenta mil. Cada viernes, por ejemplo, despacha en su consulta, donde, como un médico de cabecera, tiene que recibir a gente que le expone sus problemas y al número inevitable de pelmazos.

El diputado está así obligado a la representación de los intereses locales, a mantener un contacto- a través de su consulta, de reuniones o de comparecencias en los periódicos de barrio- con sus electores. Creo que el protestantismo es una razón del comportamiento individualista de los diputados británicos, pero también influye esa necesidad de responder directamente a quienes le eligen.

Eso le da poder frente a la burocracia del partido, que se tiene que andar con más cuidado a la hora de nombrar a dedo a un candidato en la circunscripción. Especialmente en las que están más mezcladas y disputadas.

En sistemas como el español, el burócrata de la sede del partido tiene más poder. Si no te portas bien, te quita de la lista o te baja en el orden. Es una pena que el empeño sensato en dar poder a los partidos tras tántos años de partido único haya degenerado tan pronto en un partitocracia con burocracias que quieren coparlo todo. ¿Ayuda el sistema electoral?

Aquí están pensando ahora en un cambio del sistema, pero todos quieren mantener la relación del diputado con su circunscripción. El Gobierno está sugiriendo un sistema que combine la elección por circunscripciones con listas nacionales, de tal modo que el porcentaje de voto nacional lleve a unos cuantos diputados al Parlamento.

Así se ganaría en representación proporcional. Porque ahora un partido con el 35.3% de los votos, el Laborista en las últimas de 2005, puede obtener 356 escaños, otro con el 32.3%, el Conservador, 198, y el tercero en discordia, los Liberales-Demócratas, el de mi diputado, 52 escaños con el 18.3% del voto nacional.

La gente con voz grave que disfruta con expresiones como 'sentido de Estado' suele decir que esa distorsión no importa y que el sistema es bueno porque crea mayorías holgadas para gobiernos estables.

Un sistema interesante es el irlandés . En cada circunscripción se eligen varios diputados, pero el votante los marca por orden de preferencia. Si uno obtiene la mayoría simple de los votos ya es elegido, pero los escaños se van adjudicando en función de las marcas mínimas para la elección en base al número de vortos emitidos y de escaños en juego y se van sumando para la elección de diputados sucesivos las segundas, terceras, cuartas,...preferencias de cada candidato. Todos los votos, todos los votantes, cuentan.

¡Se puede votar- 1, 2, 3, 4, 5,..- a gente de diferentes partidos! ¿Se imaginan? ¡Qué horror! ¡Qué desconcierto! ¡Qué bonito!

Ell sistema irlandés suele provocar el escándalo de los esforzados de la pluma, el micrófono y la cámara, que llegan a Dublín a cubrir elecciones, estadio letal del periodismo, y descubren que no habrá resultados hasta unos cuantos días después. Otro punto a favor del sistema, porque, ya lo decían nuestros padres, la velocidad y el tocino nunca deben confundirse.

The Drifters. Money Honey. 2006

Enjoy the weekend.

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Los tenistas de Wimbledon van a una sala de prensa tras jugar su partido y las preguntas y respuestas suelen denotar en primer lugar que los periodistas se creen más importantes de lo que son.

Roger Federer es cáustico cuando alguien le pregunta si siente presión al leer lo que se dice de él. No suelo leerlo, contesta.

Ayer, Andy Murray acudió con la expresión de quien está obligado a sentarse en el potro de la tortura. La prensa británica, bueno, sólo una parte, es pesadísima inmiscuyéndose en asuntos privados o creando historias artificiales- ¿Sabías que Miss Escocia estaba viéndote?, le preguntó una colega- y creando 'hype' a la que luego hay que responder.

¿Sientes presión por la 'hype' que hay en torno a tus partidos? La sentiría, respondió Murray, si leyera lo que se dice, pero no lo sigo. Además, el 90% de lo que se dice de mí no es verdad. La sala rió. En el periodismo hay mucho cínico de calderilla.

Murray causó conmoción hace unos años cuando le preguntaron a quién apoyaba en una competición de fútbol en la que no jugaba Escocia y que coincidía con Wimbledon. A todo aquel que juegue contra Inglaterra, debió decir. Los sentimientos de ultraje se expresaron con titulares de cuerpo grueso. Más tarde explicó en una autobiografía que todo había sido malinterpretado y que él se siente British. Pobrecito.

Ahora llega el gran duelo entre Inglaterra y Australia en el crícket. Se juegan la posesión temporal de 'The Ashes', las cenizas en una pequeña vasija que el ganador conserva hasta el siguiente encuentro de cinco partidos, que se disputan cada dos años.

Le preguntaron a quién apoyaba en esos partidos. Murray dijo: "Oh, no, ¡de nuevo!". Hundió la cabeza entre sus brazos, se rehizo y dijo: "Siguiente pregunta".

Salía yo con un periodista escocés de la sala y le dije que Murray había montado un buen teatro para no pronunciar el anatema. Se rió con ganas. Los ingleses no tuvieron su respuesta, pero los escoceses entendieron que su chico había emitido el mensaje correcto, su negativa a decir que apoya a Inglaterra. ¿Políticamente correcto? No me gusta esa expresión tan manida.

Geometría variable de la música constitucional británica. Cuando Inglaterra juega un partido contra Gales o Escocia se interpreta el himno galés o escocés y luego, para Inglaterra, el 'Dios salve a la Reina', que es en teoría el himno de todos.

Un habitante de Londres es inglés, británico y ciudadano de Reino Unido. No hay muchos lugares en los que haya tres nombres para la definición de nacionalidad.

Creo que, en el deporte, los ingleses desean en general que Escocia pierda y que la mayoría de los escoceses desea que Inglaterra pierda no tiene duda.

Me parece que la manifestación de esos deseos de derrota ajena- o las pitadas a los himnos nacionales, para meterme ya en el lío- lejos de hacer peligrar la sacra unidad nacional posiblemente la hace más viable. Uno se desfoga de los orgullos nacionales que no le gustan pitando al rey, al himno nacional o celebrando una goleada a la selección nacional y luego ya puede cumplir la ley tan campante, que es lo que importa.

Stewart Lee. Festival de Humoristas en Glasgow. 2005.

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En Wimbledon, donde los colegas eruditos del tenis escriben con libros de estadísticas y hay que resistir la tentación anual de averiguar el precio de las fresas, donde han quitado en 2009, y dicen que ha sido medio sin querer, el título de Señora o Señorita a las tenistas en los marcadores, donde cae desde las alturas este año un sol que te asa el cogote en la pista 3 y la entera sesera en la 18, yo, también por tradición, cometo gazapos.

El año pasado convertí en hermanas a una pareja de forzudos americanos y el jueves- tan larga fue la noche que el globo ya había volado sin mí cuando llegué a su puerto- mandé al periódico la crónica diciendo que Juan Carlos Ferrero pasó a octavos.

Al rato me llamaron de la sección de Deportes- los mejores colegas a los que uno pueda aspirar- y la voz en off me dijo: "Oye, tú, que todo el mundo dice que son cuartos". Ahhhhh, ehhhhh, ohhhh,... sí, sí, cuartos. Awfully sorry.

Todos los periodistas guipuzcoanos reciben, o recibían, en sus primeras semanas de aprendizaje el inventario de lo que puede ocurrirte en el oficio, la lista de gazapos que se publicaron en los medios locales y que han pasado al romancero popular de la canallesca:

- El público aplaudió hasta enronquecer.

- El partido terminó con empate a cero. Al descanso se llegó con el mismo resultado.

- Se celebró ayer la feria agropecuaria. Entre el ganado, vimos al señor alcalde.

- En el monte Jaizkibel se han descubierto las huellas de un lobo. Por la dirección de las pisadas, el lobo es extranjero.

En los viejos tiempos, cuando no había internet ni gaitas, en los periódicos había copistas que transcribían las crónicas del corresponsal dictadas por teléfono. En redacciones pequeñas, los reporteros alevines hacían también de copistas.

El hombro atrapaba el auricular del teléfono contra la oreja y con dos dedos se aporreaba el teclado de una máquina de escribir para transcribir lo que decía el corresponsal.

Una vez, en un lugar de cuyo nombre tararí, estaba yo dispuesto de aquesta guisa cuando la voz septuagenaria del corresponsal al otro lado del hilo comenzó a dictar su crónica con un preludio de honda metafísica: "Como todos los años por estas fechas, los últimos días de julio han coincidido con los primeros de agosto,...".

Desde entonces, todo es decadencia. Pero nada importa, porque...

Bob Dylan. I want you. 1966.

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Una vez, cuando tardíamente me estaba haciendo un nombre y un hombre, pude entrar como socio en la mafia de las apuestas en Yakarta, pero me dio pereza.

Escribí a Míster Chu porque buscaba en un anuncio alguien que escribiese en inglés artículos de fútbol europeo. Yo de fútbol europeo sé más bien poquito y escribo en inglés con faltas, pero los churumbeles gritaban en la noche que tenían hambre y tiré palante.

Por aquel entonces también me llevaron a escribir cosas variadas a unos Juegos Olímpicos y para mi sorpresa Míster Chu me citó en el exterior del centro de prensa de los Juegos, porque él también iba.

Cuando salí, vi al Míster con dos gorilitas indonesios cubriéndole las espaldas y le tendí la mano. Pero él se acercó con más brío e intentó meterme un fajo de dólares en el bolsillo. Retrocedí y le dije que nunca cobro por adelantado.

En realidad, estaba aplicando la lección que aprendí de Kim Philby, que, en su memoria de espía, escribía que no hay cosa que más fastidie a los jefes de espionaje que un tipo que no cobra. Porque ya saben que va a hacer lo que le da la gana.

Total, que Míster Chu se quedó tan cortado como prendado de mi sin par simpatía. Quería información sobre equipos de fútbol, porque en las casas de apuestas de Yakarta se juega un pastón en partidos de todos los países y competiciones. Quedamos citados un par de días después.

Mi especialidad en el periodismo es el refrito, el cortar y pegar, así que le llevé unos dossiers del equipo que le interesaba sin nada original. Míster Chu me preguntó si un jugador estaba lesionado y si conocía al árbitro. Los pipiolos que le acompañaban me miraban quizás con desprecio, quizás con conmiseración. Tenían claro que el jefe estaba perdiendo el tiempo con un inútil.

Pero Chu me llamó en vísperas de la final. Amasé papeles y fui a la cita. Me dijo que no le interesaba la final, que yo le traía tácticamente muy bien razonada, sino la que se disputaba por el tercer y cuarto puesto. Me preguntó si conocía a un jugador de uno de los equipos. Yo no había oído su nombre en mi vida. Me fui a la oficina sabiendo que había perdido otra oportunidad de convertirme en un hombre de provecho.

Antes de marcharme de aquella ciudad, eché un vistazo a lo que había pasado en la final del tercero y del cuarto y vi que el jugador por el que se había interesando mi amigo, y casi socio, tiró fuera un penalti.

Investigar si aquel partido fue comprado por la mafia de las apuestas en Yakarta hubiese sido un trabajo interesante, pero a ver quién convence a su jefe en provincias de que le de mucho dinero en adelanto, porque tiene una tenue pista para investigar si un tipo con nombre impronunciable tiró un penalti en un partido entre dos equipos de naciones en dos continentes remotos con un patadón deshonesto.

Míster Chu me llamó a casa tras los Juegos y le dije que su negocio me daba pereza, porque no tengo talento para tratar con centrocampistas o árbitros corruptos. Me dijo que siempre le entretenía hablar conmigo y que me enviaría un regalo.

Al cabo del tiempo, recibí por correo dos estupendas camisas con floridos estampados y una nota de Míster Chu que me daba las gracias y me decía que las tratase bien, que eran camisas de gala en su país. Aún las conservo.

Cuando las casas de apuestas en Yakarta, por ejemplo, andan metidas en la compraventa de partidos de fútbol, es difícil investigar de manera fiable cómo se compran y venden competiciones deportivas en cualquier lugar del mundo globalizado.

Digo esto porque el otro día vi un partido de tenis en Wimbledon con la sospecha de que uno de los jugadores lo tiró voluntariamente. Fue una trama que, si es verdadera, tenía sofisticación, por la manera enrevesada en la que el tenista mostró su poder, lo frenó y finalmente lo regaló.

Terminó la cosa muy apretada, con un último juego en el que mi sospechoso hizo dos dobles faltas: la última, en el último punto, con un segundo servicio tan fuerte como el primero, y ambos fuera.

No creo que nadie pueda probarlo. Y, si un día lo investigan y lo juzgan, yo en su caso contrataría a un abogado que plantease al tribunal, para empezar, qué ley obliga a un tenista a ganar su partido.

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Ayer tarde me llamaron, como cada seis meses, de Real Instituto Nacional de los Ciegos. La voz siempre amabilísima de un voluntario me pide que venda unos cupones de lotería para su modesto sorteo semestral.

Borges dio una célebre conferencia sobre la ceguera. Espero que disfruten de la charla y de la puesta en escena de uno de los grandes escritores del siglo XX en lengua castellana.

Teatro Coliseo. Buenos Aires. 1977.

Enjoy the weekend.

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'The Season', la temporada, es la secuencia de eventos en esta parte del calendario británico que sazonan el verano de gentlemen y ladies, o al revés. Las carreras de caballos en Ascot, el festival de jardinería en Chelsea, la regata de Henley, la ópera en Glyndebourne, el tenis en Wimbledon,...

Los pedantes aún no incluyen Glastonbury , de origen hippy y ahora macrocosa de macro-rock. Comenzó ayer y, como estoy dedicado a Wimbledon, no puedo ir con la tienda a Somerset. He ojeado la enorme lista de artistas invitados y les cuelgo aquí tres, que me gustan. ¿Uh?

Black Eyed Peas. Where is the Love?

Nick Cave and The Bad Seeds. More News from Nowhere.

Y Neil Young, que está crerrando sus conciertos de 2009 con una canción de The Beatles, A Day in the Life.

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Dice el Financial Times que ha regresado el fantasma de la 'negative equity', del capital negativo. Fue la calamidad de la recesión del principio de los años noventa. Gente que había comprado su vivienda en la parte alta del boom de los precios no podía librarse de la deuda hipotecaria ni vendiendo la casa, que valía menos que la deuda.

Según las cifras de Fitch Ratings, el 10% de las personas con deuda hipotecaria tiene en este momento capital negativo. Y, si se analiza el saldo pendiente de la deuda, el 15% de los préstamos están avalados por casas que valen menos que la hipoteca.

En Birmingham, el 37.4% de los préstamos está en capital negativo. En Craigavon, Irlanda del Norte, donde recientemente se ha identificado un barrio como un foco de disidentes republicanos que quieren seguir con el terrorismo, el promedio de capital negativo de los préstamos hipotecarios es de 29.447 euros.

El informe predice una caída del 35% en los precios de las viviendas desde el pico de la curva hasta su punto más bajo. En el caso británico, estamos hablando en su mayoría de casas viejas, no de segundas viviendas en las costas. De un boom basado en la capacidad de obtener préstamos. Y las cifras no incluyen hipotecas 'subprime'.

Según Credit Action, la deuda promedio de una economía familiar británica es de 68.229 euros. Si se suma a esa cifra la proporción de la deuda neta de las cuentas públicas prevista para 2013-14, cada domicilio británico tendría una deuda de 135.809 euros.

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Pido disculpas por colgar en un dia como hoy un mensaje tan deprimente. Es injustificable. Tampoco encuentro ninguna justificación para colgar esto.

Françoise Hardy. Voilâ. 1967

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Estas malas fotos son del nuevo teccho plegable en la Pista Central de Wimbledon. No pude acudir a su estreno hace unas semanas, así que me acerqué ayer, en el primer día del torneo.

La primera foto es del techo cerrado durante el torneo en el que se inauguró, el pasado mayo. La foto la he tomado prestada de la página web de la empresa fabricante, Street CraneXpress, de Sheffield, que está especializada en grúas industriales, aunque ha hecho otras; por ejemplo, para mover atrezo en la Royal Opera House.

Como ven, se trata de un techo de tela plástica, plegable y translúcida, que se extiende sostenida por diez bastidores deslizados sobre dos raíles en los tejados laterales.

Como había que construirlo en un solar tan comprimido como es el All England de Wimbledon, se descartó la construcción de un techo plano y extendible desde ambos lados. La consecuencia es que esta estructura pesa mil toneladas, mientras que el techo de Wembley, construído por la misma empresa, pesa trescientas.

Ahora, hace falta que llueva, Dicen que el árbitro decidirá cuándo se debe cubrir la pista, pero hay dos versiones. Una es que se cerrará al saber que viene lluvia, la otra dice que se hará cuando empiecen a caer gotas. La cobetura completa de la pista lleva ocho minutos y hay que esperar otros veinte para crear el microclima adecuado.

Hay un sistema de iluminación sofisticado- de pantalla de televisión de alta resolución, dicen- y también de absorción de la condensación.

No se ha divulgado el coste, pero posiblemente es rentable, porque ahora las televisiones podrán mostrar los partidos en esta pista pase lo que pase con el clima, siempre tan variable, de Londres.

La BBC dice que caerán chaparrones el viernes.

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Nos refugiamos en un polideportivo para jugar nuestros partidos invernales y la velocidad de la pista rápida y la acústica del lugar nos impedían intercambiar comentarios desde las líneas de fondo. Atravesamos la fase de estabilización de la crisis cruzando mudos pelotazos de órdago.

Luego, llegó la primavera y sentimos la erosión de la competitividad en el disfrute de las cosas. Quizás las fases de nuestra rivalidad son una metáfora de los supuestos beneficios de la competencia. Al principio, el juego era un pasatiempo de caballeros aparentemente desinteresados en la victoria; luego, un cruce de bolas más agresivo; y ahora hay una tensión creciente, aunque aún no hemos llegado al inevitable desenlace de discutir sobre si la bola realmente no entró como dice el otro o besó la línea.

Además, las pistas están concurridas desde que hace buen tiempo y jugábamos nuestros partidos hasta ahora entre una familia alemana que, con el afán sistemático típico, adiestra a sus niñas en el juego a primera hora de la mañana, unos serbios que parecen estilísticamente buenos aunque luego son fallones y otros visitantes esporádicos. No es el entorno adecuado para hablar en alta voz de los créditos derivativos. Podríamos parecer unos gilipollas.

Hemos decidido madrugar más para asegurarnos la cancha y ahora llegamos los primeros, lo que permite de nuevo la conversación ilustrada al menos mientras calentamos y aún no han llegado los otros.

Hace unos días les conté el argumento de Paul Krugman sobre la ineficacia de la política monetaria cuando los tipos de interés son cero. Los inversores y los bancos prefieren guardar el dinero con esos tipos. Eso se conoce como la trampa de la liquidez.

Le dije a J. que lo más divertido que había leído la semana pasada era la propuesta de economistas japoneses para que la economía de su país se base sólo en transacciones electrónicas. Así se podrían bajar los tipos a cifras negativas.

- ¡Qué idea más tonta!- dijo J., que ya saben ustedes que lo sabe todo-. También se podrían poner tipos negativos con dinero en metálico circulando. Te ponen un selllo en el billete con el nuevo valor.

Parece complicado. Lo de los japoneses prohibiendo el dinero en metálico incluso suena más sencillo.

Como esto de la deflación y la crisis se las trae, a algunos les ha dado por decir que lo que nos ocurre se debe a la pérdida del patrón oro y al establecimiento subsiguiente de dinero legal, en lugar del redimible en oro. Es la dificultad de algunos para aceptar conceptos que no se traducen simplemente en materia.

- A esa gente habría que explicarle de nuevo la Gran Depresión- sentenció J., que tiene ya un servicio de profesional, aunque no logra que sus golpes desde la línea de fondo sean tan precisos como su intelecto.

Y, cuando sorteábamos cancha o servicio, J. me hizo una confidencia:

- El concepto de dinero es a veces complicado- me dijo-. Por ejemplo, hay quien sostiene que el dinero que usa el Banco de Inglaterra al comprar bonos para inyectar liquidez en el sistema no es dinero realmente, que son meros asientos contables entre el Tesoro y el banco central.

Me dejó perturbado. ¿Los impuestos que se avecinan para equlibrar las cuentas públicas serán también un mero concepto contable? Pero habían llegado los alemanes y no podía quejarme. Mi juego fue tan impreciso quizás porque me corroía esa idea. Y J. pareció crecido con mi desconcierto.

Cuando terminamos el partido, llegaba P., el guarda cingalés del parque, con una sonrisa de felicidad. No le interesaba el tenis esta vez.

- ¿Vais a ver la final?

Yo sí pensaba verla. Y hablamos de Malinga, el boleador de Sri Lanka que ha causado sensación por saltarse la ortodoxia y lanzar la bola de costadillo.

J. estaba impaciente por marcharse a casa. Su espíritu es corintio y no le gusta el deporte profesional.

Los bateadores cingaleses fueron arrollados por los paquistanís, hasta que Sangakkara y Mathews lograron contener el ataque y sumar un número de carreras respetable. Pero el bate de Afridi fue luego más poderoso que la sutileza de Malinga y sus colegas. Pakistán ganó la final del 20/20.

Imagino que P. acabó el día infeliz.

A mí me parece que esta variedad de crícket no es civilizada. En el de cinco días, uno se va a tomar un té sabiendo que se ha perdido una hoja en un libro de quinientas páginas. No es necesariamente grave. Pero esta variedad no respeta ni el té de las cinco.

Acabé la tarde pensando en cómo prohibir el dinero en metálico, quizás también el electrónico y, desde luego, este tipo de crícket frenético.

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Presentamos ayer el libro en una sala de comité de la Cámara de los Comunes. Algunos diputados y lores, diplomáticos, gente de think-tanks, universitarios, la sala llena...y Lourdes Gómez, la excelente corresponsal en Londres de este periódico durante unos cuantos años, más tarde de El País, ahora de Público...

Al terminar el acto, comentaba con John Bew y Martyn Frampton, mis coautores, que algunas preguntas revelaron que un sector del público nos consideraba unos 'hard-liners', gente de la línea dura. No sólo la pretensión de pasar por gente dura por tres tipos que escriben libritos me parecería ridícula, cuando hay gente que se juega la vida en estas batallas. Es que además no es cierto.

Las preguntas que revelaban esa percepción se basaban, por gente que muy cordialmente advertía que aún no ha leído el libro, en sus deducciones sobre lo que dijeron John y Martyn en la introducción.

El primero explicó que, en el capítulo sobre Irlanda del Norte, dos tercios del tronco principal, se intenta mostrar algo que subrayamos en las conclusiones. Que muchos entre quienes quieren convertir el proceso de paz en Irlanda del Norte en un modelo a seguir para la resolución de guerras de tipo terrorista en otras partes del mundo no sólo caen en el error de las analogías, que nunca funcionan en la vida real, sino que ofrecen una versión mal fundada sobre lo ocurrido allí.

Esa gente, cuya buena intención nadie pone en duda, ha creado un paradigma del proceso de paz que dice que todas las iniciativas fracasaron hasta que los gobiernos decidieron entablar un diálogo sin condiciones e incluyente.

Lo que John y Martyn muestran en su investigación- muy trabajada- de lo ocurrido en Irlanda del Norte es que el diálogo final, además de iniciarse con condiciones, es una conclusión de una historia más larga y que hay que observar el conjunto para entender también las partes.

En ese sentido, no se puede entender la decisión de Sinn Fein-IRA de avanzar hacia una negociación, cuyo resultado es que no consiguen ninguno de los grandes objetivos programáticos del grupo, sin anotar el éxito de las fuerzas de seguridad británicas en mermar de modo posiblemente definitivo la capacidad del IRA de organizar campañas sostenidas.

No es, como verán, una narración prescriptiva, sino un intento de contar lo que mis coautores, insisto en que están muy bien documentados, creen que realmente ocurrió, y que yo comparto con mi conocimiento más limitado.. Como decía Feijoo, un buen entendimiento, justo, cabal, claro, y perspicaz es quien constituye un buen crítico. Y, esto lo digo yo, estará mejor equipado para extraer las lecciones útiles de lo ocurrido en Irlanda.

Martyn dedicó su introducción a ilustrar, con el ejemplo irlandés, que la idea de que hablar con grupos terroristas es siempre bueno no está nada clara a la luz del análisis sobre la coincidencia de grandes atentados y campañas con intentos gubernamentales de dialogar con el IRA. Cuyos dirigentes pudieron llegar a la conclusión de que, aunque Londres les decía que no aceptaba sus propuestas- la retirada inmediata de la provincia, por ejemplo-, el mero hecho de que el gobierno mantenía la puerta abierta del diálogo era una señal de que con un empujón más podrían doblegarlo.

En la breve historia de ETA y de los diálogos y procesos en España, ofrecemos una visión descriptiva de esta misma faceta. Y, en la presentación del libro, hace unos días, respondí a una pregunta sobre esta cuestión recordando los años en los que, en el camino hacia 1992, el gobierno de Felipe González se empeñó, tras el fracaso de Argel, en reabrir contactos y diálogos con ETA, que perpetró, en fechas significativas en relación con lo que estaba ocurriendo en la trastienda del diálogo, algunos de sus atentados más crueles y siniestros.

Y también podría citarse el ejemplo de la campaña- todos los adjetivos ya han sido usados, me ahorro el esfuerzo- que ETA lanzó coincidiendo con el fracaso del Pacto de Lizarra/Estella.

Pero, como dicen los buenos científicos, 'correlation is not causality'. Que se pueda mostrar en un gráfico una correlación entre fechas y bombas no significa que las primeras sean causa de las últimas. Lo que decimos es: ahí está la correlación. Para invitar a quien esté interesado a sumarse a nuestro 'quizás'.

Me gusta algo que John Bew ha repetido unas cuantas veces cuando le preguntan por Oriente Próximo e Irlanda del Norte. Dice, en mi opinión con muy buen sentido, que el éxito del proceso de paz echó sus raíces en la estabilidad y el compromiso de los dos estados democráticos que se enfrentaban al problema. Lo mismo podría decirse de ETA, España y Francia. Y que eso no tiene analogía posible, a día de hoy, en el entorno de Israel y Palestina.

Y anoto que, sea en inglés o en castellano, no consigo que la gente me siga cuando expongo un argumento que he defendido desde hace años. Que la misma debilidad de ETA hace más difícil un proceso de paz, entendido como una negociación. El IRA, gracias a la sagacidad política de Gerry Adams y Martin McGuinness, fue capaz de montar un gran teatro de la rendición militar porque antes de dejar las armas podía vivir de la ilusión de su relativa fuerza. Pero ¿qué logro, qué ceremonia, puede imaginar una organización a la que le detienen tres jefes militares en cinco meses, por hablar sólo del tiempo reciente?

Esa paradoja me parece obvia y por eso creo, no sólo que es inconcebible un proceso a la irlandesa en España, sino que el beneficio de ese proceso- que ETA se disuelva y por tanto nuestros amenazados puedan al fin vivir libres de la amenaza- requeriría en nuestro caso una imaginación más osada. ¿Conocen a alguien en la izquierda patriótica vasca cuya imaginación les inspire optimismo?

La sala del comité daba al Támesis. Yo estaba sentado en el lado izquierdo de la mesa y no veía los rostros de quienes estaban de espaldas al ventanal neogótico. Eran siluetas negras, gruesas o enjutas, voces también góticas que venían de algún eco, testas enhiestas o que cabeceaban, sin que pudiera discernir si alguien lloraba o reía.

Por una extraordinaria coincidencia, entré en la sala tras cruzar el pasillo, porque, exactamente al otro lado, puerta contra puerta, asistí durante una hora, en el Consejo Privado- es decir, los Lores Jueces convertidos en máxima instancia judicial de los territorios dependientes de la Commonwealth-, a los debates que se desarrollaban sobre un asunto fascinante.

El Gobierno de Gibraltar destituyó al Chief Justice, la máxima autoridad judicial de su territorio. El abojado del juez destituído presentaba en aquel momento unos argumentos finísimos sobre las diferencias entre qué significa mal comportamiento y qué incapacidad en el ejercicio de un juez.

No se pierdan las crónicas que dos buenos periodistas y hospitalarios llanitos, Dominique Searle y Brian Reyes, publican sobre el apasionante caso en el que dicen que es el diario más antiguo de la Península, el Gibraltar Chronicle.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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