Iñigo Gurruchaga
La vida en Londres
Anónimo me dejó perplejo con su comentario sobre las canciones navideñas. Apoyaba con justicia la nominación de Aitortxu y añadía que conozco bien a The Pogues y que he entrevistado varias veces a Shane MacGowan.
Lo cierto es que entrevisté hace mil años a Shane cuando trabajaba aquí como corresponsal de una revista desaparecida, El Globo.
Supe de su existencia porque mi amigo Michael me llevó a un concierto en Hammersmith. Recreaban la atmósfera punk con música tradicional irlandesa a mil revoluciones por minuto. Fue una juerga inolvidable.
Cuando entrevisté a MacGowan- caminamos sin rumbo por Notting Hill mientras él bebía vino blanco a media tarde- me desilusionó descubrir que no compartía el sentido de 'Thousands Are Sailing', la canción de Phil Chevron que yo tomé como himno de mi melancolía de entonces.
'La isla está ahora silenciosa/ pero los fantasmas aún persiguen a sus olas" son los versos iniciales. Pero los que despiden la canción golpeaban certeros en el alma: "Allí donde vamos/ seguimos celebrando la tierra que nos convierte en refugiados/ Por el miedo a curas y a platos vacíos/ Por la culpa y por las efigies lacrimosas/ Y bailamos".
A Shane no le gustaba la canción porque él, londinense hasta las cachas, simpatizaba con el romanticismo irlandés de la conspiración. Me decepcionó aquella política.
Posó para una foto que nunca publicamos, con su cartón de vino izado como un cáliz frente a un Cristo callejero. Llegamos a la oficina de su sello musical y nos montaron en un coche hacia su siguiente cita. Siempre tan profundo, le pregunté sobre su autodestrucción pública. Se volvió y me dijo:
- Do you mean crucifixion?
¿Hablaba yo de la crucifixión? No esperaba mi respuesta y añadió: "Toquemos madera". Pero no había madera en aquel coche y golpeó con su anillo el cristal de la ventanilla.
Un hombre joven avanzando hacia su demolición. Pero era un buen letrista, capaz de escribir 'Botella de humo', mi canción de 'The Pogues'.
La historia de un apostador que elige en un día de cielo azul un caballo que va 25 a 1 y que gana en un carrera turbia, entre el alboroto de señoritas y curas borrachos, de protestas e inquisiciones. Cuando el protagonista cobra finalmente su premio, da cinco pavos a su mujer y guarda el resto para otro día. La historia de alguien que apuesta lo último que tiene a algo que lleva el nombre del humo.
Coda. A un irlandés se le llama aquí 'paddy' con menosprecio. De 'Patrick', el santo patrón, al 'paddy' peyorativo. Los nacidos en Irlanda, entre los que abunda la gente con buen humor, también se mofan de los irlandeses 'oriundos', de los que, como MacGowan, nacieron en Inglaterra de familias irlandesas. Se suelen reír de ellos llamándoles 'plastic paddy', un paddy de plástico.
Una vez, cuando tardíamente me estaba haciendo un nombre y un hombre, pude entrar como socio en la mafia de las apuestas en Yakarta, pero me dio pereza.
Escribí a Míster Chu porque buscaba en un anuncio alguien que escribiese en inglés artículos de fútbol europeo. Yo de fútbol europeo sé más bien poquito y escribo en inglés con faltas, pero los churumbeles gritaban en la noche que tenían hambre y tiré palante.
Por aquel entonces también me llevaron a escribir cosas variadas a unos Juegos Olímpicos y para mi sorpresa Míster Chu me citó en el exterior del centro de prensa de los Juegos, porque él también iba.
Cuando salí, vi al Míster con dos gorilitas indonesios cubriéndole las espaldas y le tendí la mano. Pero él se acercó con más brío e intentó meterme un fajo de dólares en el bolsillo. Retrocedí y le dije que nunca cobro por adelantado.
En realidad, estaba aplicando la lección que aprendí de Kim Philby, que, en su memoria de espía, escribía que no hay cosa que más fastidie a los jefes de espionaje que un tipo que no cobra. Porque ya saben que va a hacer lo que le da la gana.
Total, que Míster Chu se quedó tan cortado como prendado de mi sin par simpatía. Quería información sobre equipos de fútbol, porque en las casas de apuestas de Yakarta se juega un pastón en partidos de todos los países y competiciones. Quedamos citados un par de días después.
Mi especialidad en el periodismo es el refrito, el cortar y pegar, así que le llevé unos dossiers del equipo que le interesaba sin nada original. Míster Chu me preguntó si un jugador estaba lesionado y si conocía al árbitro. Los pipiolos que le acompañaban me miraban quizás con desprecio, quizás con conmiseración. Tenían claro que el jefe estaba perdiendo el tiempo con un inútil.
Pero Chu me llamó en vísperas de la final. Amasé papeles y fui a la cita. Me dijo que no le interesaba la final, que yo le traía tácticamente muy bien razonada, sino la que se disputaba por el tercer y cuarto puesto. Me preguntó si conocía a un jugador de uno de los equipos. Yo no había oído su nombre en mi vida. Me fui a la oficina sabiendo que había perdido otra oportunidad de convertirme en un hombre de provecho.
Antes de marcharme de aquella ciudad, eché un vistazo a lo que había pasado en la final del tercero y del cuarto y vi que el jugador por el que se había interesando mi amigo, y casi socio, tiró fuera un penalti.
Investigar si aquel partido fue comprado por la mafia de las apuestas en Yakarta hubiese sido un trabajo interesante, pero a ver quién convence a su jefe en provincias de que le de mucho dinero en adelanto, porque tiene una tenue pista para investigar si un tipo con nombre impronunciable tiró un penalti en un partido entre dos equipos de naciones en dos continentes remotos con un patadón deshonesto.
Míster Chu me llamó a casa tras los Juegos y le dije que su negocio me daba pereza, porque no tengo talento para tratar con centrocampistas o árbitros corruptos. Me dijo que siempre le entretenía hablar conmigo y que me enviaría un regalo.
Al cabo del tiempo, recibí por correo dos estupendas camisas con floridos estampados y una nota de Míster Chu que me daba las gracias y me decía que las tratase bien, que eran camisas de gala en su país. Aún las conservo.
Cuando las casas de apuestas en Yakarta, por ejemplo, andan metidas en la compraventa de partidos de fútbol, es difícil investigar de manera fiable cómo se compran y venden competiciones deportivas en cualquier lugar del mundo globalizado.
Digo esto porque el otro día vi un partido de tenis en Wimbledon con la sospecha de que uno de los jugadores lo tiró voluntariamente. Fue una trama que, si es verdadera, tenía sofisticación, por la manera enrevesada en la que el tenista mostró su poder, lo frenó y finalmente lo regaló.
Terminó la cosa muy apretada, con un último juego en el que mi sospechoso hizo dos dobles faltas: la última, en el último punto, con un segundo servicio tan fuerte como el primero, y ambos fuera.
No creo que nadie pueda probarlo. Y, si un día lo investigan y lo juzgan, yo en su caso contrataría a un abogado que plantease al tribunal, para empezar, qué ley obliga a un tenista a ganar su partido.
Sobre este blog
Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".
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