Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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El cielo es quizás, como dice la canción que cuelgo abajo, un mar sucio. Así luce a menudo en Belfast, donde la pasada semana se podía pasear en las mañanas por la ribera del río Lagan y en las tardes se oía el impacto persistente de un diluvio sucio en las ventanas del tribunal.

No suelo reservar el mismo hotel en el que antes me hospedé en ninguna ciudad. Me parece que los viajes incitan al azar, a caer en cualquier lugar y entretenerse en cómo se ve el mundo desde allí. Pero, en Belfast, en donde estuve muchos días en aquellos años, elegí un lugar. Es la frecuencia- en la biografía, la edad- la que transforma la curiosidad en orgullo.

Los periodistas de mi tiempo iban al Europa, porque era, junto al Commodore de Beirut, un lugar en el que de vez en cuando explotaban bombas y hay un tipo de periodista al que le atrae más conocer qué formas adoptará su alma ante el descalabro y el miedo que entender y contar parcelas de lo que ocurre ahí fuera.

En el exterior del Europa había una cabina en la que te sometían a un control de seguridad y algunas habitaciones tenían ventanas de ocume. Dormías bajo el runrún de los helicópteros que sobrevolaban perpetuamente la ciudad y despertabas en la mañana con el cuerpo dispuesto para el andar vigoroso y el destajo.

Pero algún día decidí cambiar de hotel. Y me hospedé regularmente en el Renshaw's, porque el Europa pretendía ser lujoso y estaba en el centro de la ciudad, en Great Victoria Street, y me pareció que la vida transcurría allí en una burbuja poblada por VIPS y plumillas con ambiciones de guerra. Mi nuevo hotel estaba en University Street, en el sur, el distrito con más mezcla étnica en la región.

Era frecuentado por estudiantes de la universidad de Queen's. Las recepcionistas me conocían y me daban la 102, que era una suite vieja pero estupenda, con un gran ventanal. Pero el hotel montó una discoteca para aumentar la caja y la música retumbaba hasta la madrugada.

Dejé de ir después de que un día, a las tres de la mañana, me despertase el follón que había en la calle. Algo había ocurrido al cierre de la discoteca y los estudiantes, cuya presencia sentía hasta entonces como grata humanidad cotidiana, se peleaban con la policía bajo mi suite de mercachifle. Gritaban 'up the ra', viva el IRA.

Reservé esta vez una habitación, 49 libras la noche, ¡mercachifles al poder!, en un nuevo hotel que no conocía de una gran cadena en University Street y al llegar descubrí que lo han levantado sobre el viejo Renshaw's. Pedí a la recepcionista el número de mi habitación de siempre y me dio la 402. Que estaba muy bien, aunque no era lo mismo.

Iba a desayunar a un café popular, nuevo, al final de la calle, donde obreros de la construcción comían salchichas con las botas puestas y jóvenes estudiantes ingerían proteínas de oferta mientras leían la prensa gratuita local, donde a la hora de desayunar no tenían pan y donde el cocinero diseca omelettes con todo su afecto.



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De alllí, por Ormeau Road, donde vi barbaridades sin cuento, me iba hacia el río y por el paseo de la ribera hacia el encuentro con el caso De Juana, a quien su abogado llama 'Huana' y el fiscal con su segundo apellido, que pronuncia 'caos'.

De los buenos momentos que pasé estos días en una ciudad que asocio a la amargura, elijo una conversación con dos colegas avanzada ya la noche, cuando salíamos de uno de los pubs, el Duke of York, que ahora han recuperado las veladas en torno a la música tradicional irlandesa, contra la que los más listos de mi generación se rebelaron y que los más listos de las generaciones de ahora cultivan, en el eterno ciclo del sí y del no en el que inapelablemente vivimos.

Cuando estallaron en 1969 los 'troubles', cuando Irlanda del Norte sufrió lo que un interlocutor de estos días, un líder de lo que ahora llamamos 'republicanos disidentes', definió en nuestra charla como una erupción, Gerry Adams era camarero del Duke of York.

Con un amigo ilustre, en el curso de una buena cena, estuvimos de acuerdo en que, entre los deseos y frustraciones variadas que agitan la vida de cualquiera, el 'eros' de Adams- cuyo 'tánatos' conocemos detalladamente- era entonces y lo es hoy aunque ya en quiebra, el de ser, el de haber sido, un hombre de letras .

Les contaré estos días algunos detalles del caso De Juana, aquella conversación nocturna y mis divagaciones sobre este asunto.

Ruper Ordorika. Martin Larralde.

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El juez que ve en primera instancia el caso sobre la demanda de la Audiencia Nacional para que extradite a Iñaki de Juana se llama Tom Burgess. Ha comenzado la vista en la que iba a leer su decisión de que aquello de lo que De Juana es acusado en Madrid también podría ser delito en Belfast o en Londres advirtiendo que, para facilitar su comprensión por la prensa, tan canallesca como lela, había ordenado la impresión de su decisión en tres formatos.

Uno para la sentencia en sí, con referencias a la jurisprudencia, que repartiría sólo entre los abogados. En el segundo formato, para la prensa, se condensaría lo fundamental, pero sin jurisprudencias ni gaitas que pudiesen confundir nuestro cerebro, tan presuntamente dañado por la dispersión intelectual como por todo tipo de excesos hedonistas. Y había oportunidad de gozar con un tercer formato, para periodistas en estado intelectual de lactancia, en el que se resumía todo con unos puntos y frases cortas.

Y explicó que se había tomado todo ese trabajo para que los escribas pudiésemos esta vez informar sobre su decisión con exactitud. Totus tuus, mate.

Pero, cuando leyó la sentencia, dos veces dijo que tenía razón en sus argumentos la República de España. Y, luego, cuando hablaba con los abogados sobre cómo y cuándo llegó De Juana a Irlanda- voló desde Biarritz a Dublín-, explicó que venía de España, porque, y dijo esto mirando a la galería de los esclavos escribas, "Biarritz está en España". Al divisar varias cabezas diciéndole que no, que no, camarada, Burgess se puso colorado y aceptó las fronteras existentes, que no todo el mundo acepta y no es poca cosa.

En el receso, a éste su corresponsal y seguro servidor le entró ansia reivindicativa y se fue a los abogados- Ritchie, que actúa en nombre de España, y Fitzgerald, en nombre de De Juana- para señalarles con pedantería digna de mejor causa que la sentencia calificaba por dos veces al glorioso Reino como indigna República. Y que, si de exactitud se trata, no sólo la prensa patina.

Ni Ritchie ni Fitzgerald, que rieron con ganas, habían detectado la perla pero ambos, por separado, se esforzaron en convencerme de que ellos sí sabían que Biarritz c'est la France, mon petit. Fitzgerald con el convincente argumento de que él sabía que el de Biarritz es uno de los mejores equipos de rugby de Francia. Ritchie creyendo recordar que alguna vez estuvo allí.

Cuando, tras el receso, se acababa la segunda parte de la vista, el juez Burgess preguntó a los señores de la peluca si tenían algo que añadir y ambos se pusieron en pie con inusual ímpetu. Sorprendido en particular por el brío de Ritchie- de natural reservado-, Burgess le dio la palabra y el abogado le explicó que, para que conste en el registro histórico del caso, él representa el Reino de España, que no es república como dice la sentencia.

Burgess se azoró de nuevo. Fitzgerald ya no quería decir nada, porque se había levantado también para ir de listo, y esta vez, cosa también inusual, gratis. Antes de partir, el juez, ya incapaz de reprochar a nadie falta de exactitud, dijo que había suspendido a lo largo de la vista en Geografía y en Historia. Y que hasta la próxima.

En definitiva, que otra victoria rotunda y esta vez posiblemente con ribetes patrióticos, aunque, como me ocurre a menudo, haya pasado desapercibida. Pero vamos bien, vamos bien. Creo.

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Hace muchos años conocí a dos médicos francesas en Belfast. Quedé un día a cenar con una de ellas, I., en el viejo hotel Europa, donde entrabas a través de una valla de seguridad y eras registrado en el exterior. Era el hotel más bombardeado del mundo. La leyenda del Commodore, en Beirut; del Europa, en Belfast. I. dijo que invitaría a una amiga que podía darme buena información.

Llegó C. al restaurante y la atmósfera cambió. El maitre y los camareros nos miraban con algo parecido al temor. C. se marchó muy pronto. Luego comprendí que los camareros, chicos católicos de Belfast Oeste, habían identificado a C. como amiga de algunos republicanos del IRA, del nivel jerárquico que los vecinos solían describir en aquellos tiempos, con el humor habitual, como Top Gun.

Vi a C. varias veces a lo largo de aquellos años. Era infaliblemente agradable. Bella, luminosa, explicaba con dedicación la experiencia de la gente de su barrio, un bastión del IRA, donde hay unos brutos de película y alguna de la mejor gente que he conocido. Siempre bajo el cielo bajo y opresivo de una política demencial.

Un día fuimos en grupo a un pub. En la charla yo dije que la historia más importante, o más interesante, que me ha tocado en la vida profesional como periodista es la de Lady Di. C. me lo reprochó con una furia que no le conocía. Yo trabajaba como tantos otros periodistas, según ella, para un periódico cuyas ideas no compartía, me había en suma vendido y esa frustración me hacía un cínico. Nos despedimos en gaélico, slan leat, friamente.

Gente de Belfast me hablaba alguna vez de ella, de los lugares en los que estaba, pero no volví a verla durante más de diez años, hasta el otro día.

Nunca pude explicarle que las relaciones entre poder y sentimientos me siguen pareciendo un asunto central del mundo, y que la extraña historia de Lady Di versa sobre ese asunto de una manera más universal y más honda que las repugnantes guerritas de las que escribimos -al menos, yo lo hago- por algo parecido al deber más que por afición

Estaba yo ese día siguiendo el rastro de un viejo compañero de estudios en San Sebastián, Iñaki de Juana. Esperando encontrarle para proponerle- ambos ahora en Belfast, ¿quién nos lo iba a decir hace casi cuarente años?- hablar sobre cómo su senda por el poder y los sentimientos, tan diferente a la mía, le llevó al lugar en el que hoy está.

Tras llamar a la puerta de la casa en la que vive y no conseguir hablar con él, fui a almorzar a un lugar que frecuenta y vi a C. en una mesa vecina con un grupo familiar. Ella logró descifrar el disfraz que había elegido para mi delicada misión, el de hombre muy envejecido, y me reconoció. Pensé que íbamos a saludarnos, aunque las circunstancias no nos lo ponían fácil. Pero no ocurrió.

Habló en voz baja con un hombre de su grupo y se marchó a llamar con el teléfono móvil. Pensé que llamaba a la casa de De Juana para advertir de mi presencia en el restaurante. Y pensé también que le dijeron que yo había estado antes llamando a la puerta de su casa, porque C. regresó a la mesa aparentemente más tensa y pareció hablar con más urgencia con quienes la acompañaban.

La pasta estaba muy rica, aunque con exceso quizás de ajo, cosa bien rara en Belfast. Go raibh mile maith agaibh. Mila esker. Muchas gracias.

Me marché; C. seguía hablando con urgencia a los otros. Al cabo de un rato, caí en la cuenta de que había olvidado mi botellita de agua mineral. Dudé si regresar, pero me entró un síndrome de periodista realmente cínico, de hack de periódico sensacionalista y me apeteció volver. Quizás C. y los suyos pensarían en su paranoia que yo había dejado voluntariamente la botellita en la mesa para así poder regresar y tener una segunda oportunidad de sorprenderles... ¿haciendo qué? Regresé.

¿Estaba Top Gun en el restaurante cuando yo entré por primera vez? No le vi. ¿Le había llamado C. para resolver el problema con el intruso, es decir, el menda, tan cínico abanderado del potencial revolucionario de Lady Di? Si a algo somos propensos algunos periodistas, más que al cinismo, es a la especulación. Y a mí me resulta desde luego más entretenido para esta historia especular que C., alarmada, llamó a Top Gun.

Que me saludó- nos conocemos, más yo a él que él a mí, desde hace años- y charlamos. ¿Estás siguiendo esa historia?, me preguntó. Le dije que sí, que Iñaki De Juana y yo fuimos al mismo colegio, que compartimos aula. Top Gun me contó que había oído un rumor; luego comprobé que era una trola.

Fui a por mi botella de agua. Cuando me marchaba de nuevo, C. ya hablaba con Top Gun, la misma intensidad de entonces, la misma belleza clara, luminosa, limpia.


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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Lourdes Gómez, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Soy coautor de 'Tormenta del Desierto'(1991), sobre la primera guerra en el Golfo, donde trabajé como corresponsal en Bahrain y Arabia Saudí, y, con John Bew y Martyn Frampton, de 'Talking to Terrosists' (2009), que fue incluido en la lista del Global Thinkers Book Club por la revista Foreign Policy en diciembre de ese año. Soy autor de 'El Modelo Irlandés' (1998), reportaje sobre el proceso de paz hasta la firma del Acuerdo de Viernes Santo, y de 'Scunthorpe hasta la Muerte' (2010), basado en el el itinerario de Alex Calvo-García en el fútbol inglés.

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