Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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24 Mar 2010

Patadita a un bobo

En la pelea entre obreros de diferente bando, de diferente color, en la factoría en la que trabaja Themroc, hay una escena que ilustra una faceta esencial de la experiencia humana.

El grupo de currantes golpea a un rival. El gran Coluche, que encarna en la película su papel preferido, el de pobrehombre, se desgaja del grupo que ya se marcha del vestuario y se da el gusto de dar un manotazo, él también, al rival abatido.

Voy a hacer lo mismo.

Se habrán enterado algunos de ustedes de la casi gloriosa despedida de la política de tres ex ministros de Blair: Stephen Byers, Patricia Hewitt y Geoff Hoon. Los tres han sido pillados ofreciendo sus servicios a empresas para influir en el Gobierno, alardeando de su influencia, exagerándola y en el caso de Byers comparando su tarea con la de un taxista que baja su bandera ante el primer cliente que monta y paga. En su caso, 5.000 libras.

Byers o Hewitt fueron dos ministros aburridos, grises, malos y, además,... 'modernizadores'. Pero ahora que está caído y no puede quizás defenderse yo quería darle una patadita a Geoff Hoon, en la izquierda de la foto, con Moratinos y Caruana.


Marcelo del Pozo. Reuters.

Que Hoon es bobo es cosa ya comentada en amplios círculos, pero puedo aportar alguna prueba adicional.

En vísperas del ataque occidental sobre Afganistán, le pregunté, en un encuentro con la prensa británica y extranjera en el Ministerio de Defensa, qué dificultades planteaba para el sostenimiento del ataque el hecho de que ninguno de los países limítrofes participase activamente en la coalición.

- Jeh- respondió él con su particular gracejo-, ¿cómo que no hay países limítrofes en la coalición? Pregúntale a la periodista turca junto a la que estás sentado.

La periodista junto a la que estaba sentado no era turca. Era una colega y amiga de muchos años, judía americana y corresponsal para un medio alemán. Turquía no tiene frontera con Afganistán.

Hoon es el ministro de las mentiras de la guerra en Irak y de las lealtades al más poderoso. Y el que se rebela cuando le quitan el cargo.


Adrian Dennis. AFP

Lo que sorprende del episodio de tráfico de influencias de estos tres es su ambición cutre de dinero, a cinco mil por gestión.

El oficio de político es interesante intelectualmente. Un diputado británico puede ganarse la vida bien, estudiar y conocer asuntos que estimulan la mente, participar en la elaboración de leyes, estar en contacto con la gente que representa. No me parece una mala vida, aunque trabajan muchas horas y tienen que aguantar a los pelmazos que todos padecemos en nuestros empleos.

¿Qué necesidad apremiante de dinero tienen estos tres para meterse en el tráfico de influencias y asesoramiento de empresas, que parece más aburrido y desagradable? Roy Hattersley, apartado de la primera fila por el New Labour, escribía hoy sobre esto con sentido.

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La política británica ha comenzado el año con un rasgo dominante que ya marcó el anterior: un descrédito creciente de los políticos por su corrupción.

No creo que hay ahora más corrupción que en el pasado. Aunque hay factores nuevos que contribuyen a ella- el aumento del gasto en campañas electorales, la vulgarización y pérdida de prestigio del poder político o la expansión de un sector, el de la construcción, tan dependiente de las administraciones para la obtención de licencias-, creo que se conocen más casos de corrupción porque el sistema es más transparente.

El caso de España es clamoroso en ese sentido. En el régimen de Franco gobernantes, empresarios o sindicalistas adictos amasaron fortunas aprovechando su posición, pero sin una justicia o una prensa más o menos independientes, sin una oposición fiscalizadora, su corrupción fue impune.

Aquí la clase política ha sufrido en 2009 el descrédito de la divulgación de los gastos que los parlamentarios cargan al contribuyente. Lo que ha cambiado es la obligación reciente de registro meticuloso y su publicación. Las soluciones propuestas para paliar el descrédito van lógicamente por el camino de ampliar la transparencia, el poder de fiscalización de los electores sobre las actividades de los elegidos.

En Irlanda del Norte se han desvelado en las últimas semanas dos casos que tendrán consecuencias. Quizás hayan leído en el periódico las crónicas sobre el romance de Iris Robinson, esposa del ministro principal, con un joven que tenía 19 años- ella, 59- cuando lo comenzaron.

El ánimo racionalista de la justicia obliga a que distingamos siempre entre la inviolabilidad de la vida privada y las cuestiones relacionadas con la administración de las cosas públicas.

Creo que el ministro principal de la autonomía, Peter Robinson, tendrá que dimitir en los próximos días por el argumento formal: no va a ser capaz de limpiar su nombre sobre el aspecto 'público' de esta historia, qué hizo cuando supo que su mujer pidió unos 55.000 euros a dos constructores, que entregó a su amante para crear una cafetería. Cuya licencia fue concedida además por el ayuntamiento en el que élla es concejal.

La distinción entre lo privado y lo político tiene muchos matices. Los impone el público, que lee por ejemplo con más avidez las noticias que dan detalles del romance sexual y de lo que ocurrió en la familia Robinson que las que indagan en el tango administrativo de unos cuantos euros.

Esa avidez responde a un interés morboso que puede no ser legítimo, pero también refleja algo que no es desdeñable. Cuando alguien, como Iris Robinson, propone públicamente una versión estricta de la Biblia y al mismo tiempo la incumple en su vida privada de modo tan flagrante, el cuento moral tiene inevitablemente consecuencias 'políticas'.

Creo que es legítimo publicar las informaciones escabrosas que desvelan la falsedad profunda de quien se postula como líder de la sociedad, como persona capaz de elaborar un discurso público que quiere influir en nuestras conductas.

Pero me parece aún peor lo que persigue a Gerry Adams. Su sobrina le explicó que su padre, hermano del político, la sometió a múltiples y graves abusos sexuales desde que tenía cuatro años. Gerry Adams ha dicho que creyó a su sobrina, que aún la cree y que por eso apartó a su hermano del Sinn Fein cuando intentó desempeñar un papel dirigente en la organización del partido.

Pero eso es mentira. Esta foto que publicó el dominical irlandés 'Sunday Tribune' demuestra que Gerry Adams mintió, que su hermano- que también se empleó en centros de asistencia a niños y jóvenes en el vecindario donde vive la familia Adams, en la Iglesia a la que acude regularmente Gerry- fue amparado por el líder del republicanismo irlandés años después de conocer lo que hizo.

Su partido, en sus publicaciones, acusa a los 'periodistas predecibles' de iniciar una caza de brujas contra Gerry Adams. Es sin embargo más cierto que el periodismo irlandés está siendo mucho más cuidadoso en el 'caso Adams' que lo que sería ante cualquier otro dirigente político y social que fuese descubierto en semejante irresponsabilidad e impostura. Se habría forzado su dimisión hace ya días.

Lo que ocurre ahora en Irlanda del Norte es posiblemente una consecuencia del fin relativo de la violencia. Las soflamas patrióticas y heroicas, los disparos y el miedo, sirven siempre para ocultar cuestiones relevantes.

Por último, estos episodios son aireados en la prensa, ese poder que contribuye a la transparencia, que se arroga la valiosa ética de fiscalizar las actividades de otros poderes. Lo hace, por el momento, con la relativa impunidad que ha logrado para su propio poder, que no está sometido a las mismas demandas de transparencia.

Es una situación que no puede durar, pero tampoco en la prensa hay liderazgo para limpiar nuestra casa, para articular reglas creíbles de nuestra transparencia. Quien lo hiciese posiblemente ganaría lectores y con ellos más poder para ejercer su negocio y sus funciones.

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Una vez, cuando tardíamente me estaba haciendo un nombre y un hombre, pude entrar como socio en la mafia de las apuestas en Yakarta, pero me dio pereza.

Escribí a Míster Chu porque buscaba en un anuncio alguien que escribiese en inglés artículos de fútbol europeo. Yo de fútbol europeo sé más bien poquito y escribo en inglés con faltas, pero los churumbeles gritaban en la noche que tenían hambre y tiré palante.

Por aquel entonces también me llevaron a escribir cosas variadas a unos Juegos Olímpicos y para mi sorpresa Míster Chu me citó en el exterior del centro de prensa de los Juegos, porque él también iba.

Cuando salí, vi al Míster con dos gorilitas indonesios cubriéndole las espaldas y le tendí la mano. Pero él se acercó con más brío e intentó meterme un fajo de dólares en el bolsillo. Retrocedí y le dije que nunca cobro por adelantado.

En realidad, estaba aplicando la lección que aprendí de Kim Philby, que, en su memoria de espía, escribía que no hay cosa que más fastidie a los jefes de espionaje que un tipo que no cobra. Porque ya saben que va a hacer lo que le da la gana.

Total, que Míster Chu se quedó tan cortado como prendado de mi sin par simpatía. Quería información sobre equipos de fútbol, porque en las casas de apuestas de Yakarta se juega un pastón en partidos de todos los países y competiciones. Quedamos citados un par de días después.

Mi especialidad en el periodismo es el refrito, el cortar y pegar, así que le llevé unos dossiers del equipo que le interesaba sin nada original. Míster Chu me preguntó si un jugador estaba lesionado y si conocía al árbitro. Los pipiolos que le acompañaban me miraban quizás con desprecio, quizás con conmiseración. Tenían claro que el jefe estaba perdiendo el tiempo con un inútil.

Pero Chu me llamó en vísperas de la final. Amasé papeles y fui a la cita. Me dijo que no le interesaba la final, que yo le traía tácticamente muy bien razonada, sino la que se disputaba por el tercer y cuarto puesto. Me preguntó si conocía a un jugador de uno de los equipos. Yo no había oído su nombre en mi vida. Me fui a la oficina sabiendo que había perdido otra oportunidad de convertirme en un hombre de provecho.

Antes de marcharme de aquella ciudad, eché un vistazo a lo que había pasado en la final del tercero y del cuarto y vi que el jugador por el que se había interesando mi amigo, y casi socio, tiró fuera un penalti.

Investigar si aquel partido fue comprado por la mafia de las apuestas en Yakarta hubiese sido un trabajo interesante, pero a ver quién convence a su jefe en provincias de que le de mucho dinero en adelanto, porque tiene una tenue pista para investigar si un tipo con nombre impronunciable tiró un penalti en un partido entre dos equipos de naciones en dos continentes remotos con un patadón deshonesto.

Míster Chu me llamó a casa tras los Juegos y le dije que su negocio me daba pereza, porque no tengo talento para tratar con centrocampistas o árbitros corruptos. Me dijo que siempre le entretenía hablar conmigo y que me enviaría un regalo.

Al cabo del tiempo, recibí por correo dos estupendas camisas con floridos estampados y una nota de Míster Chu que me daba las gracias y me decía que las tratase bien, que eran camisas de gala en su país. Aún las conservo.

Cuando las casas de apuestas en Yakarta, por ejemplo, andan metidas en la compraventa de partidos de fútbol, es difícil investigar de manera fiable cómo se compran y venden competiciones deportivas en cualquier lugar del mundo globalizado.

Digo esto porque el otro día vi un partido de tenis en Wimbledon con la sospecha de que uno de los jugadores lo tiró voluntariamente. Fue una trama que, si es verdadera, tenía sofisticación, por la manera enrevesada en la que el tenista mostró su poder, lo frenó y finalmente lo regaló.

Terminó la cosa muy apretada, con un último juego en el que mi sospechoso hizo dos dobles faltas: la última, en el último punto, con un segundo servicio tan fuerte como el primero, y ambos fuera.

No creo que nadie pueda probarlo. Y, si un día lo investigan y lo juzgan, yo en su caso contrataría a un abogado que plantease al tribunal, para empezar, qué ley obliga a un tenista a ganar su partido.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Lourdes Gómez, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Soy coautor de 'Tormenta del Desierto'(1991), sobre la primera guerra en el Golfo, donde trabajé como corresponsal en Bahrain y Arabia Saudí, y, con John Bew y Martyn Frampton, de 'Talking to Terrosists' (2009), que fue incluido en la lista del Global Thinkers Book Club por la revista Foreign Policy en diciembre de ese año. Soy autor de 'El Modelo Irlandés' (1998), reportaje sobre el proceso de paz hasta la firma del Acuerdo de Viernes Santo, y de 'Scunthorpe hasta la Muerte' (2010), basado en el el itinerario de Alex Calvo-García en el fútbol inglés.

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