Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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Decía Toni Nadal el sábado que cuando llegó con su sobrino por primera vez a Wimbledon a competir en el torneo junior iba ilusionado, pero un colega del tenis- no anoté su nombre y no lo recuerdo ahora- le dijo que era el torneo que menos le gustaba.

Wimbledon era el que más gustaba a Toni Nadal y cuando llegó al All England Lawn Tennis and Croquet Club quedó maravillado por el verde de la hierba, de las pistas de hierba, que no había visto nunca. Pero empezó a llover y pasó buena parte de la semana encerrado a la espera de que se pudiese jugar. Entendió entonces por qué la gente odiaba el torneo de Wimbledon.

Cuando no llueve, como este año, la hierba se deteriora más en el fondo de la pista. Quizás algún jardinero entre los millones de jardineros que se suben a este globo podría explicarnos la bioquímica y biofísica de la cosa.

Los organizadores cubren las pistas con lona cada noche, a pesar de que los pronósticos no digan que lloverá. Imagino que lo hacen para retener la humedad. Pero, más especulación, es posible que con menos humedad que la natural la tracción de las suelas de las zapatillas deportivas arranque más hierba porque este año, tan seco, las pistan estaban muy peladas. ¿Disparatada hipótesis?

A medida que pasan los días hay por tanto un sentimiento de decadencia, de que las pistas pierden su inmaculado verdor.

También está la cuestión de las normas. Los ingleses critican a los alemanes por su rigidez pero son grandes inventores de normas, que toman con seriedad y cumplen con escrúpulo. Desde la etiqueta de las vestimentas adecuadas para cada ocasión hasta la planificación de pasos ceremoniales de tal modo que cada acto sea lo más parecido al que se dio el año pasado y el anterior y el anterior, los ingleses son grandes creadores de ritos.

La convivencia entre ingleses puede producir claustrofobia a quien le cohíban esas cosas. Los Nadal, que son gente muy lista, no se han sentido oprimidos por esas exigencias, las han conocido, las han aceptado y sobre ellas han desplegado su estilo. El inglés es en su interior un suizo con vocación bélica. Por eso, Federer se ha sentido aquí como en su casa.

La razón por la que el público británico adora a Rafael Nadal es que estos extranjeros han entendido bien lo que se les exige y también que no se les exigía comportarse como si fuesen lugareños de toda la vida. Son lo exótico- el sexo aquí es importante- felizmente integrado.

Lo tienen más fácil que los inmigrantes porque pasan quince días y ya está, pero creo que es una de las claves para entender por qué Nadal ha sido el español que con más nitidez- no olvidemos a Manuel Santana- ha domado el miedo escénico que da la pista central y todo lo que la acompaña.

He visto a gente que ha llegado aquí, a trabajar un tiempo, en los negocios, en la diplomacia o el periodismo, con tal complejo para integrarse que pretende ser más British que los British en el idioma o el estilo y logran o bien convertirse en el hazmerreír, siempre discreto, de los lugareños o entablar camaradería sólo con los más atontados y cursis de la población local.

Y cuando uno llega sentando doctrina y con ganas de cambiarlo todo ha de resignarse a vivir entre quien piensa igual, porque los demás le percibirán, discretamente, off course, como un necio o un fanático.

Macy Gray. I Try.

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27 Jun 2010

Capello out, out, out

Emilio Morenatti / AP

El equipo que compite en Olimpo en nombre de la nación es su comunidad ideal. El compañerismo de los jugadores, su colaboración constante y esforzada, median la ilusión perpetua de una cooperación entusiasta entre todos nosotros.

En el exterior de la Iglesia de mi barrio, en las mañanas del domingo, los padres dejan mientras están en el oficio los prodigiosos coches de niño de la era de la gran estabilidad sobre losas que enterraron a notables cadáveres del XVII, junto a árboles centenarios.

La sociedad del fútbol no alcanza nunca la confianza mutua que se da entre buenos cristianos, pero busca una parecida armonía, la posibilidad recurrente como una misa de al fin abrazarse, de vivir la experiencia del júbilo, quiere al fin alzar la copa para beber del cáliz. En el caso de la Inglaterra del fútbol, doscientos o trescientos cálices y de un trago además.

Lo que ha ocurrido hoy, la expresión tan pública de una arcaica Inglaterra en una arena de juegos en tierras de boers frente a una Alemania moderna, la quiebra continua en la cooperación, el incesante exceso de celo de jugadores ingleses individualistas y enajenados, sus tropiezos, su falta de alegría y de desenfado, su rigidez e inhibiciones, se deberán también a pequeñas cuestiones del azar o de la táctica, pero sobre todo a la incapacidad de un grupo humano de compenetrarse.

La Copa del Mundo obliga a los profesionales del fútbol, a sus entrenadores y federativos, a vivir juntos un tiempo prolongado en un mismo lugar. Han decidido si conviven o no conviven con sus amantes, si beben cerveza, la hora de la cena, de la charla y del masaje, a qué juegos de cartas juegan, quién contra quién, durante horas y horas, en la extraña vida televisada, tan intensa y tan ociosa, de los futbolistas.

Ha fracasado el afán ejemplatrizante de estos gladiadores ingleses, algunos de ellos pichis de nota, guiados por un italiano tiránico y engreído. La derrota de otras Inglaterras del pasado me ha dado más pena que la de ésta.

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Recorría un itinerario de la ciudad para escribir un artículo imposible sobre el Londres de Dickens. Es imposible porque Dickens y su obra se extienden por toda la ciudad.

Y me metí una vez más en la iglesia de Saint Batholomew the Great. Quizás la hayan visto en una película que tuvo éxito, 'Cuatro bodas y un funeral'. Es una de las iglesias más antiguas de Londres y no sé si hay otra tan bella.

Al entrar, una mujer, también muy bella, se me ofreció como guía. Me preguntó de dónde era. Y se disculpó porque no hablaba español. Le dije que estaba sorprendido al sentir el aroma del incienso.

Me explicó que la de San Bartolomé, del siglo XII, es una iglesia de la 'High Church', de la alta iglesia. La reforma del XVII estuvo marcada en Inglaterra por la división entre los que se sentían cómodos con la separación de Roma y la jefatura suprema del monarca y quienes, en sintonía doctrinal con Lutero y Calvino, formaron las variedades de lo que se conoce como la 'Low Church', la baja iglesia.

Rechazaban éstos la mediación de jerarquías para construir la fe y la conducta como relación directa entre el individuo y Dios. La única mediación posible era la interpretación del libro, de la palabra; es decir, la Biblia y la prédica.

Ese debate da forma al Estado británico moderno. Y muchos creen, siguiendo esa lógica, que la influencia de la baja iglesia es el fomento de la democracia bajo la corona.

La alta iglesia, anglicana- es decir, protestante pero iglesia establecida-, se conoce también como anglocatólica. La de San Bartolomé es una iglesia católica, en el sentido de viejo catolicismo, de iglesia universal, pero es doctrinariamente protestante y mantiene elementos del antiguo ritual, como el ornamento del incienso.

La charla con esta mujer guía fue muy agradable. Hablamos de los puritanos. Le conté que un verano recorrí las iglesias de East Anglia en las que arraigó el fervor puritano que, perseguido por los poderes del 'establishment', fomentó la marcha de los peregrinos del Mayflower y la creación de la utopía del paraíso en la tierra- 'the city on the hill', la ciudad en la colina- que es la fuerza fundacional de los Estados Unidos de América, desde la llegada de los pioneros de la bahía de Massachussets.

Las biografías de los puritanos revelan que el hombre no escapa nunca del pecado de la vanidad, así que ellos me absolverán de confesar que me sentí halagado cuando mi guía me dijo que nunca había pensando lo que aquel viaje inspiró en mí. Me sorprendió que un paisaje tan plácido, tan llano y acogedor como el de ese oriente de Inglaterra, donde uno adivina los países bajos de Holanda alejándose hacia su lugar de hoy y dejando el mar como nuestra común división, generase tal ferocidad religiosa.

Me contó que las iglesias construidas por Christopher Wren tras el Gran Incendio de Londres tienen ya otra arquitectura. El púlpito es el centro, en sustitución del altar.

Y me dijo también algo que no sabía. Que algunas iglesias de Wren tenían dos púlpitos, como incitación al debate, al fomento de la indagación de la verdad mediante el contraste de ideas.

Esto me fascinó. Me gustaría estudiar un día la historia del porqué de las estructuras bipolares tan comunes en el sistema británico. Si en los juzgados que aquí llaman 'continentales' hay una búsqueda compartida por las partes, dirigidas por el juez instructor, para dilucidar la veracidad de los hechos, aquí las dos partes trabajan separadamente para llegar a una confrontación pública de argumentos opuestos. El parlamento español, como casi todos- o todos- los 'continentales' tiene forma de hemiciclo. Aquí gobierno y oposición se sientan enfrentados, sin escaños que los unan, que establezcan la continuidad que existe en la sociedad.

Aprendí de mi buen amigo Juan Aranzadi que el protestantismo es en realidad una reacción en nombre de la fe verdadera a la deriva de la iglesia del sur, de Roma, hacia Grecia, hacia el politeísmo, hacia la pintura y la sensualidad, el rito, el pan y el vino, el incienso, la mística, la saeta.

Una vez visitaba un pueblo del noroeste de Gales y quise entrar en el 'hall' metodista. Pregunté en la casa vecina y la mujer de la casa me dijo que tenía la llave. Abrió la puerta y me lo mostró. Nunca he visto una expresión tan cruda y auténtica de la fe. Era una sala austera y desnuda de todo abalorio. Los vecinos hacían una colecta para pagar a predicadores itinerantes- en realidad, cubren un circuito regional- para que les visitasen los domingos y dirigiesen el oficio, basado en la lectura de salmos y en la prédica.

Hablábamos de estas cosas y le decía a mi buena guía que una de las cosas que me sorprenden sobre la visión que tiene el mundo de los ingleses y los ingleses de sí mismos es que son fríos y pragmáticos cuando en realidad son...

Buscaba la palabra adecuada y los dos pronunciamos nuestra opción al mismo tiempo:

- Apasionados- dije yo.
- Discutidores- dijo ella.

Enjoy the weekend.

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Los tenistas de Wimbledon van a una sala de prensa tras jugar su partido y las preguntas y respuestas suelen denotar en primer lugar que los periodistas se creen más importantes de lo que son.

Roger Federer es cáustico cuando alguien le pregunta si siente presión al leer lo que se dice de él. No suelo leerlo, contesta.

Ayer, Andy Murray acudió con la expresión de quien está obligado a sentarse en el potro de la tortura. La prensa británica, bueno, sólo una parte, es pesadísima inmiscuyéndose en asuntos privados o creando historias artificiales- ¿Sabías que Miss Escocia estaba viéndote?, le preguntó una colega- y creando 'hype' a la que luego hay que responder.

¿Sientes presión por la 'hype' que hay en torno a tus partidos? La sentiría, respondió Murray, si leyera lo que se dice, pero no lo sigo. Además, el 90% de lo que se dice de mí no es verdad. La sala rió. En el periodismo hay mucho cínico de calderilla.

Murray causó conmoción hace unos años cuando le preguntaron a quién apoyaba en una competición de fútbol en la que no jugaba Escocia y que coincidía con Wimbledon. A todo aquel que juegue contra Inglaterra, debió decir. Los sentimientos de ultraje se expresaron con titulares de cuerpo grueso. Más tarde explicó en una autobiografía que todo había sido malinterpretado y que él se siente British. Pobrecito.

Ahora llega el gran duelo entre Inglaterra y Australia en el crícket. Se juegan la posesión temporal de 'The Ashes', las cenizas en una pequeña vasija que el ganador conserva hasta el siguiente encuentro de cinco partidos, que se disputan cada dos años.

Le preguntaron a quién apoyaba en esos partidos. Murray dijo: "Oh, no, ¡de nuevo!". Hundió la cabeza entre sus brazos, se rehizo y dijo: "Siguiente pregunta".

Salía yo con un periodista escocés de la sala y le dije que Murray había montado un buen teatro para no pronunciar el anatema. Se rió con ganas. Los ingleses no tuvieron su respuesta, pero los escoceses entendieron que su chico había emitido el mensaje correcto, su negativa a decir que apoya a Inglaterra. ¿Políticamente correcto? No me gusta esa expresión tan manida.

Geometría variable de la música constitucional británica. Cuando Inglaterra juega un partido contra Gales o Escocia se interpreta el himno galés o escocés y luego, para Inglaterra, el 'Dios salve a la Reina', que es en teoría el himno de todos.

Un habitante de Londres es inglés, británico y ciudadano de Reino Unido. No hay muchos lugares en los que haya tres nombres para la definición de nacionalidad.

Creo que, en el deporte, los ingleses desean en general que Escocia pierda y que la mayoría de los escoceses desea que Inglaterra pierda no tiene duda.

Me parece que la manifestación de esos deseos de derrota ajena- o las pitadas a los himnos nacionales, para meterme ya en el lío- lejos de hacer peligrar la sacra unidad nacional posiblemente la hace más viable. Uno se desfoga de los orgullos nacionales que no le gustan pitando al rey, al himno nacional o celebrando una goleada a la selección nacional y luego ya puede cumplir la ley tan campante, que es lo que importa.

Stewart Lee. Festival de Humoristas en Glasgow. 2005.

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El cricket tradicional es uno de los juegos más antiguos. Y más bellos. Se disputaban partidos en el siglo XVI y, antes de la emergencia del fútbol, este juego de verano era el deporte nacional de Inglaterra. Su evolución quizás ilustra los cambios del mundo.

En su forma tradicional se disputa entre dos equipos de once jugadores y puede durar cinco días. Todos han de batear y gana el equipo que obtiene más puntos bateando o el que elimina a todos los bateadores rivales en la segunda ronda (innings) cuando éstos no han alcanzado aún el cómputo de puntos con el bate que sumaron sus rivales en sus dos rondas.

El chiste más socorrido del cricket es una verdad: tras cinco días puede acabar en empate. Y, si llueve, hay que hacer multiplicaciones y divisiones para hacer proyecciones sobre quién hubiese ganado en caso de que no hubiese llovido. Es la monda.

Éste es el cuadro de un partido de cricket de este tipo.

Pero, en los años sesenta, se introdujo una modalidad de cricket más acorde con las pautas laborales contemporáneas. Es el 'cricket de un día'. Que comenzó a jugarse en Inglaterra al mejor de 60 'overs'. Una 'over' es la serie de seis bolas que lanza un boleador, antes de ser relevado por otro de su mismo equipo.

Cambian muchas cosas, pero fundamentalmente la cadencia del juego. Si el partido de cuatro o cinco días evoluciona a través de múltiples fases y permite disfrutar, por ejemplo, con el espectáculo claustrofóbico, o agónico, de un bateador que aplica la táctica de batear la bola al suelo- de no puntuar pero sí neutralizar a un boleador hasta cansarlo-, el de un día estimula el bateo más agresivo, ganar puntos rápido.

Este tipo de cricket puso a prueba la afición de los puristas con una innovaciób adicional, introdujo las vestimentas coloristas de los equipos en vez del blanco para todos.

Éste es el cuadro con el resultado de un partido de este tipo de cricket.

Ahora se juega el primer campeonato del mundo de cricket 20/20, un invento de hace cinco años. Son 20 overs por cada equipo. Y aquí ya se prima absolutamente la agresividad y la velocidad. Dura unas tres horas. La cadencia voluble de antaño desemboca en un frenesí. Se eliminan los interludios y todo parece ya un desenlace. Es malo para cultivar la perla del 'spin bowling', un boleo retorcido y perverso, que intenta arrinconar al bateador contra los palitos o burlarse de su osadía al atacar una bola que le bota con perfidia.

El primer partido del campeonato del mundo 20/20 se jugó el viernes en Lord's. Había sido una semana espléndida de sol y calor e inevitablemente bajó la temperatura y se puso a llover el día de la inauguración, que quedó deslucida. En esta modalidad, hay 'cheerleaders', no les digo más.

El partido inaugural lo disputaron Inglaterra y Holanda. ¿Quién ganó? Por supuesto, Holanda. Fue una cosa histórica y todo eso. Las casas de apuestas ofrecían 33 a 1 por la victoria de los holandeses. Es de risa, vamos.

No les dejo aquí el cuadro del partido, sino esta película que resume la excelente ronda bateadora de Holanda cazando el cómputo de puntos de sus rivales y ganando en un disparatado final inglés con la última bola.

Lo de Gordon Brown y su reajuste ministerial ocurría al mismo tiempo. Yo creo que puede haber una conexión, pero no sé cual.

Inglaterra ganó ayer a Pakistán y se clasifica para la siguiente fase.

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A. Bolinaga comentaba el viernes que le ha encantado Una lectora nada común, de Alan Bennett. Y terminaba su mensaje preguntándome si la reina habría leído la novela y si había provocado aquí comentarios significativos.

Bennett empezó en el grupo cómico Beyond the Fringe. Lo formaron cuatro personajes notables: Bennett, el polifacético Jonathan Miller, el genio disoluto Peter Cook y el que sólo quería hecer reir, Dudley Moore.

Es un autor versátil y con gran éxito entre los británicos, aunque no creo que se le ha traducido mucho. Pinchen en el enlace y es probable que les suene alguna película de la que ha sido guionista.

Una lectora nada común es una novela breve, en la que Bennett despliega el tono que le ha hecho tan querido. Es una sátira benigna, no malhumorada. Ve el mundo con cierta gravedad, pero no grita. En unas pocas páginas de escritura bien calibrada y limpia, fabula sobre la casual y absorbente conversión de la reina en lectora de novelas.

Empieza con su majestad apartando al presidente francés de una recepción en Windsor para hablar de Jean Genet- el consejero literario de la reina tiene una predilección por autores homosexuales, pero el presidente prefiere hablar de Proust- y avanza hasta que la soberana llega a la conclusión, mediante el conocimiento de las ficciones creadas en el mundo, de que el perpetuo ritual y la invocación del deber la han convertido extrañamente en una mujer sin voz.

Es una nueva variante sobre un tema ya tratado por Bennett en The History Boys, el poder transformador de la literatura, del arte y del conocimiento en general. Esta vez con un eco del Jonathan Swift de Una modesta proposición o de sus inacabadas Instrucciones a los sirvientes.

Es la historia de la corrupción de la protagonista, la reina Elizabeth, a través de la lectura, una fábula para adultos.

No tengo ni idea sobre si la reina ha leído el librito, A. Bolinaga, aunque el punto de partida de la novela- que entre los Windsor hay más aficionados a hacer cosas al aire libre que a la lectura- es cierto, según las noticias de la prensa y las biografias publicadas. Creo que la crítica inglesa recibió la novela en general con elogios.

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Chesterfield es una ciudad mercado que tiene una curiosidad arquitectónica, la crooked spire de la iglesia de Nuestra Señora de Todos los Santos. La estructura de la aguja se fue torciendo, pero aún se sostiene.

El mercado diario es el latido de la ciudad. Buscaba algo para almorzar y entré en un café en el que anunciaban comida "local, orgánica y de comercio justo". Las mujeres que atendían el puesto vestían de negro. Uno no sabía si pedir un sandwich o santiguarse.

Estas dos sucursales de banco son propiedad ahora del Banco Santander.


El bus 170 iba repleto de viejitos que regresaban a sus casas tras el mercado. Y de atractivas mujeres inglesas, muy rubias y con ojos muy claros, con la apariencia de ser sentimentalmente duras. O quizás no. Lástima de uñas postizas y de mocasines blancos.

Tras bajar del autobús y andar un rato, apareció la casa de los Cavendish, duques de Devonshire. La familia vive en la mansión y paga un alquiler a una fundación que ellos crearon y que administra la casa. Un poco complicado y mucho gasto en abogados para la familia promedio.

¿Quién dijo que la principal aportación de los británicos a las artes plásticas es la jardinería paisajística?

En el regreso, atravesé el parque de Chatsworth, que encierra una historia que el periódico publicará este fin de semana, y esperé al 170 en Baslow, un pueblito con un common y cuatro casas. La parada está frente al hall de la comunidad y de los tablones para anuncios, que son siempre la huella visible de la trama vecinal.


En fin, que fue un gran paseo por el otoño en los bordes del parque nacional del Distrito de los Picos o Peak District .

Y una cita. El undécimo duque, Andrew Devonshire, escribió en sus memorias, 'Accidentes de la Fortuna', que su padre, ministro del Gabinete conservador, le dijo un día: "Andy, you will find whenever there is trouble in the world, there is always a clergyman behind it". Descubrirás, Andy, que, allí donde hay problemas en el mundo, siempre hay un clérigo detrás.

Enjoy the weekend.

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30 Jun 2008

Sufrir en Wimbledon

It is a nasty job but someone has to do it.

El primer paso hacia el tormento es conseguir la acreditación.

Cuando recoges la acreditación, los organizadores te entregan una bolsa- su diseño cambia cada año- en la que incluyen un Media Handbook sobre formas de acceso a las pistas o servicios disponibles para a la prensa, y un libro que compendia la historia del torneo e informaciones sobre el tenis profesional.

Al llegar al centro de prensa,

los periodistas acreditados tienen asignado un cubículo.

Hay una conexión de banda ancha, teléfono (más conocido como el timo de la estampita por sus absurdos precios, cuando la conexión ofrece la posibilidad de usar Skype), una televisión que ofrece en sus canales las imágenes de los partidos que se juegan en las 19 pistas, cuadros de marcadores simultáneos y las conferencias de prensa que dan los jugadores al terminar sus partidos. Y una estantería para guardar la apabullante documentación que ofrece la organización sobre cada jugador y cada partido. La documentación se recoge en estas casillas.

Absolutely terrible, innit? Bueno, que los optimistas tengan en cuenta que les puede tocar entre un colega que se duchó por última vez en el Open de Australia y una pareja de pipiolos goffamente inamoratissimi que les hagan sentir el súbito deseo de convertirse en corresponsal de guerra. Pero el más básico derecho humano es el derecho a marcharse (Baudelaire dixit).

Al restaurante de la prensa, por ejemplo. Éstas serán las vistas mientras almuerzan.


¿Que no debo quejarme? ¡Pero, bueno! La comida que allí se sirve es a menudo un típico potingue inglés. Aunque la ensalada es razonable. Y las servilletas, con sus ribetes verde y morado, ¡oh, Wimbledon!, le hacen a uno sentirse ya en batín y en casa.


¿Cómo escapar de tal sufrimiento? El último refugio es la Pista Central, donde el partido también está que arde. Así se ve la pista desde el palco de la prensa.

Los más osados entre ustedes ya se preguntarán: ¿pero este hombre es incapaz de sacar una buena foto? ¿cómo puede sacar una, nada más y nada menos que de la catedral del tenis, donde lo más llamativo es un sombrero?

Se equivocarían esta vez los malhablados. Porque este gorro es una de las grandes tradiciones de la Pista Central. Y su portador me ha prometido que esta semana se dará la vuelta y contará su historia a los bienvenidos visitantes de esta cosa que llaman blog.

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Esta semana fue incinerada en Nuneaton una gran persona, Alfredo Ruiz, quizás el último superviviente español que participó en el Día D. Es una buena excusa para recordar a otro, el espía Juan Pujol.

Ahora que no nos oye nadie, me atrevo a decir que en general me aburren las leyendas del espionaje. El gran privilegio de los espías es el secreto, que les protege, como a otras profesiones, de la erosión inevitable que sufren quienes ejercen profesiones públicas. Estoy convencido de que, si conociésemos las peripecias y los informes secretos de los espías, llegaríamos a la conclusión de que son tan chapuceros como...ehhhh...los periodistas.

Inglaterra, país de actores- The English are the most duplicitous race on the face of earth, me dijo una vez en una fiesta un sospechoso irlandés-, parece un lugar idóneo para la cría de espías. En el capítulo 4 de este documental, se habla especialmente de Pujol. Una de sus handlers dice algo parecido a esto: "I did not know what made him tick". Si Pujol, tan polifacético que desconcertó incluso a sus jefes de MI5, hizo lo que dicen que hizo, su contribución al Día D fue enorme.

Enjoy the weekend.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Lourdes Gómez, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Soy coautor de 'Tormenta del Desierto'(1991), sobre la primera guerra en el Golfo, donde trabajé como corresponsal en Bahrain y Arabia Saudí, y, con John Bew y Martyn Frampton, de 'Talking to Terrosists' (2009), que fue incluido en la lista del Global Thinkers Book Club por la revista Foreign Policy en diciembre de ese año. Soy autor de 'El Modelo Irlandés' (1998), reportaje sobre el proceso de paz hasta la firma del Acuerdo de Viernes Santo, y de 'Scunthorpe hasta la Muerte' (2010), basado en el el itinerario de Alex Calvo-García en el fútbol inglés.

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