Iñigo Gurruchaga
La vida en Londres
Una vez, cuando tardíamente me estaba haciendo un nombre y un hombre, pude entrar como socio en la mafia de las apuestas en Yakarta, pero me dio pereza.
Escribí a Míster Chu porque buscaba en un anuncio alguien que escribiese en inglés artículos de fútbol europeo. Yo de fútbol europeo sé más bien poquito y escribo en inglés con faltas, pero los churumbeles gritaban en la noche que tenían hambre y tiré palante.
Por aquel entonces también me llevaron a escribir cosas variadas a unos Juegos Olímpicos y para mi sorpresa Míster Chu me citó en el exterior del centro de prensa de los Juegos, porque él también iba.
Cuando salí, vi al Míster con dos gorilitas indonesios cubriéndole las espaldas y le tendí la mano. Pero él se acercó con más brío e intentó meterme un fajo de dólares en el bolsillo. Retrocedí y le dije que nunca cobro por adelantado.
En realidad, estaba aplicando la lección que aprendí de Kim Philby, que, en su memoria de espía, escribía que no hay cosa que más fastidie a los jefes de espionaje que un tipo que no cobra. Porque ya saben que va a hacer lo que le da la gana.
Total, que Míster Chu se quedó tan cortado como prendado de mi sin par simpatía. Quería información sobre equipos de fútbol, porque en las casas de apuestas de Yakarta se juega un pastón en partidos de todos los países y competiciones. Quedamos citados un par de días después.
Mi especialidad en el periodismo es el refrito, el cortar y pegar, así que le llevé unos dossiers del equipo que le interesaba sin nada original. Míster Chu me preguntó si un jugador estaba lesionado y si conocía al árbitro. Los pipiolos que le acompañaban me miraban quizás con desprecio, quizás con conmiseración. Tenían claro que el jefe estaba perdiendo el tiempo con un inútil.
Pero Chu me llamó en vísperas de la final. Amasé papeles y fui a la cita. Me dijo que no le interesaba la final, que yo le traía tácticamente muy bien razonada, sino la que se disputaba por el tercer y cuarto puesto. Me preguntó si conocía a un jugador de uno de los equipos. Yo no había oído su nombre en mi vida. Me fui a la oficina sabiendo que había perdido otra oportunidad de convertirme en un hombre de provecho.
Antes de marcharme de aquella ciudad, eché un vistazo a lo que había pasado en la final del tercero y del cuarto y vi que el jugador por el que se había interesando mi amigo, y casi socio, tiró fuera un penalti.
Investigar si aquel partido fue comprado por la mafia de las apuestas en Yakarta hubiese sido un trabajo interesante, pero a ver quién convence a su jefe en provincias de que le de mucho dinero en adelanto, porque tiene una tenue pista para investigar si un tipo con nombre impronunciable tiró un penalti en un partido entre dos equipos de naciones en dos continentes remotos con un patadón deshonesto.
Míster Chu me llamó a casa tras los Juegos y le dije que su negocio me daba pereza, porque no tengo talento para tratar con centrocampistas o árbitros corruptos. Me dijo que siempre le entretenía hablar conmigo y que me enviaría un regalo.
Al cabo del tiempo, recibí por correo dos estupendas camisas con floridos estampados y una nota de Míster Chu que me daba las gracias y me decía que las tratase bien, que eran camisas de gala en su país. Aún las conservo.
Cuando las casas de apuestas en Yakarta, por ejemplo, andan metidas en la compraventa de partidos de fútbol, es difícil investigar de manera fiable cómo se compran y venden competiciones deportivas en cualquier lugar del mundo globalizado.
Digo esto porque el otro día vi un partido de tenis en Wimbledon con la sospecha de que uno de los jugadores lo tiró voluntariamente. Fue una trama que, si es verdadera, tenía sofisticación, por la manera enrevesada en la que el tenista mostró su poder, lo frenó y finalmente lo regaló.
Terminó la cosa muy apretada, con un último juego en el que mi sospechoso hizo dos dobles faltas: la última, en el último punto, con un segundo servicio tan fuerte como el primero, y ambos fuera.
No creo que nadie pueda probarlo. Y, si un día lo investigan y lo juzgan, yo en su caso contrataría a un abogado que plantease al tribunal, para empezar, qué ley obliga a un tenista a ganar su partido.
Cuando regresé de la oficina, mi familia se había congregado ante la pantalla de la televisión para ver la cobertura sobre la victoria de Obama, que repetía en su discurso de la victoria en Chicago el lema que ha marcado su campaña. Yes, we can. ¡Qué gran predicador!
Pero me habían hecho una faena.
- Ha venido un par de veces un vendedor de X y volverá dentro de media hora para hablar contigo- me dijeron.
Los representantes de suministradores de energía son una plaga. Desde que se privatizaron los monopolios, van de puerta en puerta ofreciéndote que cambies de compañía de gas, o de electricidad, o de gas y de electricidad. Saben que la población les acoge con cierta simpatía porque, según dicen los que han estudiado el asunto, lo más barato es cambiar a menudo de suministrador, aprovechar las ofertas. La cuestión es si uno está dispuesto a escuchar la palabrería de los vendedores para ahorrar unas pocas libras.
Y los vendedores suelen ser negros o indios. Es un trabajo duro.
- La victoria de Obama os ha emocionado y por eso habéis citado al vendedor. Estoy seguro de que es negro- dije y, esto es algo insólito, acerté.
Al cabo de media hora, llamó a la puerta. Era un chaval y venía hecho un pimpollo. El pelo con rulos y brillantina, un pendiente de oro en cada oreja, una sonrisa de un millón de dólares, una incongruente gabardina, y unos extraordinarios zapatos acharolados y terminados en una punta muy larga y muy aguda.
Nos sentamos en el comedor y comenzó a sacar fichas:
- X te ofrece un descuento anual de cien libras cada año. ¡Todos los años van a descontarte cien libras de tu factura!
La vida del corresponsal es durísima, no se la deseo a nadie, así que le pedí, por favor, que cortara el rollo.
- ¿Me aseguras que sale más barato si contrato ahora la electricidad con X?
- Sí- respondió él.
- Pues hagamos los papeles.
- ¿De dónde eres?- me preguntó.
- De España.
- ¿De España? I love Spain, man. I love Spain. Voy cada año.
- ¿A dónde vas?
- Voy a ese lugar... Soy tan malo con los nombres... ¡Hay un hotel muy grande y una playa! Aaaaghhh!... No recuerdo... I love to dance.
Quizás se estaba dando cuenta de la envidia que me daban sus zapatos.
- ¿Ibiza?
- What?
- Aibissa?.
- That's it. That's it...I think.
Mientras charlábamos, me iba pidiendo los datos para rellenar sus papeles. Ya me había preguntado la fecha de nacimiento.
- Pareces mucho más joven- me mintió-. ¿Haces deporte?
- Si, corro, juego al tenis. ¿Y tú?
- Voy al gimnasio. Para hacer músculos, porque como tanta junk food que estoy gordo. Es increíble la cantidad de junk food que puedo comer.
Se tocaba la tripa y es cierto que parecía fuerte y musculado.
- Antes hacía atletismo, velocidad, pero el entrenador me ha dicho que tengo que bajar el peso antes de correr de nuevo.
- ¿Cien metros?
- Sí, cien metros. Soy muy rápido.
- ¿Cual es tu mejor tiempo?
- Once segundos. Soy rápido. Quiero correr en los Juegos de Londres, en 2012.
- ¿Mmm...? La final de Pekín se corrió en 9.6 o 9.7- le dije, intentando recordar-. Para bajar de once segundos a 9.7 hace falta trabajar mucho.
Y entonces mi vendedor preferido me miró con los ojos grandes como platos, la boca abierta, y exclamó consternado:
- ¿9.7?...¿9.7?...¡Entonces no podré correr en los Juegos Olímpicos!
No sé si se reía de mi. Es muy probable. Es probable también que acabe pagando más por la electricidad que lo que pagaba. Pero prefiero eso al sentimiento de que, mientras una buena parte del planeta disfrutaba con la llegada de un hombre negro a la presidencia de un país con mayoría blanca, yo fastidié el sueño olímpico de un glotón de hamburguesas que sólo tiene una gabardina para los días fríos.
Eso sí. ¡Vaya zapatos!
Este fin de semana, en el Hollywood Bowl, Van Morrison y la banda que grabó Astral Weeks, hace exactamente cuarenta años, tocará por primera vez íntegramente uno de los grandes discos del...¿a qué género pertenece realmente esta música? Esta versión de 'Ballerina'- con guitarra desafinada incluida- da la medida de cuán impredecible es el genio hosco de Belfast.
Enjoy the weekend.
Sobre este blog
Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".
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