Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

Hay 6 artículos con el tag margaret thatcher en el blog Iñigo Gurruchaga. Otros artículos en el mundo de cerca clasificados con margaret thatcher

30 Dic 2009

Ritos del fin de año

Estas imágenes reproducen algunas noticias en los diarios de Londres del miércoles. No es un viaje por el túnel del tiempo sino una prueba adicional de la persistencia de las tradiciones entre los británicos.

Son consecuencia del vencimiento del plazo de treinta años para la publicación de documentos del gobierno. Los archivos nacionales en Kew ponen a disposición de los periódicos en el principio de diciembre y del público en general a partir de hoy documentos que hasta ahora tenían el carácter de confidenciales.

No se publica todo. El 'Telegraph' destaca por ejemplo que entre los documentos "demasiado sensibles' para salir de los anaqueles secretos hay algunos relacionados con el descubrimiento de que el asesor de la reina para la conservación y adquisición de obras de arte, Anthony Blunt, había sido espía de la Unión Soviética, parte del círculo de Cambridge.

Estos artículos basados en lo ocurrido en tiempos no muy remotos suelen desvelar los mecanismos y personalidades de los gobiernos y contribuyen a formar una idea compartida de la historia.

Entretiene leer las anotaciones que Margaret Thatcher, que llegó al gobierno en 1979, escribía en propuestas que le enviaban los ministros. "No es suficiente", les decía firme y frecuentemente.

Me ha recordado lo que dijo uno de los ministros 'húmedos' de aquel gobierno, creo que fue John Nott. Explicó un día que Thatcher se salía siempre con la suya porque ellos, educados en internados de hombres desde niños, quedaban petrificados ante una mujer testaruda y capaz de levantar la voz si se le llevaba la contraria.

Es el rito anual de la prensa en el final del viejo año. Otro es hacer balance de lo ocurrido, de las mejores películas y de los mejores libros, de los acontecimientos destacados de la política, de la rememoración de insignes fallecidos.

La cuenta equivocada del milenio se ha impuesto ya de modo irreparable y los medios han hecho balance también de la primera década del nuevo milenio. Me declaro objetor de conciencia. Aquí se hará balance de la década, en todo caso, el año que viene.

Sobre este 2009 que se va destaco como balance improvisado la lectura de un libro memorable, La Gran Transformación, de Karl Polanyi, que versa sobre el origen del sistema económico en el que vivimos y sobre algunas de sus vicisitudes primerizas. Fue una lectura aleccionadora para tener alguna perspectiva sobre el presente.

Y, ya rematadamente prosaico, considero lo más memorable de mi trabajo un desgarro deportivo en una tarde soleada del julio escocés y en buena compañía. Entrar en el hoyo 18 de Turnberry siguiendo a Tom Watson desde el 1 y ver como arrojaba allí la victoria en el Open Británico, a sus 59 años.

Hasta el regreso.

Happy 2010 to you all!

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John Major era un primer ministro para el siglo XXI, carecía de ideología. Había nacido en una familia de saltimbanquis, su padre montó luego un negocio poco próspero de venta de gnomos para adorno de jardines y, siendo el primero en llegar a la jefatura de gobierno al menos desde la segunda guerra mundial que no había pasado por Oxford-Cambridge, ni por ninguna otra universidad, la gente le recordaba que supendió un examen para entrar como conductor de la compañía municipal de autobuses.

Creció en Brixton, mi primer barrio en Londres, que estaba asociado a la inmigración caribeña y africana y a un par de graves disturbios raciales. Era un barrio sin pedigrí. Y llegó a la jefatura por su personalidad cuidadosa de no molestar a nadie. Era el más temible de los hombres, un hombre sin enemigos.

En los días, terminaba 1990, había guerra en el Golfo, en los que los conservadores se enredaron en una disputa interna de la que ahora van saliendo y mediante el empuje de Michael Heseltine para sustituir a Margaret Thatcher, los parlamentarios 'tories' se deshicieron de la mujer que había ganado tres elecciones consecutivas en 72 horas de conspiraciones frenéticas. Tras derrocar a Thatcher, Major era el único inocente en un partido que tenía las manos manchadas de sangre.

¿Por qué era inocente? Porque, en el momento en el que el partido se encaminaba hacia el magnicidio, 'nice' John Major decidió quitarse de en medio y se refugió en su casa de Huntingdon alegando que tenía un espantoso dolor de muelas. No podía hablar. Al cabo de unos días era el líder.

El poderoso y arrogante ministro de Hacienda, Nigel Lawson, decía en sus memorias que Major tuvo dificultades intelectuales para hacerse cargo de las complejidades técnicas de uno de los puestos más exigentes del Gobierno, el de Jefe Secretario del Tesoro.

En fin, que Major llegó al gobierno con un partido envenenado y, tras las grandes transformaciones de Thatcher, presentó un programa en el que uno de los puntos relevantes era acabar de una vez por todas con el incómodo sentimiento de los conductores al ver que su autopista sólo tiene un carril, porque los otros están en obras, pero los conos no protegen a nadie, porque las obras están paradas.

Era así, gris, infinitamente gris. Pero encauzó el proceso de paz en Irlanda del Norte y se atrevió con una privatización que a Thatcher le pareció muy complicada, la del ferrocarril. La diseñó de tal modo que las vías, las señales, las grandes infraestructuras, pertenecían a una empresa, que arrendaba sus servicios a otras compañías que explotaban las franquicias de las líneas. Un organismo público supervisa el funcionamiento del sistema y regula los precios.

La privatización de la electricidad se había hecho con una estructura similar, aunque en este caso al menos se podía contemplar la posibilidad de que las generadoras y distribuidoras creasen nuevas centrales para conectarse a la red. Pero ¿quién es capaz de soñar que una empresa va a construir una nueva línea de ferrocarril para competir con las existentes?

Las privatizaciones se argumentan con dos núcleos de lógica. El primero es que el estado no tiene que hacer estas cosas y que las empresas privadas las hacen mejor. No hay pruebas económicas irrefutables sobre este asunto. Depende de muchas circunstancias.

El segundo núcleo argumental es que esa mejor gestión privada se debe a que las empresas actúan mejor porque están sometidas a las disciplinas externas creadas por el incentivo de los beneficios y el cálculo de los riesgos cuando viven en competencia.

Pero la privatización del ferrocarril, como la del suministro de agua, no ofrece esas disciplinas. Lo que se privatiza constituye un monopolio natural. En las estaciones cambiaron los colores de los trenes, pero los pasajeros no pueden elegir entre dos compañías en su línea. Sólo hay una.

La empresa que gestionaba las infraestructuras comunes fue nacionalizada de nuevo por el gobierno laborista, tras ser el objetivo de continuas quejas por los adjudicatarios de las franquicias y por aparecer como responsable del deterioro que provocó algunos accidentes graves.

Ahora que sociedades que representan los intereses de la familia asturiana Cosmen- que vendió su empresa de autobuses, Alsa, a National Express, por dinero y una participación del 10%, luego ampliada al 18.6%, en la compradora- ha manifestado su interés de adquirir la británica, se han planteado de nuevo dudas sobre la privatización o sobre la manera de hacerla.

National Express contrajo una gran deuda en la adquisición de Alsa y luego de Continental Auto, que era propiedad de la constructora ACS. National Express, que tiene una gran red de autobuses y trenes en este país y está presente en Estados Unidos, capitaliza ahora en bolsa por menos valor que el que pagó hace dos años por Continental.

Tiene una las franquicias más cotizadas, la de la línea que une Londres con Edimburgo. Se comprometió hace dos años a pagar 1.800 millones de libras durante los seis años de explotación, pero la crisis económica ha puesto patas arriba sus presupuestos. Hay menos pasajeros que los previstos y los que viajaban en primera clase compran ahora billetes baratos.

Cuando esto sucede, la compañía que detenta la franquicia puede devolverla al gobierno, que por ley está comprometido a mantener el servicio. National Express quiere devolver la línea de la Costa Este al gobierno y quedarse con otras dos líneas, que le dan beneficios.

El Comité de Transportes de la Cámara de los Comunes ha publicado esta semana un informe crítico con el modelo de privatización. Se queja también de que las empresas que operan el ferrocarril crean sociedades legales específicas para la gestión de cada franquicia. Así se protege al holding y se crea un obstáculo legal para que el gobierno actue contra las otras franquicias.

En mi experiencia, la puntualidad de los trenes ha mejorado en los últimos años. Aunque, en las horas punta, viajamos como sardinas en lata si consigues entrar en el vagón. Las estaciones siguen mal, con muy leves mejoras con respecto al pasado. La más notable y beneficiosa es la información en letreros luminosos sobre trenes y horarios.

Forma parte de la herencia confusa de John Major. Ha sido el único primer ministro que yo he conocido aquí que ni hablaba de religión ni iba a misa. Se retiró de la política y no quiso pasar a los lores. Se ha dedicado a hacer dinero y a ver crícket, que es lo más le gusta.

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Para escribir en los próximos días un artículo en el periódico tenía escrito en mi agenda de trabajo el nombre de Jack Jones y su teléfono. Pero ayer los diarios británicos informaban de su muerte.

La entrevista hubiese sido difícil. Este ex brigadista internacional en la Guerra Civil era uno de los últimos supervivientes británicos de aquella expedición. Su memoria estaba ya gastada y la conversación sólo era posible con la mediación de su segundo hijo, Mick.

Hay aún supervivientes británicos de las Brigadas Internacionales, como Sam Lesser, que tienen la cabeza en regla, pero quería hablar con Jones sobre sus recuerdos de lo que ocurrió hace treinta años, cuando él era, según dijo exageradamente algún periodista inglés, "el hombre más poderoso del país".

Al final de los años setenta, el sindicato que él presidía, la TGWU, tenía 1.75 millones de afiliados, desde estibadores portuarios hasta empleados del sector del automóvil. Y los sindicatos fueron protagonistas principales de lo que se ha dado en llamar el 'invierno del descontento'.

Fue una cadena de huelgas que contribuyó a desacreditar el Gobierno laborista de Jim Callaghan y que precedió la victoria de Margaret Thatcher.

Nació en el sur de Liverpool, en una familia de trabajadores portuarios, y se implicó en el sindicalismo en una edad juvenil. En su autobiografía (Union Man, Warren and Pell Publishing), recuerda el ambiente comunitario de los barrios proletarios de la ciudad y su también juvenil participación en la política laborista, que tenía dificultades para abrise paso entre el sectarismo de protestantes y católicos.

"Recuerda siempre que hay más gente buena que mala en el mundo", le decía su madre y lo que emerge con fuerza en su libro de memorias es la conciencia de un hombre que no distinguía entre nacionalidades, colores o credos.

Con 24 años logró el permiso sindical para ir a Barcelona y alistarse en la XIII Brigada. Fue herido con bala y metralla en la batalla del Ebro, cuando las tropas republicanas intentaban tomar, con armas de saldo, la fortificada Hill 481, en Gandesa.

Regresó a Liverpool, fue enviado a organizar el sindicato en Coventry y allí crió a su familia, bajo los bombardeos nazis en la Segunda Guerra Mundial. Ascendió en el sindicato, defendiendo siempre la ampliación de la base de afiliados y que éstos tuvieran voz frente a las burocracias corruptas del sindicalismo.

Y en los años setenta era ya el secretario general de la TGWU. El 'invierno del descontento' marca el posible punto de inflexión del avance de la izquieda británica en la posguerra.

Jackson menciona a menudo en el libro el impacto que en esos años tiene la transformación tecnológica de la producción industrial y la pérdida de mercados; es decir, del efecto de ambos en el empleo. No menciona, sin embargo, un factor que me parece igualmente significativo, la incoporación masiva de mujeres al mercado laboral.

Su respuesta desde la cúpula sindical a esas transformaciones de la sociedad fue lo que en España se conoce como el pacto social y en Reino Unido como social contract.

En las propuestas de Jones, ese contrato social incluía aumentos salariales iguales en todos los sectores. No aumentos porcentuales, sino planos, seis libras semanales para todos, reduciendo por tanto los diferenciales. También, la reducción de la jornada laboral y la participación sindical en la gestión, con el propósito explícito de lograr un compromiso colectivo en cada empresa para aumentar la productividad.

El Gobierno laborista prefirió optar por los aumentos porcentuales, por mantener las diferencias, y rechazó la reducción de jornada y tildó de anarquista la idea de participación sindical, incluso siguiendo el modelo alemán. Fue finalmente derrotado dentro del sindicato, antes de su jubilación. Cuando se retiró, fue el más destacado activista en la defensa de los jubilados.

Este hombre internacionalista se opuso siempre al ingreso británico en la entonces CEE y llegó a dar un mitín con Enoch Powell; sentía estima personal y política por Edward Heath, el primer ministro que metió a Reino Unido en la CEE y que fue el gran rival de Thatcher en el conservadurismo británico del final del siglo XX, al que conoció cuando el joven tory visitó a los republicanos españoles en la guerra; fue el gran patriarca de Joe Bossano para la extensión del sindicalismo en Gibraltar; y no aceptó ser normbrado Lord, porque siempre fue partidario de la abolición de la Cámara de los Lores.

En sus memorias, recuerda con emoción sus encuentros con la oposición española a Franco, sus entrevistas con los sindicalistas de UGT en Bilbao, con los nacionalistas vascos en Bayona, con Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. Su regreso a Barcelona y a Gandesa, donde brindó con quienes habían batallado en el bando de Franco por la reconciliación y la paz.

Nunca faltaba en las conmemoraciones de la Fundación para la Memoria de las Brigadas Internacionales. En esta mala foto que saqué en noviembre, en Newhaven, era el único brigadista presente.


Que sobre la tierra que le cubra reverbere el eco de Dylan Thomas.

El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.

Acércate más.

Sólo tú puedes oír cómo duermen las casas en las calles de la lenta, profunda, salobre, callada tiniebla del vendaje nocturno. Sólo tú puedes ver, en los dormitorios del postigo echado, la ropa interior y las enaguas reposar en las sillas, las jarras y los aguamaniles, las dentaduras postizas hundidas en los vasos, las Tablas de la Ley colgadas en la pared, las amarillentas fotografías de unos muertos que aún esperan que salga el pajarito. Sólo tú puedes oír y ver, tras los ojos de cuantos duermen, los laberintos, los colores, los duelos, los arcoiris y las melodías, los vuelos y deseos, las caídas, la desazón, la vastedad de los mares en sus sueños.

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Uno de los aspectos de la crisis económica británica ilustra las afecciones de la ilusión entre los humanoides.

En los años ochenta y noventa, triunfó el capitalismo popular promovido por Margaret Thatcher, que en el video de abajo lo define como una cruzada. Fue un tiempo muy interesante para el periodista político que llega de la España marcada por décadas de pensamiento que mezclaba falangismo, tecnocracia y autoritarismo; por la doctrina social de la Iglesia y de la democracia cristiana; o por las nuevas y variadas formas del socialismo ibérico.

¡Y aquí había thatcheristas libertarios que pedían la privatización de la emisión de dinero!

La privatización de British Telecom fue un acontecimiento de gran impacto. La gente quería saber el precio de oferta de las acciones y hubo colas para comprarlas.

Y, cuando se privatizó BT, el argumento sobre los beneficios económicos de la competencia era respaldado con hechos. Al gran monopolio telefónico estatal, Thatcher le quitó un segmento de la telefonía fija, le limitó la entrada en el móvil, le prohibió el acceso al mercado de cable, o la compra o producción de contenidos. El sector es hoy irreconocible con respecto a lo que era. Las empresas extranjeras, como Telefónica con O2, han entrado adquiriendo las británicas que surgieron de aquella fragmentación.

Al compararlas con las privatizaciones españolas, se ha de reconocer que aquí al menos creían en Adam Smith. No estaban tan lastradas con el afán de control del Gobierno o de armar el bloque político-económico del poder del partido.

Como parte de aquella euforia, socios activistas de las centenarias mutuas de préstamo hipotecario- o building societies- presionaron a los directivos para que las privatizasen. Y lo lograron en casi todos los casos. En el Gotha de las finanzas británicas ahora en crisis están los nombres y apellidos de aquellos activistas y directivos que lideraron el movimiento para convertir las aburridas mutuas en briosos bancos.

Teníamos la hipoteca en una mutua, Woolwich, que nos dio acciones del nuevo banco tras el voto mayoritario de sus socios mutualistas en favor de la privatización.

Nos llevamos la hipoteca a la gran mutua superviviente, Nationwide. Woolwich fue absorbida inmediatamente por un gran banco ahora bajo sospecha, Barclays, del que soy accionista infinitesimal, como consecuencia de la deriva de aquella desmutualización.

Nationwide está pasando la crisis sin grandes apuros. Su director ejecutivo, Graham Beale, decía el otro día que redujeron los préstamos para compra de viviendas al principio de 2007, convencidos de que en el mercado que conocen muy bien se estaban exagerando los precios.

Y luego decía: "Las mutuas no se han metido en hipotecas sub-prime. Por su naturaleza, buscan fundamentalmente el bajo riesgo, pero las empresas privadas están motivadas para correr riesgos, porque quieren conseguir mayores rendimientos del capital".

¿No es más probable que una inversión de tan largo plazo como una casa financiada con el ahorro salga más barata con una mutua que con un banco que ha de satisfacer a sus accionistas? Salvo que los directivos de la mutua traicionen la filosofía de su empresa, parece más probable.

Lista de mutuas privatizadas que permanecen como bancos independientes: ninguna.

Lista de mutuas privatizadas afectadas por esta crisis: casi todas.

Northern Rock, una de las últimas en convertirse en banco privado, nacionalizada.

La H en Lloyds-TSB-HBOS, ahora conocido como Lloyds Banking Group, es de la gran mutua Halifax, parte de un grupo que está al borde de la nacionalización para evitar el desastre. Halifax ya absorbió a Birmingham Midshires. Lloyds, a Cheltenham & Gloucester.

Bristol & West fue adquirida por Bank of Ireland, salvado por el tesoro irlandés.

Alliance & Leicester y Bradford & Bingley han sido salvadas in extremis por el Santander, que se quedó también con Abbey, que no tenía recursos propios para salir del lío en el que la habían metido como banco privado los nuevos gestores. Abbey ya había absorbido a National & Provincial.

Emilio Botín se ha establecido aquí mediante la compra de mutuas privatizadas y en apuros. Le han dado una buena cartera y una gran red de sucursales.

El balance de aquella desmutualización es que el sector bancario se ha concentrado y que los contribuyentes británicos, también los mutualistas, se enfrentan a un largo tiempo de pago de altos impuestos para amortizar la deuda pública contraída en evitar que la banca privada se vaya al garete y con ella todos nosotros.

Se habla ahora a menudo y con alarde de rabia sobre la avaricia de los banqueros. Pero el voto para la conversión de mutuas en bancos privados se ganó por mayorías aplastantes en aquel tiempo, tan rimbombante, del capitalismo popular.

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Lo ocurrido en la tarde del 21 de noviembre de 1990 en el despacho del primer ministro en la Cámara de los Comunes ilustra la personalidad de Kenneth Clarke. Aquel día, Margaret Thatcher, recién regresada de París, consultó uno a uno a todos los miembros de su gabinete para verificar que la apoyaban.

La víspera, el partido Conservador había descubierto que la líder que les había llevado a tres victorias sucesivas estaba herida. Michael Heseltine, un multimillonario diputado que se había marchado del Gobierno por sus desavenencias con Thatcher, logró 152 votos de miembros del Parlamento en su batalla por el liderazgo. Thatcher logró 204. Hubo 16 abstenciones. Había que repetir. Nadie tenía la mayoría suficiente según el reglamento interno.

La primera ministra convocó aquel miércoles a sus ministros y el desfile ofreció el abanico completo de la comedia humana. La mayoría le dijo que la apoyaban, porque ya se había demostrado que ellos, niños criados en internados privados, eran incapaces de llevar la contraria a una mujer testaruda y que era capaz de levantar la voz en una disputa. Otros simplemente se echaron a llorar. Clarke, el ministro de Sanidad que había introducido un remedo de mercado interno en el servicio público, le dijo que su suerte estaba echada y que él votaría en una segunda elección a Douglas Hurd.

Thatcher se fue a su residencia, donde su marido Dennis le dijo: "Querida, no quiero que te hagan daño". Y la Dama de Hierro abandonó entre lágrimas Downing Street en la mañana del jueves. Recuerda a Clarke con afecto en sus memorias. Lo considera un amigo sincero. A otros, como el nuevo líder elegido, John Major, los trata con desdén.

Kenneth Clarke regresó el lunes a la primera fila de la política británica. David Cameron le ha nombrado ministro de Negocios en el Gabinete en la Sombra, el nombre que recibe la primera fila de los escaños de la oposición. Tendrá como tarea contrarrestar el impacto que tiene Peter Mandelson, otro peso pesado de la política británica reciente, que ocupa esa cartera.

Clarke fue, con Major, ministro de Educación, donde introdujo autonomía a las escuelas, en un sistema que, como en la Sanidad pública, los neolaboristas, primero, derogaron, y luego reconstruyeron con matices. Y fue ministro de Hacienda tras el Septiembre Negro de 1993. Como Pedro Solbes en el último gobierno de Felipe González, Clarke capeó en el de Major la crisis de aquellos años y dejó la Hacienda pública en una posición propicia para beneficiarse de la onda expansiva internacional.

Se presentó tres veces como candidato a liderar a los conservadores y tres veces fue rechazado. Su pecado: era el abanderado de la facción conservadora partidaria de la participación activa en la Unión Europea y del ingreso de la libra en el euro. Los líderes conservadores desde la caída de Thatcher- salvo la excepción digna de varios tomos de John Major- han ganado sus galones, ante una militancia menguada y de edad avanzada, mostrándose como euroescépticos de traca.

Cameron, que fue en el pasado un simpatizante neocon, cautivó al partido con su imagen juvenil y la promesa de renovación centrista. Había que encontrar un antídoto a la monstruosa ambigüedad, tan iluminada, de Blair. Pero para ganar la elección pactó con el doctor Liam Fox, el portaestandarte del tratamiento con purgas contra fiebres europeas. El pacto con Fox y su grupo de irredentos eurófobos incluyó la primera decisión importante de Cameron y una de las más disparatadas, el anuncio de la retirada de los europarlamentarios conservadores del Partido Popular Europeo.

Ahora, Clarke vuelve porque Cameron quiere a Big Ken en la batalla que se disputa sobre esta crisis. Ambos dicen que, sobre la política europea, han "acordado que están en desacuerdo". Los dirigentes laboristas que permanecen fieles a Blair dicen sobre la nueva relación Brown-Mandelson: "Veremos cuanto dura". Lo mismo se podría decir de Cameron y Clarke. Para cerrar el círculo, se enfrentarán en torno a la cartera de Negocios Lord Mandelson y Kenneth Clarke, los dos políticos más partidarios de la UE en sus respectivos partidos.

Clarke es parte de la mafia de Cambridge, un grupo de estudiantes conservadores que copó posiciones en los gobiernos de Thatcher: Gummer, Lamont, Howard, Brittain, Fowler y Clarke. Se integra ahora en el equipo de la mafia de Eton y Oxford; Cameron y Osborne entre ellos. La política conservadora siempre fue así.

Amante de los puros y de la cerveza, erudito del jazz, impenitentemente calzado con zapatos de ante, el nuevo ministro en la sombra se opuso contra la opinión de su partido a la invasión de Irak y sigue rechazando llevar un teléfono móvil, Es diputado por una circunscripción en Nottingham y percibido como un político más partidario de la industria que de las finanzas. Eso decía ayer al menos un periodista, yo creo que mal informado, de la BBC.

Cuando era ministro de Hacienda, recibió clases de español. Lo que me lleva suavemente a la conclusión de todo esto. ¿Qué relación de negocios han tenido Kenneth Clarke y José María Aznar?

Ambos eran hasta diciembre miembros del Consejo Asesor de Centaurus Capital, un fondo de cobertura o de alto riesgo, con sede en Londres. El sector de los hedge funds es la banca crecida en la sombra de la convencional que esta crisis está pulverizando. El francés Bernard Oppettit les fichó para su Consejo Asesor. Pero Centaurus ha tenido que disolver su fondo estella, el Alpha Fund, que gestionaba cerca de mil millones de euros, después de que sus inversores se negaran a aceptar las barreras propuestas por la dirección para la retirada de dinero. Clarke ya no forma parte del Consejo Asesor de Centaurus.

Clarke es miembro del consejo de administración de INM, el grupo mediático presidido por el irlandés sir Anthony O'Reilly. En lo que va de año, la sociedad ha perdido el 83% de su valor bursátil.

Aznar también es directivo de un grupo mediático, del más grande, News Corporation, presidido por Rupert Murdoch. En lo que va de año, las acciones han perdido el 75% de su valor. Un día hablaremos de cómo evita News Corporation el pago de impuestos.

El ex presidente español tampoco ha tenido fortuna en la otra empresa a cuyo consejo pertenece, la americana JE Robert, especializada en inversiones inmobiliarias. Ha perdido el 90% de su valor en los últimos doce meses.

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Nicholas Ridley dijo, en el verano de 1990, lo que piensa buena parte del partido Conservador británico sobre el euro. En una entrevista que él creía off the record con el director del semanario The Spectator, el entonces ministro de Medio Ambiente dijo que la unión monetaria era "un montaje alemán para controlar Europa" y que, si Reino Unido cedía soberanía a Bruselas, mejor hubiese sido no enfrentarse a Hitler.

Ridley tuvo que dimitir inmediatamente. Sus palabras causaron aparente horror. Porque todo el mundo sabía que reflejaban las opiniones de su amiga, la primera ministra, Margaret Thatcher.

El entrevistador que supuestamente traicionó el off the record fue Dominic Lawson, hijo del ministro Nigel, que tuvo que dimitir tras mantener enfrentamientos con Thatcher, a quien ocultó que discretamente había aplicado una política de estabilidad en el tipo de cambio de la libra con el marco alemán en lugar de abandonarla a los vaivenes de su flotación.

Mientras los franceses aceptaban que, si toda Europa ya bailaba al son del Bundesbank, lo más sensato era una unión monetaria que diese al menos derecho a asiento en su consejo, los conservadores británicos se refugiaban en el nacionalismo orgulloso de su papel en la Segunda Guerra Mundial y se prometían el éxito en su afán de ser más importantes en el mundo mediante una alianza más firme con Washington.

Además habían inventado una nueva economía prodigiosa. En América se llamó Reaganomics y en UK thatcherismo. Se trataba de eliminar trabas a la expansión de los negocios, abrirse al comercio mundial, recortar el Estado,...salvo el Ejército, que debía preservar la integridad de la nación, unidad esencial para el avance de la falsa utopía de Adam Smith.

Cuatro meses después de la dimisión de Ridley, Thatcher caía por el lío que estaba creando en su partido el nuevo impuesto municipal, o poll tax,- ¡lo introdujo también Ridley!- y su enfrentamiento creciente con Europa. Su último ministro de Hacienda, John Major, logró la rendición de la dama que ya no era de hierro. Fue Thatcher quien metió a la libra en el mecanismo de cambios europeos, con la libra a 2.90 marcos.

Y el país entró inediatamente en recesión mientras gastaba miles de millones intentando mantener su paridad. Hasta la rendición final ante un masivo ataque a la libra por grandes fondos financieros, en el Miércoles Negro de setiembre de 1992. Unos meses después el mecanismo tuvo que expandir los límites de oscilación de las paridades ante un ataque especulativo contra el franco.

La ideología, ese mal que ya notaba en su partido Francis Pym, uno de los más húmedos ministros de la primera Thatcher, cosecha 1979, es lo que explica que el partido Conservador de hoy, liderado por alguien aparentemente tan poco propenso a las furias teóricas como David Cameron, se vaya del Partido Popular Europeo porque tiende al federalismo de la UE.

Ése es el euroescepticismo británico latoso para los extranjeros, que lo ven como insular y chauvinista. Todos somos corruptos y totalitarios y Britannia mantiene perenne y viva la llama de la libertad. Ha crecido en la derecha y a la derecha del partido Conservador un sector tan significativo de la sociedad con esa opinión que hace muy difícil liderar a los tories sin incorporarlo a la coalición del poder. Y ese nacionalismo impregna otras áreas de la sociedad y a votantes de otros partidos.

Hay, sin embargo, otro euroescepticismo sobre el euro, que cree inviable una moneda administrada por un banco central independiente y sin un Ministerio de Hacienda con el presupuesto suficiente para distribuir fondos compensatorios entre las regiones que la utilizan, entre las cuales hay además una muy pequeña movilidad. Que cree que el euro será sometido a fuerza centrífugas incontenibles en momentos de crisis, como el actual, cuando unos países necesitan la holgura de la que ya no pueden disponer. Hace un tiempo leí la mejor exposición de esa teoría a este pronosticador exacto de la actual crisis.

El lunes, el titular del Financial Times era: "Trichet dice que deben mantenerse las reglas fiscales". El director del periódico, Lionel Barber, fue corresponsal en Bruselas y no ha defendido euroescepticismos chauvinistas, a diferencia del actual alcalde de Londres, Boris Johnson, que ganó fama como bufón con su espectáculo 'anti-Bruselas' como corresponsal en el Daily Telegraph.

Pero el afán del FT de llevar ese comentario del gobernador del Banco Central Europeo a portada muestra, además de la existencia de tensiones noticiables entre Angela Merkel y el resto de socios europeos, la sospecha extendida en Reino Unido de que el euro puede fracasar. Y eso es algo que apenas se lee en la prensa que aquí llaman "continental". La desconfianza hacia el euro se basa en el chauvinismo y en el reparo sensato y técnico.

Pero ¿qué opina de todo esto el salvador de la humanidad, nuestro hombre de moda, oh, él, Gordon Brown? Cuando pueda, les cuento el recorrido por lo sublime y lo grotesco de nuestro primer ministro, a quien se podría aplicar con ecuanimidad el rasgo común de Baudelaire y sus lectores, nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches: nuestros pecados, tercos; nuestros arrepentimientos, cobardes.

(continuará)

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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