Iñigo Gurruchaga
La vida en Londres
El ministro de Justicia, Jack Straw, ha decidido que Ronnie Biggs, un participante menor del robo del tren de Glasgow, debe seguir en la cárcel.
Fue detenido poco tiempo después de que una banda robase, en 1963, algo más de dos millones de libras en una operación ingeniosa, que les hizo populares, a pesar de que uno de los miembros de la banda golpeó en la cabeza al conductor del tren y lo hirió gravemente.
Biggs se escapó de la cárcel y se refugió finalmente en Brasil, donde vivió hasta 2002. Había padecido dos infartos, no podía andar y no podía hablar. Su hijo, que nació de una mujer brasileña que abandonó pronto al padre, que le crió, dice que la ilusión de Biggs era volver a su país y antes de morir entrar en un pub y pedir una pinta.
Ahora, mantenido vivo a duras penas en un hospital penitenciario, pide clemencia y el ministro Jack Straw se la ha negado. Nick Cohen, comentarista con frecuencia arrebatado de las cosas del mundo, escribía una curiosa columna sobre este asunto en 'The Observer'.
Arremete Cohen contra Straw por esa consideración especial que el ministro otorga a un ladrón menor pero famoso, que esquivó la acción de la justicia. Creo que la crítica de Cohen es particularmente acertada contra los argumentos de Straw cuando justifica su fácil dureza en que Biggs, de ochenta años, no ha mostrado arrepentimiento y ha cortejado a la prensa. Ver para creer.
No seré el único que considera absurdo que se celebre en Estados
Unidos la reciente condena al financiero de la estampita, Bernard Madoff, a 150 años de cárcel por timar a sus inversores una cantidad que estiman en 65.000 millones de dólares.
¿Qué beneficio obtiene la sociedad de esos castigos? El mantenimiento del ladrón añade gasto público. Creo que me parecería más justo y satisfactorio que a Biggs, un impresentable elevado a la enésima potencia, le dejen morir en su casa. Y preferiría ver a Madoff trabajando, por ejemplo, en un hogar de jubilados o empujando diariamente la silla de ruedas de un minusválido pobre, que en una prisión.
Sobre este blog
Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".
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