Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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Ante una sala repleta de estudiantes se sentaban juntos por primera vez, en el King's College, Brendan Duddy y Michael Oatley. El primero era 'El Contacto' de los servicios británicos de inteligencia, un empresario de Derry, o Londonderry, de ideología nacionalista pero partidario de la política pacífica. El segundo actuaba, con relativa autonomía, como el enviado en Irlanda del Norte del británico Servicio Secreto de Inteligencia, o MI6.

Libros y periódicos los han presentado con frecuencia como urdidores importantes, si no decisivos, del proceso de paz. Su testimonio así quería confirmarlo. A través de ese canal, el servicio secreto entabló un diálogo indirecto con el líder del IRA, Martin McGuinness.

Hasta que, en diciembre de 1993, en vísperas de la Declaración de Downing Street, se filtró a la prensa la existencia de un diálogo entre el Gobierno y el IRA y el canal de comunicación- en el que ya no estaba Oatley, jubilado, sino 'Fred', cuya identidad no ha sido desvelada- fue cerrado.

Creo que en un libro que publiqué en 1998, El Modelo Irlandés, fui más lejos que otros en analizar la continuidad entre los documentos conocidos de aquel diálogo secreto y lo que ocurrió después. Con ese aval tan poco fiable que me doy a mí mismo, añado que el diálogo secreto no sirvió para nada. Las cosas secretas tienen el prestigio que pierden inevitablemente quienes hacen su trabajo cara al público. Eso es todo.

No voy a aburrirles con los detalles, pero les diré que aquel diálogo confluyó, en la primavera de 1993, en una propuesta de negociación del IRA con John Major que los miembros más sensatos del Gabinete abortaron. En el Ejecutivo de Major había patéticos postulantes de líneas duras, pero creo que la influencia decisiva en esa decisión fue la de un ministro que no cultiva el exhibicionismo de las posiciones duras o blandas, Ken Clarke.

Duddy remachó en la charla del otro día la importancia de su tarea; Oatley explicó que en enero estuvo en Líbano hablando con Hizbolá y Hamas. Es la deriva de Irlanda del Norte como plantilla para la resolución de conflictos.

Los amigos que me invitaron a la charla suelen criticar el papel de esos intermediarios, porque creen, en eso estoy de acuerdo, que la política de verdad, la importante, es la política de masas, la que mueve los sentimientos y la conciencia de grandes grupos sociales.


En esta foto, sentados en la parte más alejada, están dos actores, estos sí fundamentales, en el inicio del proceso de paz, John Major y Martin Mansergh.

Y mis amigos dicen también ocasionalmente que esos intermediarios en sus canales secretos perjudican más que benefician, porque fomentan la confusión.

Mis argumentos buscan con frecuencia, mero vicio, la paradoja y por eso, con justificable frecuencia, la gente no me hace caso, porque creen que siempre hablo en broma.

Hace unos años, no sé si también ahora, visitaba el País Vasco con frecuencia un sacerdote redentorista, Alec Reid, que compuso una de las imágenes más emotivas que he visto en Irlanda. Él, cura católico y nacionalista, intentó evitar la muerte de dos soldados británicos que, como consecuencia de su propio error en conducir su coche al aeropuerto, fueron atrapados en un cortejo fúnebre por un miembro del IRA, que recorría el oeste de Belfast. De su brutal linchamiento fui testigo horrorizado, pero no de su asesinato, unas calles más abajo. Reid acudió allí y arrodillado rezó- su vocación- por los soldados.

La foto es de David Cairns. Disculpen que la publique aquí, pero estamos hablando de estas cosas.

Un día entrevisté a Reid antes de que volara hacia Bilbao. Resintió la agresividad de mis preguntas y me dijo algo así: "A mí también me molestaban los mediadores extranjeros que venían a Irlanda del Norte y no entendían los matices de nuestra situación".

No sé si ésa era la razón de mi supuesta agresividad. El cura Reid no me cae mal, aunque me pareciese entonces que no tenía mucha idea de nuestros problemas. Para empezar, los mediadores que van al País Vasco no suelen conocer ninguna de nuestras lenguas. Y eso lo dice ya casi todo.

Me han contado, no sé si es cierto, que, en el último intento de salvar el proceso de paz en 2007, cuando se sentaron en Ginebra socialistas y batasunos- creo que también estaba ETA-, los mediadores internacionales decidieron presentar, cuando vieron que aquello colapsaba, sus propias propuestas de compromiso. Y que quienes estaban allí cayeron entonces en la cuenta de que los mediadores no habían entendido nada. Tiendo a creérmelo.

De sus propuestas no debe esperarse nada, pero no comparto la opinión negativa sobre la confusión que crean en sus contactos y entrevistas con los grupos violentos.

Decía a mis amigos- uno de ellos hizo bastante más por el buen resultado del proceso de paz que estos intermediarios secretos- que, para comprobar la veracidad de esa hipótesis, sería quizás legítimo recurrir a un método común en las ciencias merecedoras de ese nombre, las que se basan en el empirismo. Para observar los efectos de un fenómeno se recurre a menudo, tras analizarlo en pequeña escala, a ampliar la dosis.

Cien, doscientos, mil quinientos curas y mediadores a la irlandesa, todos ellos cargados de buenas intenciones y hablando lenguas extranjeras, caerían en mi experimento sobre quienes quieren entre nosotros mediación. No pongo en duda que extenderían confusión, pero si algo caracteriza a esos grupos es la siniestra nitidez de sus creencias. ¿Efectos negativos? Mmmm...

Cuando llego a esta casi conclusión, noto que interlocutores con esa deformación del alma que se conoce como sentido del Estado han dejado de escucharme hace ya un buen rato. Cuando expuse mi hipótesis a los amigos con los que había escuchado el farragoso sinsentido de Duddy y Oatley, hubo risas.

Se rieron porque ya compartía con ellos un conocimiento previo: el proceso de paz en Irlanda empezó precisamente en el momento en el que se cerraron los canales secretos y se despidió a los intermediarios.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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