Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

Hay 11 artículos con el tag teatro en el blog Iñigo Gurruchaga. Otros artículos en el mundo de cerca clasificados con teatro

El Daily Mail ha publicado estos días una serie de fragmentos del diario de Lady Antonia Fraser, Must you go?(¿Tienes que marcharte?). Es la pregunta del dramaturgo Harold Pinter a Antonia al final de una cena con amigos, el 8 de enero de 1975, que desembocó en un romance apasionado y en dos divorcios sonados.

Ella estaba casada con Hugh Fraser, diputado conservador, con quien había tenido seis hijos. Escribía y escribe novelas y libros de historia- que no he leído-, especialmente biografías de reinas y reyes. Él fue, además de Premio Nobel, a quién puede importar tal cosa, autor de obras como 'Traición', 'El guardián', 'La fiesta de cumpleaños', que le hacen uno de los grandes del teatro inglés en la segunda mitad del siglo XX. Estaba casado con la actriz Vivien Merchant, con quien tenía un hijo.

Ella es católica y Pinter, nacido en una familia obrera del este de Londres, era un judío no practicante, que accedió al matrimonio con Antonia en una ceremonia católica- una 'convalidación' de sus diez años viviendo como pareja, según el oficiante- que el dramaturgo definió como grave y simple.

¿Por qué los autores y los célebres españoles no publican este tipo de biografías y diarios tan detallados y donde los retratos de personas vivas no son siempre elogiosos? Son la comprobación del gusto británico por el drama y la comedia.

Pasa uno un buen rato leyendo los chismes de esta pareja. Aunque ella no nació con el título, su padre, Lord Longford, a quien un día vi en el Parlamento en zapatillas, lo heredó más tarde. Uno de los enigmas que inquietaban a los bien pensantes era cómo podría ella, de familia aristocrática, vivir feliz con un plebeyo con voz de barítono, carácter iracundo y maestro además, en la escena, de los silencios.

La conclusión de la lectura de la serie es que Pinter y Fraser compartían un similar romanticismo, regado de aniversarios, presentes y flores. Uno no se imagina a Beckett o a Kantor tan zalameros.

"Está obsesionado con Chile", anota en su diario Antonia sobre su marido y es que, a pesar de que votó a Margaret Thatcher en 1979- había huelga también en el Nacional-, Pinter desarrolló una personalidad política muy marcada, crecientemente amarga ante la deriva del mundo y que acompañó a la enfermedad que acabó con él.

Reviso las notas que he tomado de la lectura de las entregas de 'Must you go?" y elijo este sketch.

Steve McQueen y Pinter estaban hablando por teléfono sobre una película que el actor americano iba a protagonizar, basada en 'Viejos tiempos', obra del inglés.

El dramaturgo vestido a menudo en negro grita por el teléfono a la estrella de Hollywood.

McQueen: No me grites, no soy tu mayordomo.

Pinter: Yo no grito a mi mayordomo.

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David Hare es un dramaturgo que, como su coautor ocasional, Howard Brenton, intenta llevar con frecuencia a la escena obras inspiradas por asuntos del momento: las tribulaciones del Nuevo Laborismo o la guerra de Irak, por ejemplo.

El Teatro Nacional ha estrenado ahora 'The power of Yes', que el actor que encarna a Hare presenta como una 'story'. Puede traducirse, en el lenguaje de los periódicos británicos, como un reportaje, aunque la traducción no sea exacta. Pero reportaje define bien lo que es este montaje de dos horas y sin descanso, que se deja ver con facilidad.

Gente muy bien vestida en las butacas abarrotadas del Lyttelton, uno de los teatros del Nacional. Creo que muchos espectadores habían pasado la jornada en la City. Y querían ver lo que un dramaturgo de éxito crea en torno a la crisis que padecemos, ¿o padecíamos? Lo que parece seguro es que la padeceremos.

Hare fue en 2001 cronista para el 'Daily Telegraph' de la campaña electoral que dio la segunda victoria a Tony Blair. Recuerdo una observación cuando se unió al convoy de la prensa: "Uno sabe que está rodeado de periodistas cuando todos los que hacen cola piden un recibo por el café". Desde entonces me cae bien.

Pero su reportaje sobre la crisis financiera, con George Soros como uno de los varios personajes de la vida real que la explicaron a Hare en su pesquisa y que desfilan por la escena, no me dio nuevos datos y pocas perspectivas interesantes o nuevas.

Me gusta cuando un pionero de la compra de acciones que no cotizan en bolsa, Ronald Cohen, niega que sea avaricia, poder o dinero lo que empujó la euforia, sino esa 'cosa'. Que entiendo como ser parte de todo el tinglado, de algo excitante.

Hare busca un día del juicio final y se irrita, a través del actor que le encarna, cuando una periodista del Financial Times que pidió al autor 'firmemente' que no la identificase entre sus personajes- es Gillian Tett, me apuesto un duro de los de entonces- le explica que los banqueros que ella entrevista no tienen en absoluto mala conciencia sobre lo ocurrido. Es tan obvio.

Y me decepcionó que, al borde de la hora y media, cuando Hare es enfrentado a su propio papel en toda esta historia, al del autor con muy buena renta- está además casado con la modista Nicole Fhari-, a quien, como a los banqueros, tampoco le importa lo que digan los críticos, no indague más en ese pozo. En el de las ilusiones de las que vivimos todos.

En cada demencial préstamo hipotecario que se ha derrumbado con esta crisis hay, en el origen, dos partes: un banquero sin escrúpulos y un mentecato que quiere vivir por encima de sus posibilidades. Está ausente en este reportaje un elemento esencial del drama clásico, el coro, y un autor que escruta la masa de los aparentemente complacidos y la de los desesperados o iracundos, en busca de genuinos inocentes.

El programa de la obra no incluye la habitual entrevista con el autor o una explicación de la génesis de la obra, que me hubiese gustado leer. Contiene una cronología de los hechos- bien conocida por los interesados-, citas destacables- como este refrán árabe: "aquellos que pretenden predecir el futuro mienten, incluso si por fortuna se muestra después que estaban en lo cierto"- y un cuadro con cifras.

El cuadro es obra de David McCandless, que publica sus estadísticas ilustradas en esta página. Les doy algunas cifras que me llaman la atención.

Las cifras son de 2006-7. McCandless no atribuye las fuentes.

El coste de la crisis para el Gobierno de Estados Unidos en agosto se estimaba en 2.8 billones de dólares.

El coste estimado de la guerra de Irak es de unos 3 billones de dólares. Que es siete veces el presupuesto anual de Defensa de Estados Unidos.

El mercado global de drogas ilegales produce anualmente unos 320.000 millones de dólares.

Los ingresos de la OPEC por venta anual de petróleo son de 520.000 millones de dólares.

El mercado mundial de fármacos produce 534.000 millones de dólares anuales. 4.000 millones en remedios de la erección. 19.000 millones en anti depresivos. 21.000 millones en regalos a médicos.

Los ingresos anuales de los productores de pornografía en internet son de unos 97.000 millones de dólares.

Salvar la selva amazónica costaría 21.000 millones. Alimentar a todos los niños del mundo durante un año, 54.000 millones.

No me fio de algunas cifras. Pero uno se hace una idea.

Enjoy the weekend.


Intenté en su día subirme al cuarto plinto de Trafalgar Square y no lo logré. Pueden ver aquí lo que ocurre ahora mismo en la obra de Antony Gormley. Viernes, 20.06, hora británica.

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Aproveché la oferta de entradas por diez libras para ver, en el National, una obra que ha tenido división de opiniones entre los crítiicos. "England people very nice" es una expresión que sólo puede pronunciar un inmigrante recién llegado, alguien que está dando los primeros pasos en el idioma.

La obra de Richard Bean- de quien vi hace unos meses 'The English Game', una parábola sobre el país en torno a un partido de aficionados al crícket- es un fresco de la inmigración en el este de Londres durante cuatro siglos. Desde los hugonotes franceses hasta los bengalís del último medio siglo, pasando por los irlandeses de la hambruna y los judíos del este de Europa.

Cada uno tiene su apodo despectivo. Los franceses son 'frogs', los irlandeses, 'micks', los judíos, 'yids', y los bengalís son 'pakis'.

Bean parece abrazar la la versión de Daniel Defoe sobre el carácter heterogéneo del inglés, pero no quiere profundizar en esa idea. Hay en la obra unos cuantos temas comunes. Los últimos inmigrantes resienten especialmente a los nuevos, el amor y el sexo van cruzando las barreras construidas por la religión y la cultura, y todo eso es contemplado por una memorable camarera de un pub, Ida, quien, con una manera de hablar 'cockney', tan tierna como estridente, se queja de la llegada de los franceses porque para eso no murió su abuelo en la Guerra Civil Inglesa y mantiene el resentimiento ante cada nueva oleada, a la que acepta después como parte de las cosas inevitables de la vida en la ciudad.

Si eso son los factores comunes, lo que ofrece Bean como punto de vista es el humor. O más bien el chiste. Se pronuncian y se describen todos los estereotipos sobre los inmigrantes que se evitan en el lenguaje contemporáneo. Y la gente ríe con ganas durante la obra, liberada de que aquello que ha de reprimir a menudo se diga sobre un escenario del National.

La obra aún estará en cartel en el Olivier unos cuantos días y se la recomiendo a quien conozca de antemano parte de esta historia de inmigración en el este de Londres y quiera reirse con algunos buenos chistes. Se proyectan buenas animaciones como soporte, hay música y el reparto tiene actores con muchos colores de piel y algunos destacados. Pero me parece una escritura poco ambiciosa.

Dos chistes. Como el conflicto religioso es un tema recurrente en los diferentes episodios, Bean hace decir a alguno de sus personajes en cada uno de ellos: "Éste es el único paraíso que existe". Y la réplica a través de cuatro siglos es la misma: "¿Bethnal Green?". Bethnal Green no es una idea probable del paraíso, pero les recomiendo, si visitan Londres, acercarse al Museo de la Infancia .

El círculo rojo señala Bethnal Green en un segmento del mapa de Londres, que incluye el centro de la capital.

El otro chiste, quizás para iniciados. Cuando llegan los papistas católicos irlandeses, protestantes ingleses del barrio forman una banda para atacarlos. Atraviesa ese episodio una pareja de burgueses irlandeses que son de la sociedad humanista y no comulgan con una religión. Cuando van a ser atacados, la mujer protesta: "Nosotros no somos católicos, somos intelectuales de Wicklow". A mi me hizo mucha gracia, qué le voy a hacer.

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"!Estar de nuevo en el principio! ¡Conocer apenas nada!", dice Valentine Coverley, en Arcadia, para expresar el sentimiento de que la teoría del caos ha arrinconado las firmes convicciones de la física newtoniana y que un tiempo maravilloso de preguntas que aún no tienen respuesta y de exploraciones por territorios no pisados se ha abierto.

Una vez un actor me dijo que la televisión había acabado con nuestra capacidad de maravillarnos. Que paisajes antes misteriosos y vírgenes, que rostros y costumbres que tan solo imaginábamos, que palabras que habría que inventar para nombrar lo intuido, parecen ya familiares y usadas.

No es cierto. El arte aún tiene la capacidad de asombrarnos. 'Arcadia', la obra de Tom Stoppard que se estrenó en 1993, nos lo recuerda dieciseis años después. Dicen algunos críticos que es la mejor obra del teatro de nuestro tiempo, pero no hay cosa más gastada en el mundo de hoy que los superlativos. Sobriamente, 'Arcadia' es una gran obra de teatro.

La vi de nuevo esta semana. Tenía un vago recuerdo de la conmoción que me causó cuando la vi por primera vez, hace quizás diez años.

Es, como las ecuaciones que Thomasina promete en 1809, cuando insiste a su tutor, Septimus Hodge, que ella, una niña de 16 años, va a resolver el último teorema de Fermat, un enredo lógico que se mueve desde el centro del laberinto hacia su exterior.

El centro del laberinto es la pugna entre razón y sentimiento, entre el caos y el orden, la honestidad y la tentación, el humor y la gravedad. Las ecuaciones que brotan de ese núcleo están escritas por un dramaturgo excepcional que entrecruza con inteligencia dos tramas, una en el principio del siglo XIX, otra en el pasado reciente, ambas en el salón 'regency' de la gran mansión de Sidley Park.

Si quieren pasar un gran día de teatro, gástense sus últimas libras en un asiento en el Duke of York.

Stoppard tiene además un humor excelente. Cuando el jardinero Richard Noakes explica a Lady Croom que ha incluido una ermita en su parque, la dueña, quejosa con un diseño que le parece destructivo, le dice que no tiene sentido terner una ermita sin ermitaño. ¿Dónde vamos a encontrar un ermitaño? ¿Mediante un anuncio en el periódico? Y ella misma se responde: "No se puedel tener absoluta confianza en un ermitaño que lee periódicos".

En 'Night and Day', Stoppard, emigrado judío de Checoslovaquia en 1939, reportero sin estudios universarios en el principio de su carrera inglesa, ya ofrecía una cita memorable sobre su viejo oficio:

JACOB MILNE: Sé que las cosas no son perfectas, pero, cuando existe libertad de prensa, todo se puede corregir, y, cuando no existe, todo puede ocultarse.

RUTH CARLSON: Yo estoy de acuerdo con la libertad de prensa. Lo que no soporto son los periódicos.

Aquí, cuando el profesor Bernard Nightingale llega a la mansión, con su empeño de ganar la fama descubriendo la razón por la que Lord Byron huyó de Inglaterra, despliega su cháchara y su estampa, su maletín, sus embustes y su simpatía oportunista. Provoca el asco inicial de la concienzuda Hannah Jarvis, que le dice: "¿Eres periodista?".

No hay que tenérselo en cuenta. Este Stoppard actor, dramaturgo y padre de actores, ya puso en boca del líder del grupo de cómicos que irrumpe en la acción de 'Rosencraft y Guildenstein están muertos' una condena memorable a su último gremio: "¡Somos actores, somos lo contrario a las personas!" No había visto nunca a Neil Pearson dominar un papel y el escenario como en esta obra.

Enjoy the weekend.

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El pasado fin de semana vi las tres partes de 'The Great Game', la serie de nueve obras breves que el teatro Tricycle ha encargado y programado en tres partes con el título genérico de 'The Great Game', el gran juego.

El título se refiere evidentemente a la batalla diplomática y bélica entre los imperios británico y ruso, en el siglo XIX, para definir sus fronteras de influencia. Afganistán estaba allí, en un lugar inoportuno, poblado por gentes diversas y cabezotas, un país que no debiera existir.

Que uno entre en un teatro a las 10.45 de la mañana y, tras dos largos intervalos a la hora del almuerzo y del atardecer, salga sin cansancio pasadas las diez de la noche es quizás la mejor recomendación que puede hacerse del montaje del Trycicle, que se distingue en los últimos años por llevar a su escenario representaciones de la vida política presente o reciente.

Me gustó mucho la primera obra, 'Cornetas a las puertas de Jalalabad', de Stephen Jeffreys. La historia de una unidad de cornetas que espera el regreso de algún superviviente de la retirada de Kabul, en enero de 1842. Dieciseis mil británicos salieron de la capital y regresó uno, la mayor derrota del Ejército británico.

Un día después de que la BBC emitiese las voces militares que desde Basora, en la ceremonia de retirada de las tropas, nombraban a todos y cada uno de los 179 soldados británicos muertos en Irak, se representaba para empezar esta saga afgana en un teatro del barrio de Kilburn un acto estúpido y cruel de un soldado contra un lugareño. Que los talibanes del mundo no erosionen nunca la fuerza de la libertad.


Las obras producen miedo o cosquilleos. La sabiduría y el historial de violencia de las poblaciones afganas da para muchos matices. El humor del encuentro imaginario de una escritora inglesa con el ex presidente comunista Nayibula, mientras permanecía encerrado bajo mando de la ONU, ofrece las mejores risas de la saga, en 'Minifaldas en Kabul', de David Greig. Y, tras las risas, el terror.

Las lágrimas las provoca Abi Morgan en 'La noche es más oscura antes del amanecer'. Una niña afgana abriéndose paso entre los muros para aprender a escribir tiene aún la capacidad de ridiculizar nuestras tentaciones a la indiferencia.

Buen teatro. Que permite comprender mejor la historia de Afganistán en los dos últimos siglos. Por ejemplo, ayer, llegó a mi correo electrónico el aviso de una noticia: "El presidente Karzai burla las maniobras de Estados Unidos'. Esta vez tuve el sentimiento de que ya lo sabía. Había visto 'The Great Game'.

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- No llores, no tenemos tiempo.

Yo me enamoré de Vanessa Redgrave cuando con esos ojos le decía eso a Jane Fonda, que acababa de descubrir que su amiga, Julia, había perdido una pierna en sus batallas por la causa terrible de los años treinta. Ya me había enamorado antes de Fonda y por motivos diferentes; por Barbarella y sin más ni más.

La lectura de Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, me conmocionó. Y en diferentes episodios de la vida ha resonado en mi alma el ¿dónde te jodiste, Zavalita? que se acuñaba en aquellas páginas y que ha sido contraseña de secreta confraternización para tantos lectores de novelas opuestos al general... Odria.

Vargas escribía en El País hace unos domingos un artículo, Vanessa Redgrave, en la serie Piedra de Toque. Elogiaba a la actriz tras verla en The Year of Magical Thinking, de Joan Didion. Vi la obra antes del verano.

Lo que Vargas llama "perfecto acento californiano" de Redgrave fue para mi un obstáculo, porque la gran actriz no lo sostenía en la representación que yo vi. No aprecié la profundidad de la obra sino que sentí en mi butaca del Littleton lo que Vargas descubrió extrañado, en su casa, al leer el libreto, tras su conmoción en el teatro. Que el texto "no valía gran cosa, era repetitivo, previsible, con debilidades melodramáticas".

En fin, que me aburrí como una ostra viendo a la Redgrave declamar un monólogo de la desolación que al gran escritor peruano le pareció una "fulgurante interpretación", un "éxito superlativo".

Tras describir mi desencuentro con Vanessa y Mario en el National de Londres, les cuento mañana alguno más.

Pero que antes quede constancia de otra armonía. Escribía Vargas Llosa en su artículo: "Pero probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una gran representación teatral. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más,..."

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Alan Ayckbourn es el dramaturgo más prolífico de Inglaterra en el último medio siglo y acaba de anunciar su jubilación como director del teatro Stephen Joseph, en Scarborough, donde ha estrenado sus obras, muy lejos del West End londinense.



Kevin Spacey es una estrella de Hollywood que se hizo cargo de la dirección de uno de los más viejos teatros de Londres, el Old Vic . Su trayectoria ha recibido críticas templadas, pero ha prometido quedarse otra década.

Spacey ha convencido a Ayckbourn de que renuncie a los derechos exclusivos para la puesta en escena de su trilogía- Table Manners, Living Together, Round and Round the Garden-, que se considera su obra más ambiciosa, y de que le deje montarla en el Old Vic.


Vi hace años, en un teatro delicioso, The Orange Tree, mi primera obra de Ayckbourn, cuyo título he olvidado. Estaba compuesta de sketchs y uno de ellos representaba perfectamente la tragicomedia inglesa.

Las exquisitas maneras y la bondadosa ilusión del grupo de vecinos que organizan la summer fair parroquial- dirigidos por un iluminado reverendo con calcetines y sandalias- van deteriorándose cuando al siempre cambiante clima inglés le da por levantar una brisa, que torna en viento y finalmente en vendaval. Una rápida transición entre niceness y nastiness. Me pareció una pequeña obra maestra.

Reí esta vez en algunos pasajes de Table Manners, sonreí durante la segunda parte y quedé comme çi comme ça al fin de la trilogía. Ayckbourn es un maestro del timing cómico, su comedia camufla una visión escéptica de lo humano- Weltanschaung que no me resulta antipática- y retrata muy bien a los ingleses.

Pero quizás su visión de las relaciones entre hombres y mujeres, en esta obra de 1973, no tiene gran vigencia. Quizás. Spacey ha mantenido desde su primera obra en el Old Vic- Cloaca, de la holandesa Maria Goos - una dedicación a lo cotidiano, pero creo que lo que le atraía de la trilogía de Ayckbourn es el puro artificio teatral. Ha desmontado el Old Vic para presentar la obra in the round.

¡Qué cantidad de buenos actores tiene este país! Jessica Hynes, a quien no conocía, me pareció magnífica en el papel de chica atrapada, inocente, torpe, triste, apasionada,...

Enjoy the weekend.

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El British Film Institute rinde culto a Juliette Binoche. Se muestra una retrospectiva de su trabajo en el cine, que le dio su primera fama en la isla posiblemente por su papel en El paciente inglés. Tuvo un gran éxito, aunque a mí me pareció una película tediosa, qué le vamos a hacer.

En la sede del BFI en el Southbank, se muestra también la serie de retratos en tinta y acuarela que ella ha ido componiendo en sus películas. Son retratos del director y del propio personaje encarnado por la Binoche.

Y se completa este desencadenamiento de la actriz francesa como artista completa con in-i, su colaboración con el bailarín y coreógrafo Akram Khan, que se presenta sobre el escenario del National Theatre.

Son 75 minutos de arte híbrido. Hay fragmentos declamados de relatos posiblemente autobiográficos de ambos protagonistas, música y, por su puesto, danza. Todo desplegado en torno a un muro, el que eternamente pone límites a la persona, dificulta el amor, las relaciones entre los sexos, el tema de esta obra. Ese muro de texturas cambiantes está aquí diseñado por Anish Kapoor.

Es admirable que una actriz de 44 años se arriesgue a ofrecer un espectáculo de danza tras un rápido aprendizaje. Y digno de respeto artístico que dos figuras consagradas se atrevan a presentar el resultado de un diálogo sobre la vida con los lenguajes de la danza y la actuación, el balance de armonías y rechazos de sus pieles y de sus almas, de dejarse caer juntos hacia el abismo para descubrir si en realidad está allí el cielo.

Hay momentos emocionantes y logrados y otros en los que cabe dudar sobre si uno no está asistiendo a algo banal, pero revestido con polvo mágico de las estrellas. El lunes, los hinchas se pusieron en pie al terminar la pieza para decir sus bravos e incitar a la euforia; la gran mayoría del público fue cálida pero contenida. La tercera salida a escena fue coreografía; con dos hubiesen satisfecho el afán aplaudidor del público hacia esta Binoche tan locuaz y tan generosa y hacia su colega.

Recorrerán medio mundo con su espectáculo.

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29 Jul 2008

Voces (3)

Este blog se toma unas semanas de vacaciones.

Que ustedes lo pasen muy bien y, cuando se desconecten del ordenador, disfruten con la lectura del periódico. Mónica Bergós les contará las noticias de Londres.

Les dejo con un post largo y espero que deleitoso, la voz de la actriz, Judi Dench, en esta entrevista con Richard Eyre, que la ha dirigido recientemente en 'Diario de un escándalo ' o en 'Iris '. ¿Qué le empuja?, le pregunta Eyre en un momento de la entrevista. El temor a que no me llamen más, contesta Dench.

Hasta la vuelta.

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UNA. Hace unos días colgué un post con el texto que no había entrado en el periódico de una entrevista con Nigel Lawson, autor de un libro- An appeal to reason- que analiza la economía de la gran alarma climática. Lord Lawson me envía una nota contándome que la editorial Gota a Gota, de la Fundación FAES, va a publicar el libro en español en la próxima primavera.

Quedan advertidos. Se acerca la contraofensiva de los simpatizantes de un ciudadano injustamente maltratado por el periodismo y la política falaces: aquel primo de Rajoy, profesor universitario, que no estaba de acuerdo con esa apabullante mayoría de los firmemente convencidos de que el clima también nos va a matar.

DOS. Jeremy Irons en 'Never so good'. Es una recreación de la vida de Harold Macmillan, el ex primer ministro británico. Margaret Thatcher y lo que vino con ella fue, en parte, una reacción contra gente como Macmillan: el péndulo tory.

Comienza la obra con Irons, en el papel protagonista, narrando desde el proscenio los primeros pasos de su vida, que se despliegan en el escenario.

Al principio, el público creyó que era el sonido de un móvil; luego, de algún localizador. Pero siguió sonando, varios minutos. Irons se hizo cargo del asunto. Sin salir del personaje y con la voz supuesta del viejo Macmillan envuelto en reminiscencias, dijo algo así:

- Desde hace ya un rato se oye un agudo pitido en la sala. Alguien ha debido dejar un desfibrilador en su bolsa. Por favor, que lo apague y así podemos seguir tranquilos.

Ovación del público. Sigue la obra. El sonido también sigue imperturbable y al cabo de un buen rato el pitidito agoniza y se extingue.

Al final de obra, Irons, notorio fumador, tose varias veces. Una, dentro del personaje, creo yo. Otras dos, gratis. Tiene una dicción extraordinaria y en este papel hay ecos entre su porte estoico y la personalidad de Macmillan.

TRES. ¡Cómo han mejorado las cosas en Irlanda del Norte y mi vida profesional como consecuencia de ello! Hace unas semanas, asistimos a la despedida de Ian Paisley y a la formación de un nuevo Ejecutivo autonómico. Pero, tras la pompa, la verdad del Ulster. El Ejecutivo no se ha reunido aún. Unos dicen que lleva un mes sin reunirse. Otros, que lleva casi tres, que la cosa ya venía de antes. Los ministros no se aguantan. Viejos rencores. Y no hay artículos sobre tan extraño caso en la prensa británica. A nadie le importa mientras no haya tiros.

Mis jefes en el periódico siempre han combatido mi pereza para escribir tánto como hemos publicado sobre las cosas norirlandesas: "Tú allí no te das cuenta, pero aquí a la gente le interesa mucho".

Tanto insistir, acabé aprendiendo algo. Mañana me voy de vacaciones- do not cry yet, dejaré un gran post de mi adorada como despedida- y esta vez las necesito. El pasado agosto lo pasé encerrado aquí, escribiendo mi parte de Talking to terrorists, Making peace in Northern Ireland and the Basque Country. Escribirlo en inglés ha sido una big challenge. Está escrito con dos tipos muy listos, John Bew y Martyn Frampton, y lo publicará Hurst en el principio del próximo año. Inshallah.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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