Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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Relata Primo Levi en 'Si esto es un hombre' un sueño común a supervivientes de los campos de concentración. Intenta contar su historia pero nadie quiere escucharle, el auditorio se pone en pie y se va.

El psicoanálisis, que tengo por una teoría interesante de la experiencia humana, ha ofrecido de nuevo una interpretación de ese sueño que me parece atractiva por ser tan dialéctica, por combinar los opuestos, el sí y el no. Janine Chasseguet-Smirgel sugiere que ese sueño no trata exclusivamente de audiencias sordas e insensibles sino de la incredulidad del propio superviviente ante lo que le ha tocado vivir.

Mirar hacia atrás es peligroso cuando uno ha sufrido un gran trauma, decía Levi en el coro de todos aquellos que se han asomado con un poco de inteligencia al alma humana.

En "Postponing trauma: The dangers of telling" (Posponer el trauma: los peligros de contarlo), que he leído en la revista del Institute of Psychoanalysis, Rachel Rosenblum narra diferentes experiencias de analistas con pacientes cuyo trauma- la pérdida de familiares, su propia supervivencia, su participación activa como responsables gubernamentales en los campos de exterminio,...- ocurrió en la Shoah.

Lo leí con prejuicios y me sirvió para confirmarlos. Me parece evidente que no hay discurso único de las víctimas, aún menos que se pueda decir algo en su nombre, y que los supervivientes de grandes traumas adoptan estrategias vitales muy variadas.

Los casos que analiza Rosenblum van desde la autodestrucción inmediata como efecto de estrategias 'curativas' de promoción de la verdad hasta la aceptación del pasado omitido mediante el refuerzo, por el analista, de la ficción sobre la que se construyó la supervivencia. Hay entre estos dos desenlaces una inevitable variedad de colores.

A todo lo que puede aspirar la política es a la provisión de estructuras de asistencia que servirán para unos afectados aunque no para otros.

El impulso elemental del discurso público, de la política, es sin embargo su utilidad para los vivos, con su inagotable capacidad de incorporar todo lo que les convenga para vivir mejor. No se trata en la política de indagar en los pliegues de la memoria personal de la viuda o del torturado sino de manipular abstracciones, como la ofrenda del lamento oficial por Cameron sobre Bloody Sunday.

Dice Rosenblum en su artículo que algunas de las narraciones más emocionantes sobre la Shoah son falsificaciones u obras de ficción que se han leído erróneamente como testimonios. Y que, mientras autores que han recurrido a la imaginación han ofrecido muy buenos relatos, textos escritos por testigos reales recurren a menudo a 'técnicas de defensa', usar, por ejemplo, las palabras de otros o incluso cambiar de idioma, comunicar mediante imágenes que el autor simplemente anota o refugiarse en teorías abstractas.

Mi avance por la memoria histórica en Irlanda del Norte no se detiene por eso en la experiencia traumática de las víctimas, en cómo debe este tipo de política satisfacerlas, porque creo que no puede hacerlo y que a las víctimas directas se les debe una consideración distinta.

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Eramos cien y el concierto empezó a las diez de la noche. Era algo inusual. Cuatro buenos músicos y Bettye deambulando por su repertorio, evocando también sus tiempos más difíciles. Su voz ha perdido versatilidad, pero aún se empeña en salir al escenario con unos zapatitos de tacón agudo. Fue una hora espléndida de concierto, incluso cuando las versiones no eran buenas. Recogimos los pedazos, como ella nos aconsejó, y nos fuimos dulcemente a casa.

Bettye Lavette - Somebody pick up my pieces

Enjoy the weekend.

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Hace unos años acompañé como traductor a un grupo de víctimas de ETA en una visita a Irlanda del Norte.

Nos vimos nada más llegar con un policía del Equipo de Investigaciones Históricas. Indaga en los crímenes no resueltos y presenta a los allegados de los fallecidos o a los supervivientes de atentados un informe sobre las circunstancias, sin que de esa investigación se pueda derivar la apertura de casos judiciales.

La renuncia a llevar esa información a la justicia es consecuencia inevitable del indulto general a los presos terroristas en el proceso de paz.

Pero al mismo tiempo se trata de satisfacer a las víctimas y el policía norirlandés- que explicaba estas cosas al grupo vasco un domingo, porque era el único día que podía recibirles y él realmente quería reunirse con ellos- les dijo que su nivel de éxito era alto. Entendía por éxito que los allegados considerasen el episodio más o menos cerrado.

Uno de los vascos- cuyo padre fue asesinado por ETA- le preguntó algo parecido a esto, breve y claro:

- Usted nos dice que ha trabajado como policía unos treinta años y al mismo tiempo parece decirnos que no hay diferencia entre la verdad y la justicia.

El policía repuso:

- He trabajado treinta años como policía y no sé qué es la justicia, pero sí sé qué es la verdad.

Lo recordé ayer cuando oí en la radio algo insólito, los vítores y aplausos de una población nacionalista del Bogside de Derry a un primer ministro británico.

Escuchaban, como yo, el discurso de David Cameron ante el Parlamento británico tras la publicación del informe Saville sobre el Domingo Sangriento de Derry, en 1972.

Se demostraba, dijo Cameron, que lo sucedido- la muerte de trece civiles desarmados por fuerzas de Su Majestad- era 'injustificado e injustifcable'. Y dijo, "en nombre del Gobierno y del país", que lo lamentaba profundamente. Entonces oí, se oyeron, los vítores y la ovación.

El informe ofrecía la verdad y el primer ministro el rito del lamento oficial, equivalente en una traducción posible a nuestra petición de perdón.

En aquella visita de la que hablaba conocí a alguien admirable, Alan McBride. Una bomba del IRA en una pescadería de Shankill Road, en Belfast, mató a su mujer- madre de su hijo- y a su suegro. Era el comercio de la familia. Murieron nueve personas. Era octubre de 1993 y dos meses después comenzó el proceso de paz.

Alan inició un peregrinaje para denunciar la hipocresía del proceso, para saludar desde las aceras a los ahora aceptados dignatarios del Sinn Fein al grito de 'asesinos'. Hasta que un día, tras intervenir en un coloquio, creo que fue en Edimburgo, alguien importante del Sinn Fein que estaba allí se acercó a él después y le dijo: lo siento mucho.

Alan contaba que el hecho de que alguien de ese mundo le expresara su lamento sin condiciones ni contextos, sin prolijas y rebuscadas justificaciones, cambió las prioridades de su vida.

Quiso dar a su hijo un horizonte distinto, sin amargura, y desde entonces trabaja con niños de barrios duros, en los distritos sectarios de Belfast, eliminando barreras. Vimos los cuadros que pintaban esos niños bajo la tutela de Alan.

¿Verdad y lamento tienen más poder de curación que las togas de manga ancha de los jueces y las noches del asesino en la celda de una prisión? ¿Podemos realmente curar las heridas que causa quien ha matado a tu padre o a tu hijo? ¿Tiene la política algún papel en todo eso?

Me apetece divagar unos días sobre cómo se tratan estos asuntos de la memoria histórica en Irlanda del Norte.

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El cielo es quizás, como dice la canción que cuelgo abajo, un mar sucio. Así luce a menudo en Belfast, donde la pasada semana se podía pasear en las mañanas por la ribera del río Lagan y en las tardes se oía el impacto persistente de un diluvio sucio en las ventanas del tribunal.

No suelo reservar el mismo hotel en el que antes me hospedé en ninguna ciudad. Me parece que los viajes incitan al azar, a caer en cualquier lugar y entretenerse en cómo se ve el mundo desde allí. Pero, en Belfast, en donde estuve muchos días en aquellos años, elegí un lugar. Es la frecuencia- en la biografía, la edad- la que transforma la curiosidad en orgullo.

Los periodistas de mi tiempo iban al Europa, porque era, junto al Commodore de Beirut, un lugar en el que de vez en cuando explotaban bombas y hay un tipo de periodista al que le atrae más conocer qué formas adoptará su alma ante el descalabro y el miedo que entender y contar parcelas de lo que ocurre ahí fuera.

En el exterior del Europa había una cabina en la que te sometían a un control de seguridad y algunas habitaciones tenían ventanas de ocume. Dormías bajo el runrún de los helicópteros que sobrevolaban perpetuamente la ciudad y despertabas en la mañana con el cuerpo dispuesto para el andar vigoroso y el destajo.

Pero algún día decidí cambiar de hotel. Y me hospedé regularmente en el Renshaw's, porque el Europa pretendía ser lujoso y estaba en el centro de la ciudad, en Great Victoria Street, y me pareció que la vida transcurría allí en una burbuja poblada por VIPS y plumillas con ambiciones de guerra. Mi nuevo hotel estaba en University Street, en el sur, el distrito con más mezcla étnica en la región.

Era frecuentado por estudiantes de la universidad de Queen's. Las recepcionistas me conocían y me daban la 102, que era una suite vieja pero estupenda, con un gran ventanal. Pero el hotel montó una discoteca para aumentar la caja y la música retumbaba hasta la madrugada.

Dejé de ir después de que un día, a las tres de la mañana, me despertase el follón que había en la calle. Algo había ocurrido al cierre de la discoteca y los estudiantes, cuya presencia sentía hasta entonces como grata humanidad cotidiana, se peleaban con la policía bajo mi suite de mercachifle. Gritaban 'up the ra', viva el IRA.

Reservé esta vez una habitación, 49 libras la noche, ¡mercachifles al poder!, en un nuevo hotel que no conocía de una gran cadena en University Street y al llegar descubrí que lo han levantado sobre el viejo Renshaw's. Pedí a la recepcionista el número de mi habitación de siempre y me dio la 402. Que estaba muy bien, aunque no era lo mismo.

Iba a desayunar a un café popular, nuevo, al final de la calle, donde obreros de la construcción comían salchichas con las botas puestas y jóvenes estudiantes ingerían proteínas de oferta mientras leían la prensa gratuita local, donde a la hora de desayunar no tenían pan y donde el cocinero diseca omelettes con todo su afecto.



© Copyright Aubrey Dale and licensed for reuse under a Creative Commons Licence.

De alllí, por Ormeau Road, donde vi barbaridades sin cuento, me iba hacia el río y por el paseo de la ribera hacia el encuentro con el caso De Juana, a quien su abogado llama 'Huana' y el fiscal con su segundo apellido, que pronuncia 'caos'.

De los buenos momentos que pasé estos días en una ciudad que asocio a la amargura, elijo una conversación con dos colegas avanzada ya la noche, cuando salíamos de uno de los pubs, el Duke of York, que ahora han recuperado las veladas en torno a la música tradicional irlandesa, contra la que los más listos de mi generación se rebelaron y que los más listos de las generaciones de ahora cultivan, en el eterno ciclo del sí y del no en el que inapelablemente vivimos.

Cuando estallaron en 1969 los 'troubles', cuando Irlanda del Norte sufrió lo que un interlocutor de estos días, un líder de lo que ahora llamamos 'republicanos disidentes', definió en nuestra charla como una erupción, Gerry Adams era camarero del Duke of York.

Con un amigo ilustre, en el curso de una buena cena, estuvimos de acuerdo en que, entre los deseos y frustraciones variadas que agitan la vida de cualquiera, el 'eros' de Adams- cuyo 'tánatos' conocemos detalladamente- era entonces y lo es hoy aunque ya en quiebra, el de ser, el de haber sido, un hombre de letras .

Les contaré estos días algunos detalles del caso De Juana, aquella conversación nocturna y mis divagaciones sobre este asunto.

Ruper Ordorika. Martin Larralde.

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Ayer se presentó en Belfast el informe final de la Comisión de Consulta sobre el Pasado. Puede leer o descargar el informe aquí.

Creo que la comisión fue creada porque el Gobierno británico no podía ya abrir nuevas y muy costosas encuestas judiciales sobre episodios del pasado, como el Domingo Sangriento de Londonderry. El Sinn Fein-IRA pedía la apertura de esas encuestas en lo que pearecía ser un intento de justificar retrospectivamente sus actividades. Es decir, el asesinato sistemático en una sociedad democrática de civiles y miembros de las fuerzas de seguridad.

Durante la presentación del informe hubo protestas de familiares de víctimas del IRA, a los que parece monstruosa especialmente la 'equivalencia moral' de una de las propuestas: que se de un 'pago de reconocimiento' a la persona más próxima a todos los que murieron, incluyendo a los allegados de miembros del IRA o de los grupos del terrorismo lealista.

Salvo que a uno le baste el maniqueísmo, es evidente que en un conflicto como el de Irlanda del Norte no existen en todos los casos el blanco y el negro. No me parece tan terrible como a algunas víctimas del IRA- sé que es muy fácil decirlo cuando uno no ha sido afectado- que se reconozca el sufrimiento de la viuda o los hijos de un miembro de un grupo terrorista.

Pero el dilema es serio. Unos murieron en enfrentamientos. Otros, en actuaciones de las fuerzas del Estado de más que dudosa legalidad. Algunos, mientras preparaban un crimen con una bomba que les explotó. Que la viuda del asesino muerto y del asesinado reciban el mismo 'pago de reconocimiento' indigna a algunos, aunque no a todos. Lo que más me sorprende es que los comisionados hayan traducido la demanda de reconocimiento de las familias de los muertos como el pago de una cantidad de dinero.

El informe contiene un abanico de propuestas, algunas interesantes y otras que no lo son tanto, y utiliza un lenguaje que en el contexto vasco y español suena horrible. Es una prueba adicional, en caso de que fuese necesaria, de que en Irlanda del Norte han ocurrido cosas y se han tomado iniciativas cuyo conocimiento nos interesa, pero que trasladar la experiencia a nuestro caso es absurdo. No parece que los intentos de trasladarla, que siempre han sido parciales y que han fracasado, tengan gran importancia; simplemente, no ocurrirá.

En los últimos años he comprobado el malestar, o la desesperación, que causa entre gente de allí, entre algunas de las personas por quienes más afecto siento, la tergiversación de lo ocurrido como consecuencia de la política del proceso de paz.

Una ilustración. Gerry Adams ha pretendido, en alguna entrevista publicada en la prensa española, que fue un miembro activo del movimiento de derechos civiles que, en los años sesenta, buscó pacíficamente, con la inspiración de Martin Luther King, la igualdad de católicos y protestantes.

Es parecido a la invocación por ETA del antifranquismo, una farsa grotesca, repugnante cuando la formulan los liberticidas.

La realidad es que el primer paso de Adams en la política fue ingresar en el IRA, al que había pertenecido buena parte de su familia, y que el balance más positivo que puede hacerse de su liderazgo es que ha sido capaz de guiar al movimiento republicano en su conjunto a la política. A lograr, tras causar tánta muerte y destrucción, varios ministerios en una estructura constitucional que con gran probabilidad se podía haber alcanzado por vía pacífica en el momento en el que él abrazó la violencia.

En conversaciones con mis amigos de allí he argumentado, sin gran seguridad, que, como ocurrió en la transición española- cuando franquistas, izquierdistas de traca, indiferentes y unos cuantos, muy pocos, avanzados, nos despertamos como demócratas de toda la vida-, la necesidad inmediata dicta una moralidad pragmática.

Los niños de hoy no se educan en Irlanda del Norte con el parte aberrante de los muertos y calamidades de la víspera. Eso debe ser celebrado. Aunque se asiente sobre formas variables de mentiras.

La gente de Irlanda del Norte discute acaloradamente sobre la memoria histórica. Discutir acaloradamente sobre el pasado no constituye un ideal, pero aún asi es mejor que vivir en un país gobernado por dictadura o bajo las sacudidas del crimen.

No estoy seguro sobre mis argumentos, pero estoy convencido de la importancia de la tarea de los buenos historiadores, que construyen el canon, siempre cambiante, sobre lo que en realidad ocurrió. Y que van dando forma lenta y hondamente a la visión que una sociedad tiene de sí misma.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres, la ciudad en la que vivo. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Ainhoa Paredes, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Para explicar nuestro trabajo, me amparo en el recuerdo de un aforismo de Karl Kraus- "No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista"- y en la confesión de Pío Baroja: "Tengo normalmente la preocupación de desear el mayor bien para mi país; pero no el patriotismo de mentir".

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