Iñigo Gurruchaga

La vida en Londres

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Decía Toni Nadal el sábado que cuando llegó con su sobrino por primera vez a Wimbledon a competir en el torneo junior iba ilusionado, pero un colega del tenis- no anoté su nombre y no lo recuerdo ahora- le dijo que era el torneo que menos le gustaba.

Wimbledon era el que más gustaba a Toni Nadal y cuando llegó al All England Lawn Tennis and Croquet Club quedó maravillado por el verde de la hierba, de las pistas de hierba, que no había visto nunca. Pero empezó a llover y pasó buena parte de la semana encerrado a la espera de que se pudiese jugar. Entendió entonces por qué la gente odiaba el torneo de Wimbledon.

Cuando no llueve, como este año, la hierba se deteriora más en el fondo de la pista. Quizás algún jardinero entre los millones de jardineros que se suben a este globo podría explicarnos la bioquímica y biofísica de la cosa.

Los organizadores cubren las pistas con lona cada noche, a pesar de que los pronósticos no digan que lloverá. Imagino que lo hacen para retener la humedad. Pero, más especulación, es posible que con menos humedad que la natural la tracción de las suelas de las zapatillas deportivas arranque más hierba porque este año, tan seco, las pistan estaban muy peladas. ¿Disparatada hipótesis?

A medida que pasan los días hay por tanto un sentimiento de decadencia, de que las pistas pierden su inmaculado verdor.

También está la cuestión de las normas. Los ingleses critican a los alemanes por su rigidez pero son grandes inventores de normas, que toman con seriedad y cumplen con escrúpulo. Desde la etiqueta de las vestimentas adecuadas para cada ocasión hasta la planificación de pasos ceremoniales de tal modo que cada acto sea lo más parecido al que se dio el año pasado y el anterior y el anterior, los ingleses son grandes creadores de ritos.

La convivencia entre ingleses puede producir claustrofobia a quien le cohíban esas cosas. Los Nadal, que son gente muy lista, no se han sentido oprimidos por esas exigencias, las han conocido, las han aceptado y sobre ellas han desplegado su estilo. El inglés es en su interior un suizo con vocación bélica. Por eso, Federer se ha sentido aquí como en su casa.

La razón por la que el público británico adora a Rafael Nadal es que estos extranjeros han entendido bien lo que se les exige y también que no se les exigía comportarse como si fuesen lugareños de toda la vida. Son lo exótico- el sexo aquí es importante- felizmente integrado.

Lo tienen más fácil que los inmigrantes porque pasan quince días y ya está, pero creo que es una de las claves para entender por qué Nadal ha sido el español que con más nitidez- no olvidemos a Manuel Santana- ha domado el miedo escénico que da la pista central y todo lo que la acompaña.

He visto a gente que ha llegado aquí, a trabajar un tiempo, en los negocios, en la diplomacia o el periodismo, con tal complejo para integrarse que pretende ser más British que los British en el idioma o el estilo y logran o bien convertirse en el hazmerreír, siempre discreto, de los lugareños o entablar camaradería sólo con los más atontados y cursis de la población local.

Y cuando uno llega sentando doctrina y con ganas de cambiarlo todo ha de resignarse a vivir entre quien piensa igual, porque los demás le percibirán, discretamente, off course, como un necio o un fanático.

Macy Gray. I Try.

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Una vez, cuando tardíamente me estaba haciendo un nombre y un hombre, pude entrar como socio en la mafia de las apuestas en Yakarta, pero me dio pereza.

Escribí a Míster Chu porque buscaba en un anuncio alguien que escribiese en inglés artículos de fútbol europeo. Yo de fútbol europeo sé más bien poquito y escribo en inglés con faltas, pero los churumbeles gritaban en la noche que tenían hambre y tiré palante.

Por aquel entonces también me llevaron a escribir cosas variadas a unos Juegos Olímpicos y para mi sorpresa Míster Chu me citó en el exterior del centro de prensa de los Juegos, porque él también iba.

Cuando salí, vi al Míster con dos gorilitas indonesios cubriéndole las espaldas y le tendí la mano. Pero él se acercó con más brío e intentó meterme un fajo de dólares en el bolsillo. Retrocedí y le dije que nunca cobro por adelantado.

En realidad, estaba aplicando la lección que aprendí de Kim Philby, que, en su memoria de espía, escribía que no hay cosa que más fastidie a los jefes de espionaje que un tipo que no cobra. Porque ya saben que va a hacer lo que le da la gana.

Total, que Míster Chu se quedó tan cortado como prendado de mi sin par simpatía. Quería información sobre equipos de fútbol, porque en las casas de apuestas de Yakarta se juega un pastón en partidos de todos los países y competiciones. Quedamos citados un par de días después.

Mi especialidad en el periodismo es el refrito, el cortar y pegar, así que le llevé unos dossiers del equipo que le interesaba sin nada original. Míster Chu me preguntó si un jugador estaba lesionado y si conocía al árbitro. Los pipiolos que le acompañaban me miraban quizás con desprecio, quizás con conmiseración. Tenían claro que el jefe estaba perdiendo el tiempo con un inútil.

Pero Chu me llamó en vísperas de la final. Amasé papeles y fui a la cita. Me dijo que no le interesaba la final, que yo le traía tácticamente muy bien razonada, sino la que se disputaba por el tercer y cuarto puesto. Me preguntó si conocía a un jugador de uno de los equipos. Yo no había oído su nombre en mi vida. Me fui a la oficina sabiendo que había perdido otra oportunidad de convertirme en un hombre de provecho.

Antes de marcharme de aquella ciudad, eché un vistazo a lo que había pasado en la final del tercero y del cuarto y vi que el jugador por el que se había interesando mi amigo, y casi socio, tiró fuera un penalti.

Investigar si aquel partido fue comprado por la mafia de las apuestas en Yakarta hubiese sido un trabajo interesante, pero a ver quién convence a su jefe en provincias de que le de mucho dinero en adelanto, porque tiene una tenue pista para investigar si un tipo con nombre impronunciable tiró un penalti en un partido entre dos equipos de naciones en dos continentes remotos con un patadón deshonesto.

Míster Chu me llamó a casa tras los Juegos y le dije que su negocio me daba pereza, porque no tengo talento para tratar con centrocampistas o árbitros corruptos. Me dijo que siempre le entretenía hablar conmigo y que me enviaría un regalo.

Al cabo del tiempo, recibí por correo dos estupendas camisas con floridos estampados y una nota de Míster Chu que me daba las gracias y me decía que las tratase bien, que eran camisas de gala en su país. Aún las conservo.

Cuando las casas de apuestas en Yakarta, por ejemplo, andan metidas en la compraventa de partidos de fútbol, es difícil investigar de manera fiable cómo se compran y venden competiciones deportivas en cualquier lugar del mundo globalizado.

Digo esto porque el otro día vi un partido de tenis en Wimbledon con la sospecha de que uno de los jugadores lo tiró voluntariamente. Fue una trama que, si es verdadera, tenía sofisticación, por la manera enrevesada en la que el tenista mostró su poder, lo frenó y finalmente lo regaló.

Terminó la cosa muy apretada, con un último juego en el que mi sospechoso hizo dos dobles faltas: la última, en el último punto, con un segundo servicio tan fuerte como el primero, y ambos fuera.

No creo que nadie pueda probarlo. Y, si un día lo investigan y lo juzgan, yo en su caso contrataría a un abogado que plantease al tribunal, para empezar, qué ley obliga a un tenista a ganar su partido.

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Estas malas fotos son del nuevo teccho plegable en la Pista Central de Wimbledon. No pude acudir a su estreno hace unas semanas, así que me acerqué ayer, en el primer día del torneo.

La primera foto es del techo cerrado durante el torneo en el que se inauguró, el pasado mayo. La foto la he tomado prestada de la página web de la empresa fabricante, Street CraneXpress, de Sheffield, que está especializada en grúas industriales, aunque ha hecho otras; por ejemplo, para mover atrezo en la Royal Opera House.

Como ven, se trata de un techo de tela plástica, plegable y translúcida, que se extiende sostenida por diez bastidores deslizados sobre dos raíles en los tejados laterales.

Como había que construirlo en un solar tan comprimido como es el All England de Wimbledon, se descartó la construcción de un techo plano y extendible desde ambos lados. La consecuencia es que esta estructura pesa mil toneladas, mientras que el techo de Wembley, construído por la misma empresa, pesa trescientas.

Ahora, hace falta que llueva, Dicen que el árbitro decidirá cuándo se debe cubrir la pista, pero hay dos versiones. Una es que se cerrará al saber que viene lluvia, la otra dice que se hará cuando empiecen a caer gotas. La cobetura completa de la pista lleva ocho minutos y hay que esperar otros veinte para crear el microclima adecuado.

Hay un sistema de iluminación sofisticado- de pantalla de televisión de alta resolución, dicen- y también de absorción de la condensación.

No se ha divulgado el coste, pero posiblemente es rentable, porque ahora las televisiones podrán mostrar los partidos en esta pista pase lo que pase con el clima, siempre tan variable, de Londres.

La BBC dice que caerán chaparrones el viernes.

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04 Jul 2008

¡Vaya gazapo!

"Tras la eliminación de Anabel Medina y Virginia Ruano por las hermanas Williams(6-1,6-4), quedan en octavos Nuria Llagostera y María José Martínez. Juegan hoy en la Pista Central contra las americanas hemanas Bryan, cabezas de serie número uno".

Así decía la crónica que escribí desde Wimbledon el pasado lunes y que se publicó el martes en el periódico. En realidad, los Bryan son dos maromos americanos y sus rivales eran otros dos hombres españoles, Marcel Granollers y Santiago Ventura.

Para celebrar tan colosal gazapo, música, por favor. Evocando otro gazapo, común, y también relacionado con el tenis: confundir a Patty Smyth, mujer de John McEnroe, con Patti Smith.

Si hay que elegir entre las legendarias rabias de McEnroe hacia los árbitros- You must be joking!, era su queja habitual que le dio el título de su autobiografía- y la ira santa de Smith- Jesus died for somebody's sins but not mine, el primer verso de Gloria- es juego, set y partido para la poética, of course.


Enjoy the weekend.

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El segundo personaje de la serie es un visitante habitual de Londres. Acude anualmente al torneo de tenis de Wimbledon. Hace unos días colgué aquí un post en el que le retrataba como espectador inconfundible en el palco de la prensa de la Pista Central.

José María Guimaraens es el corresponsal de la agencia Colpisa en el circuito internacional del tenis.

Nació hace 74 años en La Coruña. Su padre era capitán de artillería del Ejército y secretario de la Jefatura Superior de Policía y, como su madre, aficionado al tenis. Jugaban en la pista de tierra batida del Casino Sporting, la única que había entonces en la ciudad. La preparó un jardinero de Vilaboa, al que 'Guima' describe como gran experto en tierras, que endureció la base pidiendo a los niños que jugasen al fútbol sobre ella.

Recuerda que se aficionó al tenis viendo a Jaume Bartrolí, posteriormente uno de los rostros pioneros del tenis español en televisión, como capitán de los equipos de la Copa Davis, que formaban Santana, Arilla, Gisbert, Couder, Orantes,...

Empezó a jugar en infantiles, ganaba a todos y le integraron con los adultos. Quedó subcampeón del club. "Me faltó un poco de..."


Empezó a llevar a los periódicos notas con los resultados de los partidos del club, se enteró el presidente de la Federación Gallega de Tenis y entró en la federación. Había sacado unas oposiciones para entrar en el Banco de Coruña: "Era un chico de 17 años y tenía pasta; ya no quise más y ése fue mi error", dice ahora.

Entró en Radio Juventud como locutor y comentarista deportivo. Viajó por toda España siguiendo al Deportivo. El largo recorrido en coche por aquellas carreteras tenía una parada ineludible en el Mesón Juan Manuel, de Tordesillas, donde la expedición pedía invariablemente perdiz. Recuerda con humor mil anécdotas, como aquel día en el que el colega Caparrós pinchó la perdiz recién servida, se escurrió en el plato y le arruinó el traje.

También organizó los primeros torneos internacionales de tenis de La Coruña. Un año le informaron que Franco quería ver a Manolo Santana, que jugaba la final contra el sudafricano Bob Hewitt. Cuando llegó El Caudillo, sonó la Marcha Real y Hewitt, enojado de que perturbasen su calentamiento, comenzó a tirar pelotazos al aire. Un ayudante de Franco le dijo a Guimaraens: "O para de dar pelotazos o lo llevamos detenido". Santana convenció a Hewitt, que luego jugó fatal.

Empezó a compaginar el trabajo en la radio con el del periódico La Voz de Galicia, al que se dedicó en exclusiva desde 1969. Se jubiló anticipadamente en el banco y la agencia Colpisa le propuso convertirse en su corresponsal para el tenis.

Tras cerca de veinte años recorriendo el globo- acudió a un Abierto de Estados Unidos, le pareció brutal la humedad y el bullicio y no ha vuelto- recuerda como mejores tenistas a los australianos Laver, Roach, Rosewall, Newcombe; a Federer, por supuesto; como extraordinarias las victorias en París de Arantza Sánchez Vicario y de Michael Chang.

- ¿Por qué no hubo grandes tenistas gallegos?
- Muy fácil. Porque la gente que se dedica allí no se atreve a salir y no tiene apoyo.
- ¿Por qué los jóvenes tenistas españoles juegan bien ahora en Wimbledon?
- Porque hay un colectivo de muy buenos entrenadores detrás.
- ¿Quien ganará Wimbledon este año?
- Rafael Nadal.

Su pronóstico fue anterior a la victoria de ayer contra Andy Murray.

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30 Jun 2008

Sufrir en Wimbledon

It is a nasty job but someone has to do it.

El primer paso hacia el tormento es conseguir la acreditación.

Cuando recoges la acreditación, los organizadores te entregan una bolsa- su diseño cambia cada año- en la que incluyen un Media Handbook sobre formas de acceso a las pistas o servicios disponibles para a la prensa, y un libro que compendia la historia del torneo e informaciones sobre el tenis profesional.

Al llegar al centro de prensa,

los periodistas acreditados tienen asignado un cubículo.

Hay una conexión de banda ancha, teléfono (más conocido como el timo de la estampita por sus absurdos precios, cuando la conexión ofrece la posibilidad de usar Skype), una televisión que ofrece en sus canales las imágenes de los partidos que se juegan en las 19 pistas, cuadros de marcadores simultáneos y las conferencias de prensa que dan los jugadores al terminar sus partidos. Y una estantería para guardar la apabullante documentación que ofrece la organización sobre cada jugador y cada partido. La documentación se recoge en estas casillas.

Absolutely terrible, innit? Bueno, que los optimistas tengan en cuenta que les puede tocar entre un colega que se duchó por última vez en el Open de Australia y una pareja de pipiolos goffamente inamoratissimi que les hagan sentir el súbito deseo de convertirse en corresponsal de guerra. Pero el más básico derecho humano es el derecho a marcharse (Baudelaire dixit).

Al restaurante de la prensa, por ejemplo. Éstas serán las vistas mientras almuerzan.


¿Que no debo quejarme? ¡Pero, bueno! La comida que allí se sirve es a menudo un típico potingue inglés. Aunque la ensalada es razonable. Y las servilletas, con sus ribetes verde y morado, ¡oh, Wimbledon!, le hacen a uno sentirse ya en batín y en casa.


¿Cómo escapar de tal sufrimiento? El último refugio es la Pista Central, donde el partido también está que arde. Así se ve la pista desde el palco de la prensa.

Los más osados entre ustedes ya se preguntarán: ¿pero este hombre es incapaz de sacar una buena foto? ¿cómo puede sacar una, nada más y nada menos que de la catedral del tenis, donde lo más llamativo es un sombrero?

Se equivocarían esta vez los malhablados. Porque este gorro es una de las grandes tradiciones de la Pista Central. Y su portador me ha prometido que esta semana se dará la vuelta y contará su historia a los bienvenidos visitantes de esta cosa que llaman blog.

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Sobre este blog

Nací en San Sebastián y disfruto ahora en el viaje interminable por Londres. Cuando estoy ocupado o de vacaciones, una colega admirable, Lourdes Gómez, cubre también la corresponsalía de los diarios regionales de Vocento. Soy coautor de 'Tormenta del Desierto'(1991), sobre la primera guerra en el Golfo, donde trabajé como corresponsal en Bahrain y Arabia Saudí, y, con John Bew y Martyn Frampton, de 'Talking to Terrosists' (2009), que fue incluido en la lista del Global Thinkers Book Club por la revista Foreign Policy en diciembre de ese año. Soy autor de 'El Modelo Irlandés' (1998), reportaje sobre el proceso de paz hasta la firma del Acuerdo de Viernes Santo, y de 'Scunthorpe hasta la Muerte' (2010), basado en el el itinerario de Alex Calvo-García en el fútbol inglés.

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