Presidencia

¿Para qué sirve presidir Europa? ¿Se trata de un momento astral en la vida política de un líder, como pretendía meses atrás una destacada dirigente socialista? ¿Acaso aporta a los responsables políticos algo más que la oportunidad de aparecer constantemente en los telediarios, hablando de cosas distintas que las muy enojosas de la vida política nacional? ¿Presidir Europa es sinónimo de dirigir Europa, como algunos responsables políticos nacionales están dando a entender estas últimas semanas?

El episodio de las sanciones a los socios de la UE que no sean capaces de dar cumplimiento a los objetivos económicos que establezca en su momento si los establece- la futura Agenda 2020, que sustituirá a la inoperante Agenda de Lisboa, ha puesto de manifiesto una enorme confusión, incluso entre las filas gubernamentales, sobre lo que significa presidir Europa.

Las presidencias semestrales de la Unión Europea tienen primariamente la responsabilidad de asegurar que el Consejo de la UE funciona. Eso, que parece una obviedad, no lo es tanto: la institución que sienta sus reales en Bruselas frente a la Comisión, al otro lado de la Calle de la Ley, carece de la infraestructura necesaria para sacar adelante la agenda de la UE. ¿De qué se nutre esa agenda? Pues, esencialmente, de todo lo que Europa ha decidido hacer y no ha puesto en marcha todavía: el reparto entre los Estados miembros de los sacrificios para lograr la prometida reducción de los gases de efecto invernadero, salir de la crisis económica, establecer nuevos objetivos de desarrollo económico, negociar las nuevas ampliaciones, poner en marcha las decisiones sobre supervisión financiera Hay que negociar con los Estados miembros para que todas esas iniciativas se materialicen y la presidencia, en sus diferentes formulaciones, desempeña un papel clave en el cometido.

Por otro lado, los socios de la Unión suelen aprovechar las presidencias para incorporar a la agenda europea cuestiones que son de su interés. No siempre lo consiguen. Los suecos lo han logrado, aunque muy parcialmente, al reforzar la perspectiva oriental de la UE y España pretende hacer lo propio con Suramérica y Centroamérica.

Además, el Gobierno de Zapatero, que, por lo visto, está muy orgulloso con sus políticas de igualdad y de lucha contra la violencia doméstica, quiere que Europa participe de esa sensibilidad.

Estas agendas, la propia y la de la Unión, requieren, para salir adelante, del concurso de la Comisión, que es la que, en circunstancias ordinarias, formula las propuestas pertinentes al Consejo de Ministros. Durante sus frecuentes contactos con ella, el Gobierno español ha intentado conseguir que la Comisión haga propias esas iniciativas, y las traduzca en propuestas de Directivas y Reglamentos. Hay mucho camino recorrido, entre otras cosas porque Barroso le debe a Zapatero su continuidad al frente de la Comisión y esos favores se pagan.

Pero lo que la Comisión no va a hacer en ningún caso es poner a rodar iniciativas que no tienen posibilidad de prosperar. Una propuesta de objetivos vinculantes bajo apercibimiento de castigos para el desarrollo económico o el empleo, por ejemplo. Y no lo va a hacer porque sabe positivamente que el Consejo y, probablemente, el Parlamento, la va a rechazar. Y no se trata de perder tiempo; ni en el Consejo, ni en el Parlamento, ni en la Comisión.

La presidencia de la UE no dirige Europa; si acaso la inspira y sólo en aquello sobre lo que Europa se deja inspirar. Se trata, además, de una inspiración que no puede costar dinero, porque el pastel está repartido, a siete años vista, en las denominadas Perspectivas Económicas.

El hecho de que las nuevas instituciones creadas por el Tratado de Lisboa (la presidencia del Consejo Europeo y el Alto (Alta) Representante para la Política Exterior, de Seguridad y Defensa) acaben de entrar en funciones confiere a la presidencia rotatoria nacional española un protagonismo que las próximas verán aún más mermado, cuando el Tratado de Lisboa habrá hecho sus deberes. Pero no cabe duda de que Herman Van Rompuy va a negociar como presidente del Consejo Europeo en asuntos claves para la UE estos próximos seis meses, y que la presidencia española limitará sus aportaciones a servirle de apoyo.

A pesar de la rimbombancia con las que los políticos nacionales suelen presentar sus responsabilidades al frente de la UE, lo cierto es que esas ejecutorias rara vez dejan poso. En Bruselas, lo que se aprecia de las presidencias rotatorias es que estén bien organizadas, que pongan los papeles sobre la mesa de negociaciones en el tiempo debido y que ayuden a construir consensos. Un trabajo, en fin, gris pero no irrelevante, nada astral aunque necesario.

Alakrana

He seguido de cerca, como Corresponsal en Bruselas, las peripecias relacionadas con el lanzamiento de la “Operación Atalanta”, en noviembre de 2008, tras la captura por piratas de varios buques en alta mar, entre los que se contó en abril de ese año el atunero “Playa de Bakio”.

Desde el principio me sorprendió la disponibilidad de las autoridades españolas para aprestar medios con los que afrontar esas amenazas: buques de combate y aprovisionamiento, aviones de patrulla y reconocimiento, equipos de apoyo… material todo él sumamente costoso, puesto al servicio de un objetivo aparentemente tan simple como diáfano: mantener la libertad de navegación y las actividades comerciales legítimas en aguas libres. Eran estos, se decía entonces, valores que se hacía necesario defender al costo que fuera, pues el intangible en peligro -la libertad secuestrada- era mucho más valioso que el costo del dispositivo desplegado.

Nunca me creí del todo esas respuestas que, invariablemente, me fueron dadas a mis preguntas constantes sobre el costo de desplegar fragatas, buques de aprovisionamiento y aviones de vigilancia sofisticados y caros (el P3 Orion lo es), a una distancia tan grande de sus bases respectivas.

Por eso me resulta muy difícil de comprender la destemplada contestación de la ministra Chacón cuando, el otro día, contestó abruptamente a los armadores españoles con flota en el Indico que la protección de actividades privadas, de la pesca, le estaba costando 75 millones al erario público español.

¿Para qué están la Marina y el Ejército del Aire españoles en el Indico? ¿Para defender la actividad comercial legítima de los pescadores españoles en aguas libres?. Repasando el texto de la Acción Común del Consejo de la UE, que les adjunto en este ‘post’, se puede constatar, inequívocamente, que el propósito primero y prioritario de “Atalanta” es dar cobertura de seguridad a los buques del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, en su día amenazado por los piratas, además de garantizar la libertad de tránsito por aquellas aguas. La Acción Común habla, (Art. 1.1, página 6) de “la protección de navíos vulnerables que naveguen a lo largo de las costas de Somalia, así como a la disuasión, a la prevención y a la represión de los actos de piratería y de los robos a mano armada a lo largo de las costas de Somalia (…) y (Art. 1.2) que “las fuerzas desplegadas a este efecto operarán hasta 500 millas marinas de las costas de Somalia y de los países vecinos (…).

Viendo por TV los mapas presentados por los militares españoles para explicar que el atunero ahora aprehendido por los piratas estaba fuera de la zona protegida es forzado constatar que el Alakrana estaba fuera de la “zona táctica” de protección definida por los militares en función de sus medios, que, a su vez, se ajustan a unas prioridades. Estaba, sin embargo, dentro de la franja de 500 millas adscrita al mandato de la Acción Común.

Lo que a mi me parece que está sucediendo en aguas del Indico es que la comunidad internacional está garantizando la libertad de tránsito en una zona -el Golfo de Adén y sus inmediaciones- estratégica para los intereses de la navegación mundial. Protege, asimismo, a los buques del ya citado programa de alimentos de Naciones Unidas y a los que, en tránsito hacia estas áreas, navegan por áreas conflictivas. La cosa funciona de la siguiente manera: desde el mando de la operación se comunica a los armadores de buques cuyo tránsito por la zona ha sido señalada, que los navíos de guerra de “Atalanta” darán cobertura de seguridad en unas franjas horaria y geográfica concretas. Hay armadores que se meten en el convoy de seguridad y otros que no lo hacen porque les sale muy caro (en costo de carburante, para adaptarse a la marcha de la fragata, por ejemplo).

Los atuneros están en otra situación: no van en tránsito sino que buscan los bancos de atún, luego su deriva no puede ceñirse al paso de ningún buque de guerra. Y no tienen asignadas patrullas marítimas concretas porque, léase con detenimiento la Acción Común, no se les cita expresamente como un objetivo a defender.

La destemplanza de la ministra Chacón no parece justificada. Cuando su ministerio anunció que desplazaba unidades al Indico, la defensa de los intereses pesqueros estaba claramente sobre la mesa. La experiencia ha demostrado, sin embargo, que el esfuerzo militar español allí está más centrado en objetivos de interés internacional común que españoles específicos.

Al igual que a J. M. Ruiz Soroa, le he oido y leido a bastantes personas, muchas de ellos militares, desaconsejar el despliegue de personal armado a bordo de los atuneros, precisamente con el fin de evitar un endurecimiento de las acciones piratas, con el incremento del riesgo potencial para el personal civil embarcado.

Como principio general no está mal, pero da la impresión de que tanto esfuerzo militar contra piratas audaces, pero mal equipados, no busca otra cosa que “impedirles equivocarse”. Y sucede que, en cuanto no hay vigilante, se equivocan con gran eficacia, como ha sucedido con el Alakrana.

El dispositivo militar español en el Indico no sirve a los intereses de la flota pesquera española que allí opera. A pesar de que, en su momento, fue presentado como remedio para sus problemas. Hay que buscar otra cosa.

GRIPE

Hace ya un montón de años, cuando comenzaba a preocuparme por la guerra, las armas y todo eso, fui a documentarme sobre lo que llaman “armamento de destrucción masiva” a la OTAN. Un militar, no sé si francés, inglés, americano o español, la verdad es que no me acuerdo, me debió ver los ojos como platos cuando me describía el potencial atroz de bacterias, hongos, virus, gases, isótopos radiactivos y toda esa porquería, empaquetada como armas, y me dijo: “mire, lo mejor es no entrar a imaginar qué podría suceder si aquel país, el otro o el de más allá, consigue semejante armamento, porque no dejaríamos vivir tranquila a la gente, y ese conocimiento no les reportaría ninguna seguridad añadida. Lo que no es, no es, y no vale de gran cosa asustar a la población advirtiéndola de lo que podría ser… porque igual no llegar a serlo. Porque lo más probable es que no lo sea nunca. De hecho, trabajamos para que no pase”.

Tengo metido el mensaje de ese militar en la cabeza. De vez en cuando se me materializa delante de los ojos, como si de una pancarta virtual se tratara, cuando veo a uno de esos del marketing político aterrorizando al personal desde la caja tonta, con severidad apocalíptica y ademanes de ángel exterminador. Me pasa mucho estas últimas semanas con lo de la gripe del guarro.

Hay una cosa por ahí que llaman Organización Mundial de la Salud, desde donde hace varias semanas se nos está diciendo, ni más ni menos, que media humanidad va a caer enferma porque hay suelto un virus muy peligroso. Luego te matizan que el virus en cuestión no es tan peligroso, pero que sin duda lo sería si muta, si cambia, y la nueva variante lo vuelve más agresivo para la especie humana. De modo que ya tenemos los ingredientes para la octava plaga de Egipto: un enemigo invisible que golpea poco, pero que puede devenir en martillo de la humanidad a nada que se lo proponga. Las multinacionales farmacéuticas, esas oenegés caritativas, dicen haberse puesto a la tarea y nos prometen una vacuna en unos pocos meses. Ya verán ustedes a qué precio. Mientras tanto, el Ejército, en España, ha recibido permiso (de una de esas multinacionales) para encapsular las reservas que atesora de un antiviral que se puso de moda cuando la anterior alarma planetaria por riesgo de pandemia: cuando lo de la gripe del pollo, en 2005. Los antivirales que yo, asustado como tantos, compré entonces, caducaron hace tiempo. ¿Los del Ejército, que son los mismos y de la misma marca, no? ¿Por qué no me vendieron a mí antivirales con la misma condición de pervivencia que los que compró Sanidad? ¿Verdad que están ustedes pensando lo mismo que yo?

Me acuerdo de aquel lío de la gripe del pollo. Era una alarma veterinaria y un comisario europeo la convirtió en una amenaza para la especie humana. Yo estaba presente cuando lo hizo y no quería creer lo que le oía a aquel noble varón, consciente como era yo, no sé él, del disparate que estaba cometiendo desde la tribuna. Se ve que el comisario no había hablado con los militares sobre las armas de destrucción masiva y no sabía que el miedo puede ser tan peligroso para una sociedad, o más, que un virus con potencial mutante.

Lo de la gripe del pollo terminó en nada. El virus no mutó; o no lo hizo suficientemente para amenazar la supervivencia de la humanidad. Y el de ahora tampoco lo ha hecho; además, nada impide que cambie de manera que se vuelva más inofensivo para el ser humano. Lo dicho: puede pasar, o no.

¡Pero qué lío, oiga! Cuánto dinero perdido. Cuántos malos ratos que se podrían haber evitado. Le preguntaba hace un par de días, por lo bajines, a una persona con conocimiento de causa, de una institución europea, que por qué no ponían término a esta paranoia. “¿Con el de la OMS diciendo lo que dice? ¿Quién se arriesga a minusvalorar la amenaza? ¿Y si la cosa se tuerce y nos encontramos efectivamente con una pandemia?”, me contestaron.

De modo que el baile sigue. Han tenido que cambiarle de nombre al virus, para no dañar los intereses comerciales de los criadores y comercializadores de cerdo. Nótese que yo la he llamado, a la gripe, “del guarro”, porque al cerdo que comemos en nuestras sociedades no lo dan tiempo ni de ensuciarse, de lo rápido que lo crían con recursos artificiales para sacrificarlo antes y sacarle beneficio. (Así, y de paso, no atento con esto que escribo contra las multinacionales de la alimentación, que venden cerdo pero no guarro y pollo criado con antibióticos que producen las mismas empresas que fabricarán la vacuna contra la gripe del guarro).

Los de la OMS, esa, la llaman ahora a la nueva peste la “Gripe A”. ¡Qué golpe de efecto! ¡Qué derroche de imaginación! ¡Así no tendrán que estrujarse el majín cuando lleguen otros virus con potencial mutante, (todos lo tienen) y se vean en la tesitura de ponerle un nombre. Tienen todo el abecedario por delante, y cuando se les acabe podrán comenzar duplicando las letras, como en las matrículas de los coches y añadirle números despues. Y pensar que la gripe española no venía de España, pero la bautizaron así para desprestigiar al país…

Alguien tendría que poner orden en todo este desaguisado. Le he oído al ángel exterminador ese decir que la amenaza no ha desaparecido, que se ha ido al hemisferio sur, y que en unos meses vuelve, con el otoño. Pero, hombre, no sea usted tan agorero. Lo mismo le gusta aquello y se queda…

¿Pero cuántas vacunas van a comprar los gobiernos de todo el planeta, cuando la tengan a punto las multinacionales, por la alarma social creada desde instancias técnicas que deberían medir más sus palabras, a la hora de poner en el mercado de la información global la especie de una amenaza potencial?

Pescado

Cualquiera que haya intentado comprar pescado fresco en Bruselas conoce la dificultad del empeño. Los belgas son poco dados a los peces. Comen lenguado, rodaballo y mero y algo de bacalao fresco, con nata y esas cosas –los que lo comen- y la cadena de comercialización es exigua y poco cuidadosa.

Por eso, cuando encuentras una pescadería limpia en la que hay merluza, lubina y doradas no de acuicultura y razonablemente frescas resulta todo un acontecimiento, que compartes con la parroquia, porque es un tipo de conocimiento apreciado.

Yo vengo compartiendo últimamente mi hallazgo de La Gamba, en el barrio bruselense de Saint Gilles, cerca de La Barrière, a poco más que un tiro de piedra de la Porte de Hal. Es el reino de Angelines, o María de los Angeles, como la conocen los belgas, que son muy ceremoniosos.

A La Gamba la aprovisionan desde París, desde el famoso mercado del Rungis, uno de los grandes puertos pesqueros del universo mundo, a razón de tres camiones por semana. El género es estupendo; da lo mismo para el horno que para una barbacoa y te quedas francamente bien después de haberte metido medio kilo de lubina entre pecho y espalda. Y más barato que en España.

Ángel y María de los Ángeles fundaron La Gamba en 1973. Habían llegado a Bélgica en los Sesenta, con la emigración del carbón y los hornos altos. Antes, a comienzos de siglo, hubo otra emigración de españoles a Bélgica, que llaman “la del arroz” porque se nutrió sobre todo de valencianos. Prosperaron mucho, y hay algunos comercios en Amberes que son conocidos y muy apreciados.

La emigración de las minas se fue filtrando por la porosa piel de Bélgica. Muchos se quedaron en Valonia, donde estaban el carbón y las siderurgias, pero otros se vinieron a Bruselas cuando aquello se acabó. Poblaron las inmediaciones de la estación de Midi, donde ahora están los magrebíes que se han apropiado del mercado de fruta y plantas de los domingos que antes llevaban los españoles. Había muchos bares y restaurantes españoles en el Midi. Los domingos, cuando ibas por allá buscando unas fabes, veías a aquella gente en su mundo. Las niñas con trajes de encaje, medias blancas de calados y un lazo en el pelo. A la izquierda.

Ángel y Angelines hicieron lo del pescado. Otros españoles también, pero a unos les terminaron comprando los negocios los marroquíes, como Alí, y otros perdieron la personalidad cuando pasaron a manos de la siguiente generación, que casi no habla español y los peces los entiende a la belga.

No es el caso de Angelines, que sigue al pie del cañón, vendiendo pescado que huele a pescado, es decir, bien. No como esas otras tiendas que venden viejo y huele mal. Como lo hace con una gran dignidad y es amable con todo el mundo la están sacando en periódicos y revistas. Ella echa de menos a Ángel, que ya no está. “Esto era su vida, ¿sabes?” me cuenta, después de decirme que una profesora vino el otro día para comprar peces y mariscos que enseñar a sus alumnos en Alemania, porque no los conocen. Pobre gente.

Me acuerdo de Ángel. Estaba orgulloso de su pescado. “¡Y tengo 19 embajadas en la lista!”, me decía, para significarme el aprecio del mundo diplomático, que tiene el pico fino, por su comercio.

A María de los Ángeles habría que darle una medalla por la difusión de una cierta cultura culinaria. Pero pronto, antes que los franceses nos ganen por la mano y la festejen por dejar tan alto el prestigio de Rungis.

Cervantes

Les supongo informados del nuevo gadget del entretenimiento doméstico: los DVD de gran capacidad que pueden almacenar películas en alta definición. El estándar Blue Ray ha salido triunfante de la batalla contra otro formato, el HD-DVD, con el que se disputaba el mercado mundial.

Esos discos admiten tanta información que las productoras, en lo que parece un gesto hacia el cliente, empaquetan en ellos más versiones lingüísticas que en los DVD clásicos, Es fácil que un disco contenga las versiones inglesa de la película más la francesa, la alemana, la italiana y la “castellana”. Sí, la castellana de Castilla, se supone, cuando uno verifica la carátula y encuentra escrito inequívocamente “Castellano” después del consabido “Inglés”.

Estoy al tanto de la polémica sobre el “Español” y el “Castellano”. Este “post” no va únicamente por ahí.

Dejé hace tiempo de comprar películas en los grandes almacenes norteamericanos de Internet, porque anunciaban frecuentemente versiones lingüísticas que luego no se correspondían con la realidad. Recuerdo particularmente una “Con Faldas y a lo Loco” de la época en la que no estaba aún comercializada en España, que me llegó con Jack Lemmon y Tony Curtis hablando en un correctísimo mexicano, cuando en la carátula decía “Español”.

Ahora, con los Blue-Ray y la mayor precisión de imágenes y denominaciones, creía yo que esta confusión había sido zanjada. Porque, me decía, si el “Español” es una lengua casi universal, parece lógico que la denominación ampare lo mismo al Español de España que al Español de México. Pero Castellano sólo hay el de Castilla, de modo que si una carátula te anuncia “Castellano” es que es Castellano.

Pues no, sigue saliendo mexicano. Supongo que en el mercado nacional español no (todavía no he comprado ningún Blue Ray allí), pero en el resto de Europa, cuando uno de estos discos dice “Castellano”, es más que probable que uno se encuentre con la versión mexicana del film en cuestión. Y no saben ustedes cómo da el Sean Connery de “007 contra el Doctor No” en el Castellano de México.

Y si esto pasa en Europa, en Estados Unidos y en Japón otro tanto.

Se me ocurre que si un estudiante japonés de Español compra en Tokio un Blue Ray para ejercitar comprensión lingüística, va a salir un experto en entonaciones de Cantinflas, por mucho que ejercite el idioma escrito leyendo El Quijote.

¿Habrá que poner un Cervantes en Hollywood?

Penélope

Los aledaños de las instituciones europeas se han convertido en un tajo de obra. Están construyendo un nuevo túnel, y una estación para el futuro RER (el ferrocarril de cercanías que funciona como un Metro), y las aceras que contornean el emblemático Berlaymont parecen trincheras de la Gran Guerra. Unos letreros dan razón de los trabajos: “Enlace ferroviario Schuman – Josaphat.- Polo multimodal Schuman. Presupuesto: 74,6 millones.- Inicio de trabajos: junio 2008. Duración de los trabajos: 1.645 días de calendario”.

¡Mil seiscientos cuarenta y cinco días naturales! Hasta el 2 de diciembre de 2012. Cierta prensa satírica belga se pregunta si no nos están tomando el pelo. “En ese tiempo, en Madrid, se construyen 50 kilómetros de Metro. Pobre Belgaland”, se lamenta “Pere Ubu”, un seminario satírico belga muy crítico con la acción gubernamental.

Semejante plazo de obras es sospechoso. Primero, porque este género de compromisos no se respeta nunca; las obras duran siempre mucho más que lo previsto. Y, segundo, porque parece de todo punto exagerado tener el centro administrativo noble de la ciudad en semejantes condiciones durante cuatro años. A Bruselas, las instituciones europeas le reportan prestigio internacional y mucho dinero. Lo devuelven programando unos trabajos que parecen el manto de Penélope (la buena, no la de Almodóvar).

Porque junto a este tajo han comenzado otro: el del nuevo edificio que albergará el Consejo Europeo. otra trinchera.

En el aeropuerto de Zaventem, el pasado abril iniciaron unas obras de reacondicionamiento de la plataforma de acceso al terminal en el área de salidas. Un espacio de 200 por 20 metros, por el que pasan los coches de todos los que van a coger un avión. A comienzos del pasado enero todavía no habían terminado. Un taxista de origen argelino que hace poco me llevó allí me contaba que había trabajado, tiempo atrás, con Dragados en el Magreb. “¡Se comen el terreno, oiga!”, me decía el hombre, para significarme la capacidad de la constructoras españolas de obras públicas.

Y para qué hablarles de la Plaza Flagey. Es un enclave principal de la ciudad. Se han tirado 10 años para construir una cisterna subterránea con la que captar las aguas de lluvia.

Uno de estos días, la Comisión va a premiar al ministro de Movilidad de Bruselas. Luego dirán que la gente no les comprende

Espiados

Leo en un blog técnico que el Internet a través de los teléfonos móviles va a verse muy potenciado por la extinción definitiva de la televisión analógica. La Comisión europea ha dado ya su visto bueno al formato de TV para móviles, y todo parece indicar que nos encontramos en puertas de una nueva revolución digital: Internet completo y en el bolsillo.

Nada que objetar: Yo soy de los que creen que en un futuro más o menos inmediato, la información, en formato multimedia, la llevaremos a cuestas.

Lo que no me parece nada bien son los abusos que se vislumbran ya de esas nuevas tecnologías. Leo en un periódico económico que una empresa alemana ha puesto a punto una tecnología para saber en todo momento qué sitios de Internet visitan los usuarios de teléfonos móviles. 2009, según la información, va a ser determinante para escoger el modelo de negocio que servirá con el Internet móvil. El director de Estrategia de uno de los principales institutos de mercado del mundo, GfK, el cuarto a escala planetaria, asegura disponer ya de la herramienta correcta “para seguir con precisión el recorrido de usuario de Internet móvil”. La técnica consiste en “situar sondas en la red de un operador, mediante las que podemos descubrir la hora de conexión, la página visitada, el tipo de terminal conectado, el tiempo transcurrido…” ¿Qué hacer con toda esa información?: “preservando la identidad del internauta móvil, se puede hacer llegar al operador, de manera que este les ofrezca a los anunciantes la mejor medición posible del impacto de sus anuncios”.

Yo no sé lo que pensarán ustedes, pero a mí, esta historia me parece una aberración. Como periodista, he tenido que contarles a los lectores un montón de veces las vicisitudes de la Directiva de Protección de Datos y ahora me encuentro con que unos espabilados están en condiciones de coleccionar datos de comportamiento de usuarios por Internet, a efectos publicitarios. Sí, ya sé que Google lo hace habitualmente, pero yo puedo utilizar ese motor de búsqueda, o no.

De lo que hablamos ahora es distinto: se trata de que una empresa de análisis de mercado, en connivencia con mi operador de Internet, subrepticiamente, coleccione enormes volúmenes de información de los usuarios de la Red. El número del teléfono que navega por esas páginas está incluido en esa información, pero GfK dice que “preservará el anonimato” del usuario, cuando comunique los datos a los operadores para que estos, a su vez, les digan a los anunciantes cómo y por dónde tienen que orientar su mensaje. GfK supongo, estará sometida a la Directiva de Protección de Datos pero, qué quieren que les diga, a mí, que llevo décadas manejando datos con ordenadores, no me reporta ningún consuelo.

Estoy convencido de que permitir estas prácticas es nocivo para la libertad individual. No debería estar autorizado coleccionar información sobre los hábitos de las personas. Se trata de información sensible que un día puede ser utilizada por los anunciantes, otro por los políticos y un tercero por los dictadores o por cualquier enemigo de las libertades individuales. Con resultados catastróficos. El otro día discutía de este asunto en casa, con unos amigos: me tachaban de retrógrado. Por lo visto, es el progreso y hay que apechar con sus servidumbres. Yo no lo creo así, sobre todo porque las nuevas tecnologías, estas del rastreo por Internet combinadas (que se puede) con las RFID (siglas de Radio Frequency Identification Device, pequeñas etiquetas adheridas a todo género de objetos que transmitirán información a unas microantenas desplegadas por cualquier lugar, y por ellas a enormes bancos de datos), van a desnudarnos mucho más que el scanner ese de los aeropuertos. Y una vez desnudos, ya nos vestirán otra vez los publicitarios, y nos volverán a desnudar cuando nuestra ropa sea identificada públicamente (por un error del sistema, claro) como de la temporada pasada, a través de las etiquetas RFID.

¿No me creen?. Al tiempo.

Pícaros

En estas épocas de aguinaldos, sigue maravillándome la picaresca humana, que como todo el mundo sabe no nació en el patio de Monipodio sino en Picardía, que está muy cerca de aquí, subiendo hacia la costa, a la izquierda.

Hay una costumbre parcialmente consentida por las autoridades belgas que consiste en que los servicios públicos –o gentes que dicen que los representan- te vienen por estas fechas a casa, a sacarte los cuartos. Durante el resto del año te los saca el Estado, porque Bélgica es un país muy caro y pone precios exorbitantes a lo que te da.

Pero el caso es que es habitual ver estos días el desembarco de personal de la basura, de bomberos, de Correos, hasta algunos que dicen ser de la policía… pidiéndote unos euros con excusas diversas: que si la revista para los jubilados del Cuerpo, que si tararí, que si tarará.

Yo no sé lo que pensarán ustedes, pero si se te presenta un bombero en casa diciéndote que el abono a la publicación “equis” cuesta tanto al año, pero tanto menos al trimestre y nadie te dice nada si pasado el primer periodo te olvidas, pues te quedas con el trimestre. No vaya a ser que se te queme la casa y te vengan con la manguera seca.

Y otro tanto con los esforzados chicos de las basuras, que ves pasar por tu calle a las 7 de a mañana recogiendo las bolsas de plástico a un ritmo propio de titanes. Son pocos, les asignan recorridos largos y el camión pasa a toda leche para cubrir con la cuota de calles que el capataz le ha asignado. Aquí no hay contenedores de basuras y los vecinos tenemos que almacenarla en bolsas de distintos colores según el género, y guardarlas en casa hasta que toca retirarlas. El papel y el cartón van en bolsas amarillas; cristal, tetrabricks, plástico y metal en azules; y basura orgánica en blancas. Las de los primeros dos tipos las retiran los basureros una vez a la semana (al menos en el barrio en el que yo vivo), y las segundas, dos. Las bolsas salen a 55 de las antiguas pesetas según donde se compren.

Lo de Picardía viene a cuento de la gente que haciéndose pasar por policía, bombero o basurero, se te presenta en casa, cobra y desaparece. Cuando vienen los legítimos, y les dices que ya han pasado, se monta la marimonera: ¡Huyyyy!. ¿Cómo eran? ¿Y cuándo han pasado?… Y ahí te ves describiendo a un personaje sobreexcitado la fisonomía del pícaro, a la puerta de tu casa, en camisa y a 2 bajo cero.

Luego, además, resulta que hay cuerpos de servidores públicos que no autorizan a sus agentes a recaudar propinas, como la policía, pero gente que dice representarlos se te sigue presentando en casa año tras año, y te venden unas pegatinas muy aparentes de colaborador que algunos pegan en los parabrisas, esperando un trato más benévolo con las multas de aparcamiento. Craso error.

Que yo sepa, los basureros que pasan a por el aguinaldo son legítimos; el resto, no, pero siempre se les adelantan. Deben tener algún infiltrado en el servicio.

Los que también lo tienen bien organizado son los otros profesionales de la mendicidad. Hay en Bruselas una banda, quizás varias, que circula en furgoneta depositando en lugares clave, pronto por la mañana, a las mendigas del harapo y el bebé. Primero sacan el plástico sobre el que se sienta la mendiga, luego a la mendiga y al final al bebé. Unas cuantas horas después, la misma furgoneta pasa a recoger al agente y al beneficio recolectado.

Taburetes

Asisto con un punto de estupor al debate que se ha suscitado en Italia, a cuenta de la tributación de las trabajadoras de la vida. Sí, esas. Que si el Estado debería buscar sus ingresos por otro lado, que si se trata de una pantalla de humo para esconder temas más enjundiosos…

Siempre he pensado que el Mediterráneo templa mucho más que el Mar del Norte, que corta como un cuchillo. Juzguen si no: en Bélgica, cuya costa está bañada por el Mar del Norte, el ejercicio de la prostitución es legal, pero las que la ejercen, para poder beneficiarse de coberturas sociales y otros derechos laborales, tienen que registrarse como “masajistas” u otra actividad laboral homologada. La de puta, a secas, no lo está. Las que se registran tienen sus derechos frente a la explotación de los patronos, por ejemplo. las que no, no, pero tampoco se las puede cobrar impuestos.

En estos tiempos de trata de seres humanos, el esclavismo sexual está a la orden del día. Hay ayuntamientos que ven evolucionar ante sus narices lo que parecen ser próperos negocios, pero no pueden tasarlos y las investigaciones policiales, sobre todo cuando llevan emparejadas requisitorias internacionales, se eternizan. Pero en Crisnée, una pequeña localidad de la region de Lieja, los regidores municipales han dado con una fórmula original para tasar la actividad que tiene lugar en este género de establecimientos. Como no pueden poner impuestos ni a las señoras ni a sus patronos, pues ni ellas ni ellos tienen registrada actividad homologada alguna, han decidido poner una tasa por cada taburete adosado a la barra del bar. A 2.000 euros el primer taburete y los demás en progresivo descenso.

Bueno, el taburete o todo lo que sirva para apoyarse, sentarse o descansar, que es valorado como lo que en otros entornos son indicadores de riqueza.

Y la cosa marcha. Vaya que si marcha.

Vinilos

Hace poco más de un año les contaba a ustedes en una Carta del Corresponsal que el vinilo –ya saben, las viejas ‘galletas’ de 33 o 45 revoluciones por minuto, y de 78 antes, en las que la música nos venía envasada antes de que la industria descubriera los CDs- estaba de vuelta; que cada vez había, al menos en Bruselas, más locales en los que se vendían los viejos discos a precios muchas veces de derribo.

La verdad es que aquella ‘Carta’ fue premonitoria porque estos últimos meses, el fenómeno del que entonces les hablaba se ha consolidado hasta extremos insospechados. Hoy es el día en que los mejores comercios del ramo ofrecen vinilos reeditados, a veces a partir de viejos masters analógicos, a veces de nuevos remasterizados.

Se trata de un fenómeno de amplitud todavía limitada, pero aparentemente consolidado. Por lo que he leído, incluso las grandes discográficas podrían estar detrás, experimentando con la fórmula para combatir la piratería. Copiar un disco de vinilo no es fácil; sus calidades musicales, las que los hacen tan apreciados por los melómanos, desaparecen en buena medida cuando son transferidos a cinta y las pletinas modernas que disponen de una salida USB por donde, una vez digitalizada, la señal es transferida a un CD, adolecen de los problemas de siempre: tienen que ser muy buenas, lo mismo que el grabador de CD, para que la calidad del sonido resultante esté a la altura. Y todo eso cuesta muchísimo dinero.

En Bruselas, hoy, en el marco de este revival del vinilo, ha tenido lugar una feria de viejos discos. Era su segunda edición. El lugar escogido era la Galerie Ravenstein, frente a Bozar, uno de los templos bruselenses de las artes. Me he acercado por la mañana: había muchísimo material, casi todo él de segunda mano, clasificado por géneros y épocas. Y una multitud de aficionados dispuestos a invertir horas revolviendo en todo aquel batiburrillo, en busca de viejos tesoros.

No he podido dejar de pensar en los catálogos de vinilos dispuestos en Internet, con sus poderosas bases de datos incorporadas, que te permiten localizar una aguja en un pajar en fracciones de segundo, o en los modernos servidores de música que almacenan decenas de miles de canciones sin compresión en discos duros de enorme capacidad, y que te los ponen al alcance de los oídos con una ligera presión de los dedos sobre un mando a distancia que parece el cuadro de mandos de una nave espacial en una película de ciencia ficción. Y no se sabe muy bien quién ha copiado a quién: si los de la película a los del mando, o viceversa.

Pues el caso es que allí estaba aquella variopinta parroquia, discutiendo sobre la calidad de conservación de tal o cual cubierta o regateando precios que, no crean, no, tampoco permitían grandes alegrías. En determinadas estanterías de ‘rarezas’, las piezas andaban por los 50 euros, y aún más.

La verdad es que para un rato la situación resultaba simpática. Dedicarle más tiempo a la cosa requería unos niveles de entusiasmo que a mí me faltaban. Frente a la compra de música con el ratón del ordenador, bucear durante unos minutos en aquel montonazo increíble de soporte musical físico te transportaba a otro mundo.

Los organizadores del evento parecen tener claro que el mercado pide algo de esto: hasta noviembre del año que viene hay programados más de treinta actos como este en todo Bélgica. Dentro de un año les diré si se programan más ferias de estas o no, es decir, si el fenómeno va al alza o si retrocede.

elcorreo.com

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