Rafael M. Mañueco
La vida en Moscú
Resulta que el líder de la revolución libia, Muammar al Gadafi, es admirador de la legendaria cantante francesa Mireille Mathieu desde hacía tiempo. El primer ministro ruso, Vladímir Putin, lo sabía. Así que, para romper el hielo y propiciar unas conversaciones fructíferas, hizo coincidir el sábado el último concierto en Moscú del “ruiseñor de Aviñón” con la visita de Gadafi.
Fue toda una sorpresa para el dirigente árabe. Putin quedó con él en una de las estancias contiguas a los camerinos del auditorio del Palacio del Kremlin, justo en el intermedio del espectáculo ofrecido por Mathieu el sábado. «Gracias a usted tuve el honor de actuar en
Gadafi apareció de repente, saludó y se quedó mirando sorprendido a la cantante. «¡Pero si es...!». «Sí, efectivamente, es Mireille Mathieu», le interrumpió Putin. Se inició en ese momento una animada conversación sobre Francia, su capital y la belleza y elegancia de las féminas galas. El jefe revolucionario dijo que su última visita a París tuvo lugar el año pasado y resaltó el hecho de que su programa oficial incluyera un encuentro con una organización feminista.
«Pues ahora tenemos la oportunidad de escuchar a una auténtica representante de la mujer francesa», afirmó Putin. Sin esperar más, los dos altos mandatarios se incorporaron a la segunda parte del espectáculo en la inmensa sala del Palacio que en otros tiempos acogía los multitudinarios congresos del Partido Comunista de
Mathieu continuó su actuación con más entrega, si cabe, que en la primera parte. Por supuesto, interpretó la famosa canción de Edith Piaf “Non, je ne regrette rien” y la inolvidable “Paris en Colère”. Cantó además varias canciones en ruso que hicieron las delicias del público asistente. Putin y Gadafi también acabaron satisfechos.
«Ahora soy yo el que agasaja», dijo inesperadamente el adalid libio nada más finalizar la gala. Desde su llegada a la capital rusa, el pasado viernes, Gadafi tiene instalada su jaima beduina en los jardines del Kremlin. «Iremos a tomar té a mi casa». Putin y Mathieu aceptaron la invitación y recorrieron juntos los 300 metros que separan el Palacio de la tienda de lona con la que el jefe del Estado libio viaja habitualmente.
La noche era fría, así que hubo que encender varias hogueras, pese a que en la jaima se había instalado ya un potente sistema de calefacción. Mathieu, que cumplió 62 años en julio, admitió que nunca antes había estado en el interior de una tienda beduina. Su traductora, le instó a formular un deseo. «Cuando nos encontramos por primera vez en una situación que nunca antes hemos vivido, en Rusia solemos pedir que se cumpla alguna de nuestras aspiraciones», explicó la joven. Mientras, Gadafi descifraba el significado de los dibujos estampados en la lona.
Al final de la velada, Putin dijo estar dispuesto a acompañar a Mathieu hasta el mismísimo hotel. Pero ella se conformó con su presencia sólo hasta llegar al coche, que la esperaba en la plaza de las Catedrales, en el corazón del recinto amurallado del Kremlin.
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