Rafael M. Mañueco
La vida en Moscú
Hace hoy un siglo, el 30 de junio de 1908, a las siete y cuarto de la mañana, se produjo en pleno centro de Siberia la mayor deflagración que jamás había conocido el ser humano. Su potencia fue 185 veces superior a la bomba atómica de Hiroshima. La catástrofe tuvo lugar en un lugar situado en las cercanías del río Podkámennaya Tunguska, afluente del Yeniséi, en la región que actualmente se llama Evenkiiski. La sacudida llegó a ser detectada en Londres y San Francisco.
Vanavara es la aldea más cercana al epicentro de la explosión, 65 kilómetros exactamente. Allí se hallaban aquella mañana dos de los testigos que, 19 años después, relatarían sus impresiones sobre lo observado a Leonid Kulik, el primer científico que puso el pie en la zona para tratar de esclarecer lo sucedido. Kulik cuenta en su diario que aquellas personas, un granjero y un leñador, miraron hacia el norte y vieron cómo desde el este se acercaba una enorme bola incandescente. Avanzaba a gran velocidad con trayectoria descendente dejando tras de sí una densa estela de humo y polvo.
Sintieron como si se les quemara la piel y escucharon una descomunal explosión. Una intensa luz les cegó y la onda expansiva les arrojó al suelo. Pocos segundos después, las casas de madera de los pocos habitantes de Vanavara fueron zarandeadas por un temblor de tierra equivalente a un terremoto de 5 grados en la escala de Richter. El maquinista del Transiberiano detuvo el tren por miedo a descarrilar.
Desde cientos de kilómetros a la redonda se pudo ver una inmensa columna de humo semejante al hongo que se forma tras una explosión atómica. Así lo constataron en aquel entonces habitantes de distintas localidades de la región. El cataclismo tumbó los árboles de la taiga siberiana en una superficie de 2.150 kilómetros cuadrados y se declaró un incendio que acabó con 200 kilómetros cuadrados de bosque.
Los troncos de muchos árboles, no obstante, aunque desprovistos de ramas y chamuscados, se mantuvieron erguidos: «Como si fueran postes de líneas telefónicas», señala Donald Yeomans, responsable del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA y uno de los mayores especialistas en este fenómeno. Algo similar fue observado tras la explosión nuclear en Hiroshima.
En un campamento nómada de las etnias locales, situado a 20 kilómetros del lugar de la explosión, perecieron casi un millar de renos. Los animales sufrieron quemaduras o salieron despedidos por el aire. No existe un cálculo del número de personas que perdieron la vida aquel día. La zona es de difícil acceso y sigue prácticamente despoblada, pero muchos murieron en los días posteriores debido a «extrañas enfermedades» lo que, junto a las mutaciones detectadas en plantas y animales, induce a pensar en emisiones radiactivas.
El polvo levantado durante la explosión enturbió la atmósfera durante varias semanas, según lo que ahora se conoce como el «efecto invernadero». Sin embargo, aumentó considerablemente la luminosidad nocturna. Las nubes se formaban a una altura de 80 kilómetros y, al reflejarse en ellas, los rayos solares daban como resultado «noches blancas», que fueron visibles incluso en Europa occidental.
Kulik encabezó la primera expedición a la zona en 1927. Hizo varios viajes hasta que, durante la II Guerra Mundial, murió en un campo de concentración nazi. Las investigaciones se reanudaron en 1958 y, desde 1990, se empezó a permitir la participación de científicos extranjeros. Nunca se encontró un cráter que demostrase que aquel objeto celeste impactara con el suelo, aunque algunos señalan al lago Cheko.
Las conclusiones apuntan en la actualidad a que el causante de aquel pequeño «fin del mundo» debió ser un meteorito o un cometa de unos 80 metros de diámetro. Entró en la atmósfera terrestre a una velocidad de 30 kilómetros por segundo. Se cree que explotó en el aire en cuatro grandes trozos a una altura de 8 kilómetros, y liberó una energía de 37 megatones. Provocó perturbaciones en el campo magnético terrestre y fuertes oscilaciones de la presión atmosférica. En zona poblada, hubiese matado a cientos de miles de personas.
Hubo decenas de hipótesis
Existen decenas de hipótesis que tratan de explicar lo sucedido hace un siglo en Tunguska. El impacto de un meteorito fue la más extendida hasta que se descubrió que no había ningún cráter. La similitud con las explosiones de Hiroshima y Nagasaki hizo surgir, a partir de 1945, la idea de que en Siberia se estrelló una nave extraterrestre propulsada por un reactor nuclear. El constructor de cohetes espaciales soviético Serguéi Koroliov buscó sin éxito en Tunguska fragmentos del supuesto platillo volante. Se habló también de la posibilidad de que hubiese sido un agujero negro.
En la actualidad, la hipótesis más plausible, aunque hay hechos que la contradicen, como la radiactividad y las alteraciones electromagnéticas, es la de que un pequeño cometa con un núcleo formado por gas y polvo helado explotase antes de tocar tierra.
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
arturo y diego dijo
hola Rafael:
somos Arturo y Diego, salimos de España el 5 de abril en bicicleta en un proyecto para llamar la atencion sobre la problematica de los transportes en las ciudades. El blog lo tenemos actualizado dia por dia (y mientras podamos) en www.vitoriabeijing.com. Nos gustaria hablar contigo cuando llegemos a Rusia (en un mes estaremos en Moscu y unos dias antes en San Petersburgo). nuestro e-mail vitoriahongkong2007@hotmail.com un saludo Arturo y Diego
Antonio dijo
Saludos afectuosos desde tierras extremeñas. La web www.badajozcapitalenlafrontera.com, la historia y los monumentos de Badajoz y su zona de influencia. Un abrazo.
Cantabrico dijo
Me parece excelente el comentario Rafael ,quizas un meteorito o un asteroide que impacto como bien dice la narracion ,vaya que suceden cosas impredecibles ,me parece interesante el video ,saludos .
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